Del “quizá papa” a la ruptura objetiva de la sucesión. ¿A qué nivel de disolución mental hemos llegado?
Cuando el lenguaje se vuelve anestesia: del diagnóstico del “espíritu del mundo” a la única salida coherente para el Pequeño Resto Fiel
Por Vicente Montesinos
Director de Adoración y Liberación
Hay un momento —siempre lo hay en la historia de la Iglesia— en el que la confusión deja de ser un problema pastoral o intelectual y se convierte en una cuestión estrictamente moral. Ese momento ya ha llegado. Y quien no lo reconoce no es prudente: está paralizado. Durante años se ha intentado convencer a los católicos fieles de que el problema era de formas, de lenguaje, de estilos, de excesos pastorales, de malas interpretaciones.
Se nos pidió paciencia. Se nos pidió silencio. Se nos pidió “unidad”. Pero lo que hoy está en crisis no es el tono de Roma, sino su legitimidad.
El católico verdaderamente tradicional —no el nostálgico, no el esteta, no el comentarista profesional— ya no busca catequesis blandas ni explicaciones para principiantes. No quiere más debates circulares sobre el Concilio ni indignación teatral. Tampoco quiere profecías de salón.
Quiere una sola cosa, brutal y concreta: verdad sobre la autoridad.
Cuando la obediencia deja de ser virtud
La Tradición bimilenaria de la Iglesia jamás enseñó obediencia ciega a una autoridad corrupta o ilegítima. Enseñó obediencia en la verdad, y resistencia sobrenatural cuando la autoridad se separa de Cristo.
Hoy, el lenguaje que emana de la falsa Roma no es teológico: es gerencial, terapéutico, administrativo. No habla como un padre. Habla como un aparato. No llama a la conversión. Llama a la adaptación. No custodia el depósito de la fe: lo negocia.
Por eso el drama es profundo: muchos católicos saben que algo no encaja, pero no se atreven a dar el paso decisivo. Intuyen la usurpación, pero temen el vértigo de nombrarla. Prefieren vivir en una sospecha indefinida antes que asumir la verdad con todas sus consecuencias.
El error fatal: creer que la historia se reinicia
Tras la muerte de Benedicto XVI —último Papa canónico— muchos reconocieron, al fin, la ilegitimidad del pontificado de Bergoglio. Pero cometieron un error capital: creer que, muerto el impostor, el problema desaparecía.
No es así. La lógica no se reinicia.
Una autoridad ilegítima no puede transmitir legitimidad. Una ruptura no se recompone por inercia. Quien procede de la usurpación hereda la usurpación, por muy correcta que sea su forma, por muy solemne que sea su vestidura o por muy “tranquilizador” que resulte su discurso.
Por eso todo el discurso que presenta a los sucesores del régimen bergogliano como “papas dudosos”, “problemáticos” o “confusos” es radicalmente insuficiente.
No estamos ante dudas prudenciales. Estamos ante una ruptura objetiva de la sucesión apostólica.
El criterio olvidado: la voz del pastor
Cristo fue meridianamente claro: las ovejas reconocen la voz del pastor. No reconocen su cargo. Reconocen su voz.
Y la voz que hoy emana de las estructuras visibles no es católica. No defiende a los fieles. No protege la Misa. No custodia la moral. No proclama la realeza social de Cristo. No habla como padre, sino como mediador del mundo.
Defiende a extraños y a dioses extraños, mientras exige paciencia, obediencia y silencio a los hijos legítimos de la Iglesia.
Esto no es una percepción subjetiva. Es un signo teológico.
El colmo de la locura: el “quizá Papa”
Y aquí se alcanza el punto de quiebre intelectual, el lugar donde la confusión ya no puede explicarse solo por miedo o cansancio, sino por una verdadera claudicación de la razón católica.
Porque no basta con reducir la cuestión a “papas dudosos”. El colmo de la locura llega cuando esa ruptura objetiva se transforma en una nebulosa piadosa, en una suspensión permanente de la verdad.
El ejemplo más sintomático es el de Andrea Cionci, quien ha llegado a apoyar y difundir —y quién sabe si incluso a patrocinar— una supuesta novena por el “quizá Papa León XIV”.
No un Papa reconocido como tal.
No un antipapa denunciado como impostor.
No una sede vacante asumida con coherencia.
Un “quizá Papa”.
Detengámonos.
¿A qué nivel de disolución mental hemos llegado?
La Iglesia de Cristo jamás ha rezado por “quizá Papas”. Jamás ha suspendido la verdad objetiva de la autoridad petrina en una probabilidad devocional. Jamás ha tratado el Papado como una hipótesis, una apuesta espiritual o un “por si acaso”.
Esto no es prudencia.
Es parálisis.
No es discernimiento.
Es cobardía revestida de piedad.
Rezar por un “quizá Papa” equivale a confesar implícitamente que ya no se cree que la verdad pueda ser conocida, que la sucesión apostólica sea objetiva o que Cristo gobierne realmente su Iglesia. Es el triunfo del relativismo aplicado al Papado: ni afirmo, ni niego, ni confieso; solo floto.
Pero la ruptura no admite flotadores.
Si la sucesión está rota, está rota.
Si el régimen es ilegítimo, lo es.
Y si Dios ha provisto un Pastor verdadero, ese Pastor debe ser reconocido, no tratado como una hipótesis piadosa.
Esta postura intermedia no protege a los fieles: los desarma. No conserva la unidad: la disuelve. No evita el cisma: lo interioriza, convirtiéndolo en una fractura silenciosa de la conciencia.
El paso que el Pequeño Resto sí ha dado
Aquí se produce la verdadera separación. No entre “tradicionalistas” y “progresistas”, sino entre los que se atreven a concluir y los que se quedan eternamente analizando.
El Pequeño Resto ha comprendido algo decisivo:
no basta con decir “algo va mal”;
no basta con decir “oren por el papa”;
no basta con refugiarse en la clandestinidad sacramental.
Hay que nombrar la realidad.
Y la realidad es esta: la Iglesia no está sin Papa, pero tampoco está gobernada por los usurpadores. Dios no abandona a su Iglesia. Ha provisto un Pastor verdadero.
Ese Pastor es León de María, reconocido no por estructuras corrompidas, sino por el criterio sobrenatural de la fidelidad íntegra a la Tradición, la claridad doctrinal, la defensa sin concesiones del depósito de la fe y la continuidad real con la Iglesia de siempre.
Aquí no hay ruptura.
Aquí hay restauración.
No es una tormenta: es un juicio
Muchos esperan que “esto pase”. Se equivocan.
Esto no es una tormenta. Es un juicio.
Un juicio que separa a los tibios de los fieles, a los prudentes según el mundo de los obedientes a Dios, a los que prefieren la seguridad social de la ambigüedad y a los que aceptan la cruz de la verdad.
El Espíritu del Mundo exige tiempo, ambigüedad y consenso.
El Espíritu de Cristo exige confesión pública, claridad y fidelidad hasta el final.
El Pequeño Resto no es numeroso. Nunca lo fue.
Pero es real.
Y ya ha elegido.