Gänswein afirma que “con León XIV la normalidad regresa”

Gänswein dice que “la normalidad regresa”: la coartada de quien, sabiendo la verdad, legitima la continuidad de la ruptura

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Gänswein dice que “la normalidad regresa”: la coartada de quien, sabiendo la verdad, legitima la continuidad de la ruptura

 

 

por Vicente Montesinos

Director de Adoración y Liberación

 

 

El 20 de enero, en Vilna, el arzobispo Georg Gänswein —antiguo secretario personal de Benedicto XVI y actual nuncio para los Estados bálticos— concedió una entrevista en la que lanzó una frase destinada a recorrer Roma y más allá: con León XIV, “la normalidad está regresando poco a poco”. Según su valoración, el cambio de Pontífice habría traído una “dimensión positiva completamente nueva” y un “cambio de clima” en la Santa Sede, un retorno a una forma más clara y ordenada de conducir y anunciar la fe.

La afirmación, envuelta en un lenguaje pastoral y casi tranquilizador, encierra una carga teológica de enorme peso. Porque cuando se invoca la “normalidad” en un tiempo de fractura doctrinal, la pregunta decisiva no es retórica: ¿qué se entiende por normal? ¿La continuidad con la fe de siempre o la consolidación de un proceso que, bajo el barniz de la serenidad, prolonga la misma lógica que ha erosionado la claridad de la Iglesia?

 

El elogio del clima y el silencio sobre la sustancia

Gänswein habla de encuentros cordiales con León XIV, de una atmósfera mejorada, de una “línea clara” al proclamar la fe, de catequesis y homilías con “espíritu agustiniano”. La forma es impecable. El tono, agradable. Pero la Iglesia no se sostiene sobre el clima, sino sobre la verdad.

La historia de la fe no se escribió con pasillos amables, sino con concilios, mártires y definiciones que cortaron como espada cuando la confusión amenazó al rebaño. Cuando se celebra la atmósfera y se evita la sustancia, se transforma la vida eclesial en una gestión de sensaciones: se habla de serenidad mientras se elude nombrar la continuidad doctrinal que debe sostener cada palabra del Romano Pontífice.

La sombra de la continuidad que no se nombra

Aquí está el núcleo que el discurso de Gänswein esquiva. León XIV no surge en un vacío. Hereda estructuras, equipos, orientaciones y una narrativa forjada bajo el pontificado de Jorge Mario Bergoglio. Y lejos de marcar una ruptura real con esa línea, la ha confirmado con gestos de continuidad, con elogios explícitos a su predecesor y con la preservación del mismo marco interpretativo que ha generado ambigüedad en materias centrales de fe, sacramentos y moral.

Hablar de “normalización” cuando se mantiene intacta esa arquitectura teológica es una operación semántica peligrosa. La normalidad en la Iglesia no es la calma administrativa ni la sonrisa diplomática. La normalidad es la fidelidad. Es la transmisión íntegra del depósito de la fe, sin atajos pastorales que terminan por diluir la verdad que dicen querer anunciar.

La coartada semántica de quien sabe

Gänswein no es un prelado cualquiera. Es un hombre formado a la sombra de Benedicto XVI, testigo directo de la batalla contra el relativismo y de la defensa de la hermenéutica de la continuidad. Precisamente por eso, sus palabras pesan más y su silencio sobre lo esencial resulta más grave.

Cuando afirma que “la normalidad regresa”, no habla como un fiel de a pie, sino como alguien que conoce los mecanismos de la Curia, las líneas teológicas en juego y las consecuencias de cada matiz público. En su boca, la palabra “normalidad” funciona como una coartada: un término amable que desactiva la vigilancia de los fieles y presenta como restauración lo que en realidad es consolidación.

Llamar “normalización” a un proceso que preserva los mismos nombramientos, las mismas prioridades y la misma hermenéutica pastoral no es un descuido. Es un aval. Y en la historia de la Iglesia, los avales tienen consecuencias.

La fe no se administra, se custodia

Gänswein sostiene que León XIV ha vuelto a poner en primer plano “asuntos esenciales” que habrían sido pasados por alto. Pero los asuntos esenciales de la Iglesia no son una lista de prioridades que se ajusta según la sensibilidad del momento. Son realidades inmutables: la naturaleza del sacerdocio, la estructura sacramental, la moral objetiva, la unicidad salvífica de Cristo, la autoridad recibida de los apóstoles.

Presentarlos como temas que ahora se “enfatizan de nuevo” implica aceptar implícitamente que pueden ser relativizados, pospuestos o reinterpretados según las circunstancias. La fe católica no vive de ciclos de olvido y recuerdo, sino de una custodia constante, celosa, sin concesiones en lo esencial.

Camino Sinodal Alemán: una lucidez que se queda corta

En su entrevista, Gänswein muestra una claridad que merece ser reconocida al denunciar que el Camino Sinodal Alemán “diluye la fe” y que muchas de sus demandas “se alejan de la fe”. Subraya con razón que ninguna reforma puede contradecir la moral, la estructura sacramental o la autoridad episcopal.

Pero su diagnóstico queda incompleto si no se atreve a nombrar la raíz: ese proceso no nació en un desierto, sino en un clima eclesial donde la ambigüedad doctrinal ha sido tolerada, cuando no promovida, desde lo alto. Alemania no ha inventado esta lógica. La ha llevado hasta sus últimas consecuencias.

Criticar el síntoma sin señalar la enfermedad es contener, no sanar.

El contraste que delata

Benedicto XVI habló de la “dictadura del relativismo” y defendió que la Iglesia no es un laboratorio de reformas, sino una realidad recibida, no inventada. Frente a esa herencia, el discurso de Gänswein en Vilna suena como una atenuación. Donde antes se exigía fidelidad, ahora se celebra un “mejor clima”. Donde antes se pedía verdad, ahora se ofrece serenidad.

Este desplazamiento no es menor. Revela el paso de una teología de la verdad a una pastoral del consenso. Y cuando ese giro se produce en la cúspide de la jerarquía, se irradia hacia toda la vida eclesial.

La verdadera normalidad: ruptura con la ambigüedad

La normalidad auténtica no consiste en administrar mejor una transición. Consiste en romper con la ambigüedad. En restaurar la claridad doctrinal, la disciplina sacramental y la centralidad de la liturgia como expresión objetiva de la fe, no como espacio de experimentación.

Mientras esa ruptura no se produzca, hablar de “normalización” es, en el mejor de los casos, ingenuo. En el peor, es una estrategia de contención para que nada esencial cambie mientras todo parece cambiar.

Epílogo: el juicio de la historia

Las palabras de Gänswein quedarán registradas no solo por lo que dijo, sino por lo que eligió no decir. En la Iglesia, el silencio sobre la verdad no es neutral. Es una forma de toma de partido.

La “normalidad” que hoy se proclama será juzgada mañana por sus frutos: claridad o confusión, fidelidad o dilución, continuidad con la fe de siempre o perpetuación de la ruptura. Y ese juicio no lo dictarán las entrevistas, sino la historia. La misma historia que reconocer’a que, entre tanto esta gentuza juega a confundir a las almas, la verdadera Iglesia Católica, reducida a un pequeño pero glorioso resto, sigue caminando, de la mano de León de María, hasta la victoria final.

 

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