La Misa bajo asedio: el consistorio de Roche y la batalla del Pequeño Resto frente a la falsa iglesia
La Misa bajo asedio: el consistorio de Roche y la batalla del Pequeño Resto frente a la falsa iglesia
La Misa bajo asedio: el consistorio de Roche y la batalla del Pequeño Resto frente a la falsa iglesia
Por Vicente Montesinos
Director de Adoración y Liberación

La escena es clara para quien no ha apagado los ojos del alma: dos realidades caminan hoy bajo el mismo nombre visible de “Iglesia”, pero solo una permanece fiel a la Esposa de Cristo. Por un lado, la falsa iglesia, estructurada, administrativa, sinodal, obsesionada con el consenso humano y la adaptación al mundo. Por otro, el Pequeño Resto, la única Iglesia viva, que guarda la fe, la Misa y la doctrina como un tesoro que no le pertenece, sino que ha recibido para transmitir intacto.
En este contexto irrumpe el documento difundido por el cardenal Roche en el consistorio. No es un simple texto técnico ni una reflexión litúrgica. Es una maniobra de retaguardia de la falsa iglesia, un intento de cerrar filas, consolidar el terreno conquistado y presentar la reforma como punto final de la historia, no como una etapa que debe ser juzgada a la luz de la Tradición bimilenaria.
El mensaje de fondo es nítido: la liturgia posconciliar debe ser considerada la única expresión legítima del rito romano, mientras que la Misa tradicional —la Misa de los santos, de los mártires, de los grandes doctores— es reducida a una concesión, una excepción tolerada, una reliquia bajo vigilancia. Así habla la falsa iglesia cuando quiere administrar la fe como si fuera un expediente y no un misterio.
Pero la lex orandi no se decreta en despachos ni se redefine en documentos internos. La manera en que la Iglesia reza nace de lo que la Iglesia cree. Por eso, cuando la falsa iglesia intenta domesticar la Misa tradicional, no está solo regulando un rito: está tratando de reescribir la memoria doctrinal del Cuerpo de Cristo. Está diciendo, en el fondo, que lo que alimentó la santidad durante siglos ahora es problemático, incómodo, sospechoso.
El Pequeño Resto lo percibe con claridad. No por rebeldía, sino por fidelidad. Sabe que la Misa inmemorial no es una estética ni una preferencia cultural. Es una confesión pública de fe. En cada gesto, en cada silencio, en cada orientación hacia el altar, proclama que Dios es el centro y el hombre el que se arrodilla. Y eso es precisamente lo que la falsa iglesia no soporta: una liturgia que no se acomoda al lenguaje del mundo, sino que lo juzga.
La falsa iglesia habla de unidad, pero entiende la unidad como uniformidad impuesta. El Pequeño Resto entiende la unidad como comunión en la verdad revelada. La falsa iglesia quiere una Iglesia que camine al ritmo de los tiempos. El Pequeño Resto camina al ritmo de la eternidad. La falsa iglesia busca aprobación, diálogo, aceptación. El Pequeño Resto busca fidelidad, sacrificio, perseverancia.
Este conflicto no es nuevo. Lo vivieron los profetas frente a los sacerdotes acomodados. Lo vivieron los mártires frente a los emperadores. Lo vivieron los santos frente a las cortes eclesiásticas de su tiempo. Siempre fue así: la estructura visible puede desviarse, pero la Iglesia verdadera nunca desaparece. Se reduce, se purifica, se esconde a veces en catacumbas, en pequeños grupos, en almas silenciosas que siguen ofreciendo la fe sin negociar su contenido.
La maniobra de Roche y de quienes piensan como él es un intento de cerrar ese espacio de resistencia espiritual. De decirle al Pequeño Resto: “no sois la norma, sois la excepción”. Pero la historia de la salvación enseña lo contrario: Dios siempre obra a través del resto fiel, no de las mayorías acomodadas.
Hoy, más que nunca, la línea de separación es visible. La falsa iglesia se organiza, legisla, planifica, comunica. El Pequeño Resto ora, ofrece, guarda, transmite. La falsa iglesia confía en documentos. El Pequeño Resto confía en la promesa de Cristo: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.
La verdadera paz litúrgica no vendrá de la supresión ni del control, sino de la conversión. No vendrá de decretos, sino del retorno a la fuente. Mientras tanto, el Pequeño Resto seguirá haciendo lo que siempre ha hecho la única Iglesia verdadera: adorar, creer, resistir y esperar. No porque sea fuerte, sino porque ha sido llamado a ser fiel.
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