🇪🇸 Diez minutos para el fin de Europa. Por Vicente Montesinos
Oreshnik, Nuevo Orden Mundial y la suicida decadencia de las élites europeas
Oreshnik, Nuevo Orden Mundial y la suicida decadencia de las élites europeas
Por Vicente Montesinos
Director de Adoración y Liberación

El anuncio del presidente bielorruso Alexander Lukashenko confirmando el despliegue operativo del misil hipersónico ruso Oreshnik en Bielorrusia no es una simple noticia militar. Es un síntoma. Un síntoma grave de que Europa ha entrado en una fase histórica en la que el poder real se ha desplazado, mientras sus dirigentes siguen hablando un lenguaje ideológico vacío, propio de un mundo que ya no existe.
El Oreshnik no es un arma simbólica. Es un misil hipersónico de alcance intermedio, capaz de maniobrar en vuelo y de superar los sistemas de defensa antimisiles actualmente desplegados en Europa. Desde territorio bielorruso, este sistema coloca a las principales capitales europeas —Berlín, Roma, París, Londres, Madrid— a una distancia temporal de entre siete y doce minutos. No hay margen de reacción. No hay evacuación posible. No hay defensa garantizada. Una sola cabeza bastaría para aniquilar la vida civil, política y económica de una gran ciudad europea.
Este dato, brutal pero objetivo, es sistemáticamente ocultado al ciudadano europeo. Y no por casualidad.
Rusia no despliega el Oreshnik para iniciar una guerra, sino para impedir que otros la provoquen. Es disuasión estratégica en su forma más pura y clásica. El mensaje es inequívoco: hay límites que no pueden cruzarse sin consecuencias irreversibles. Quien no entiende esto no comprende la lógica del poder, ni la historia, ni la guerra.
Aquí aparece la gran fractura de nuestro tiempo: mientras Rusia actúa desde una lógica de Estado soberano, Europa actúa desde una lógica ideológica suicida.
Durante décadas se ha construido un relato según el cual Rusia sería la heredera natural del comunismo soviético. Nada más falso. La Rusia de hoy no es la URSS. Vladimir Putin no es un líder comunista, ni gobierna un Estado marxista. Es un dirigente nacionalista ruso que, con claroscuros evidentes y decisiones discutibles, ha roto explícitamente con la herencia ideológica soviética y ha articulado un discurso —y en parte una praxis— de recuperación de la tradición, la identidad nacional, la familia, la soberanía y la dimensión religiosa.
Esto no convierte a Rusia en un paraíso moral ni a Putin en un santo. Pero sí obliga a reconocer una verdad incómoda para Occidente: hoy Moscú muestra más respeto por los fundamentos antropológicos y culturales de la civilización europea que la propia Unión Europea.
Europa, por el contrario, se ha convertido en el laboratorio más avanzado del llamado Nuevo Orden Mundial. Un proyecto impulsado por élites políticas, financieras y tecnocráticas que no representan a los pueblos, que desprecian la tradición y que han declarado la guerra abierta a todo lo que construyó Europa: la familia natural, la fe cristiana, la soberanía de las naciones y el sentido trascendente de la vida.
Esta Europa no defiende valores; los destruye.
No protege la paz; la pone en riesgo.
No representa a sus pueblos; los reemplaza.
Aquí resuena con fuerza la advertencia profética de Juan Pablo II, que en pleno auge del globalismo ideológico afirmaba con claridad meridiana: “Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto”.
La Europa actual confirma dramáticamente estas palabras: cuando los valores son destruidos, el poder ya no sirve al hombre, sino que lo domina.
La deriva belicista actual no nace de una amenaza existencial rusa, sino de una huida hacia adelante de unas élites desacreditadas, incapaces de sostener su poder sin generar conflicto externo. Europa no está siendo arrastrada a la guerra: está siendo empujada conscientemente hacia ella por una clase dirigente que ha perdido toda conexión con la realidad y con el bien común.
Frente a esta locura, Estados Unidos —contra el relato dominante— muestra una postura mucho más prudente. Washington sabe que una guerra directa con Rusia es una guerra nuclear, y que una guerra nuclear no tiene ganadores. Por eso intenta contener, negociar y enfriar el conflicto. Si Europa insiste en la escalada, lo hará prácticamente sola. Y será Europa quien pague el precio.
Desde una perspectiva católica tradicional, este escenario es especialmente grave. La guerra moderna, y en particular la guerra hipersónica o nuclear, viola de raíz los principios morales más básicos: la protección de los inocentes, la proporcionalidad, la justicia. Amenazar —o provocar— un conflicto sabiendo que ciudades enteras pueden desaparecer en minutos es una forma de nihilismo político absoluto.
La disuasión, cuando existe, debe servir para frenar la locura, no para alimentarla. Y cuando las armas señalan el límite, ignorarlo deja de ser valentía: se convierte en pecado.
En este punto, las palabras de Benedicto XVI adquieren una actualidad estremecedora: “Un poder que no se fundamenta en la verdad y en el bien se convierte en una amenaza para el hombre”.
Cuando la técnica, la ideología y la voluntad de dominio se separan de la ley moral, el resultado no es progreso, sino destrucción.
Europa ha olvidado a Dios. Y al hacerlo, ha perdido también el sentido de la realidad, del poder y del mal. Por eso se comporta como un adolescente ideológico jugando con fósforos en un polvorín nuclear.
Hoy más que nunca, la respuesta no puede ser solo política o geoestratégica. Debe ser también espiritual. Rezar por la paz no es un gesto piadoso sin consecuencias; es un acto de resistencia frente a un sistema que empuja al mundo hacia la destrucción. Rezar por la conversión de los gobernantes, por el freno de las élites corruptas y por el despertar de los pueblos de Europa es, hoy, una urgencia histórica.
Porque cuando los hombres se creen dioses, construyen el infierno.
Y cuando Europa juega con diez minutos, está jugando con su propia desaparición.
🇮🇹 L’OBBEDIENZA CRISTIANA E IL SUO LIMITE. QUANDO RESISTERE È ATTO DI FEDELTÀ. Di Vicente Montesinos
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