🇪🇸 31 de diciembre: cuando Dios cierra una era. Benedicto XVI, San Silvestre y León de María en el retorno de la Iglesia a las catacumbas. Por Vicente Montesinos

31 Diciembre Aniversario muerte Benedicto XVI

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31 Diciembre Aniversario muerte Benedicto XVI

 

 

 

por Vicente Montesinos

Director de Adoración y Liberación

 

 

 

 

Hay fechas que no pertenecen sólo al calendario, sino al lenguaje secreto de Dios. Fechas que, cuando se contemplan con ojos de fe, revelan una arquitectura sobrenatural que atraviesa los siglos. El 31 de diciembre es una de ellas.

Este día, en el que el mundo se entrega al ruido, a la cuenta atrás y al olvido, la Iglesia celebra silenciosamente realidades decisivas. En él confluyen memoria, juicio y promesa. Y este 31 de diciembre, en particular, se alza como una fecha cargada de una densidad espiritual excepcional: se cumplen tres años de la muerte de Benedicto XVI y, al mismo tiempo, la Iglesia conmemora a San Silvestre I, el Papa del mayor giro eclesial de la Antigüedad cristiana.

No es casualidad. En la historia de Dios no existen las coincidencias.

San Silvestre I es el Papa que preside, sin imponerse, uno de los cambios de paradigma más radicales de la Iglesia: el paso de la Iglesia catacumbal, perseguida y marginal, a la Iglesia reconocida, visible y protegida por el poder imperial. Con la conversión del emperador Constantino, favorecida decisivamente por la fe ardiente de su madre, Santa Elena, el cristianismo deja de ser una religión clandestina y se convierte en el alma espiritual del Imperio.

Hasta entonces, la Iglesia vivía en la noche: en las catacumbas, en la sangre de los mártires, en la fidelidad de pequeños grupos que preferían morir antes que negar a Cristo. Con Silvestre comienza la aurora de la Iglesia visible, triunfante, estructurada, capaz de evangelizar pueblos enteros desde una posición de centralidad histórica.

Fue un don. Pero también fue una prueba. Porque cada vez que la Iglesia entra en alianza con el poder, crece en visibilidad, pero se expone al riesgo de la mundanización.

Diecisiete siglos después, Dios vuelve a intervenir. Y lo hace exactamente el mismo día.

El 31 de diciembre de 2022 muere Benedicto XVI. No muere una figura retirada ni marginal. Muere el último Papa reinante en sentido pleno. El último que, aun en medio de la confusión creciente, sostenía visiblemente la continuidad doctrinal, litúrgica y teológica de la Iglesia católica. El último que arrastraba masas no por carisma emocional, sino por autoridad espiritual y densidad intelectual. El último que, incluso en el silencio, contenía el avance del desorden.

Con su muerte se cierra una época. Y con ella, se consuma un nuevo cambio de paradigma, inverso al de San Silvestre.

Si con Silvestre la Iglesia pasó de las catacumbas al Imperio, con Benedicto la Iglesia vuelve del Imperio a las catacumbas.

Desde su apartamiento de la función visible en 2013, la Iglesia verdadera comienza a desaparecer del foco público. No desaparece ontológicamente, pero sí históricamente. Se vuelve incómoda, marginal, silenciada. La Iglesia fiel deja de ser celebrada y empieza a ser tolerada, luego ridiculizada, después perseguida.

Esto no es un accidente histórico. Es un juicio divino.

La Iglesia triunfante, numerosa, influyente, había cumplido su misión histórica. Ahora comienza la hora del pequeño resto. Aquella realidad anunciada por los profetas, vivida en los primeros siglos y recordada por los grandes Padres: cuando la fe se conserva no por mayoría, sino por fidelidad.

Desde 2013 hasta hoy, la Iglesia auténtica vive en un estado catacumbal espiritual. No se reúne en palacios, sino en conciencias fieles. No domina estructuras, sino que resiste en almas rectas. No cuenta con multitudes acríticas, sino con hombres y mujeres dispuestos a perderlo todo por la Verdad.

Un número reducido de sacerdotes permanece fiel. No los más visibles, sino los más probados. No los más protegidos, sino los más perseguidos. Y un pequeño —pero cada vez más consciente— grupo de fieles sostiene esta Iglesia escondida con oración, sacrificio y perseverancia.

Y aquí emerge un signo que sólo puede leerse con claves sobrenaturales.

Ese 31 de diciembre de 2022, en el mismo momento en que Benedicto XVI entrega su alma a Dios, se produce en Don Alessandro Minutella un llanto que no pertenece al orden psicológico ni humano. Es un llanto profundo, irrefrenable, desgarrado. Un llanto que brota como gemido de la Iglesia, como el parto doloroso del que habla san Pablo, como señal de que algo ha terminado… y algo ha comenzado.

Ese llanto no fue anecdótico.
Fue signo.
Fue confirmación.
Fue respuesta del Cielo.

Y no es casualidad que, en esta nueva etapa de Iglesia catacumbal, la figura que emerge como referencia espiritual y de autoridad en la cruz sea la de León de María.

No se trata de un liderazgo de poder, sino de pasión. No de una autoridad de visibilidad, sino de fidelidad. No de un pontificado de gloria, sino de Getsemaní prolongado. Su autoridad no nace del reconocimiento institucional, sino de la coherencia radical con la Verdad recibida y no negociada.

León de María encarna lo que la Iglesia siempre ha sido en tiempos de persecución: una guía marcada por el sufrimiento, sostenida por la oración, confirmada por la cruz. No convoca multitudes festivas; convoca conciencias despiertas. No promete seguridad humana; exige perseverancia sobrenatural. No ofrece atajos; señala el camino estrecho.

Por eso su papel no es circunstancial, sino providencial. Dios no improvisa en los momentos decisivos. Cuando la Iglesia entra en catacumbas, Él suscita pastores capaces de caminar en la oscuridad sin traicionar la luz.

Hoy no asistimos al fin de la Iglesia.
Asistimos al fin de una forma de Iglesia.

La Iglesia imperial, acomodada, protegida, segura de sí misma, ha quedado atrás. La Iglesia que nace ahora es más pequeña, más pobre, más perseguida… y por eso mismo, más pura.

Como en los primeros siglos.
Como antes de San Silvestre.
Como después de Benedicto.

Este 31 de diciembre no es sólo una fecha de recuerdo. Es un umbral. Es una clave de lectura. Es una llamada.

Dios ha vuelto a esconder a su Iglesia para salvarla.
Y sólo permanecerán en ella los que amen la Verdad más que la tranquilidad.

Ese es el signo.
Ese es el tiempo.
Y esa es la hora —terrible y gloriosa— que nos ha sido concedida vivir.

 

 

 

 

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