🇪🇸 JEREMÍAS A LA PUERTA DEL TEMPLO: CUANDO DIOS DENUNCIA AL CLERO QUE DESTRUYE LA FE. Por Vicente Montesinos.
JEREMÍAS A LA PUERTA DEL TEMPLO: CUANDO DIOS DENUNCIA AL CLERO
por Vicente Montesinos
Director de Adoración y Liberación
Hoy, escuchando el imprescindible Santi e Caffè del padre Alessandro Minutella, le oía hablar de la actual casta sacerdotal de la falsa iglesia bergogliana-prevostiana, convocada en consistorio el próximo 7 de enero para tratar —según parece haberse filtrado— cuestiones litúrgicas. Una vez más, la atención se dirige a la liturgia, no para custodiarla ni restaurarla, sino previsiblemente para seguir desfigurándola y para continuar el asedio sistemático contra la Misa de siempre.
Y, mientras le escuchaba, no pude evitar dar la razón al gran prelado con una impresión inmediata y profunda: se está discutiendo lo importante —siempre para destrozarlo— mientras se calla ante lo esencial. Porque si Prevost fuera un verdadero Papa —siquiera en hipótesis— habría cuestiones infinitamente más graves y urgentes que abordar antes de tocar la liturgia: la desautorización explícita de las herejías bergoglianas que pesan como una losa sobre la Iglesia. Abu Dabi, Pachamama, el jubileo LGBT, Amoris laetitia y tantas otras desviaciones que no solo no han sido corregidas, sino que ahora son ensalzadas, normalizadas y presentadas como supuesto “camino del Espíritu”.
En ese momento, el padre Minutella mencionó a Jeremías. Y esa mención encendió la luz. Porque lo que estamos viviendo hoy ya fue vivido, ya fue denunciado y ya fue juzgado por Dios.
En el capítulo 7 del libro de Jeremías, el Señor da una orden precisa, incómoda y explosiva: envía al profeta a la puerta del Templo. No al desierto. No a los paganos. No a los enemigos externos. Lo envía al corazón mismo del culto oficial, para dirigirse directamente a sacerdotes y pueblo. Jeremías es enviado contra un clero legítimo en su forma, pero profundamente corrompido en su fidelidad.
“Ponte a la puerta de la casa del Señor y proclama allí esta palabra” (Jer 7,2).
Y el mensaje de Dios es demoledor:
“No os fiéis de palabras engañosas diciendo: ‘¡Templo del Señor, Templo del Señor, Templo del Señor!’” (Jer 7,4).
El Señor denuncia una religión que conserva las formas, los ritos y el lenguaje sagrado, pero ha perdido el corazón de la Alianza. Un culto que se apoya en la institución para justificar la infidelidad doctrinal y moral. Sacerdotes que creen que el Templo los protege automáticamente, mientras destruyen la fe del pueblo.
El paralelismo con la situación actual es tan evidente que casi resulta insoportable. Hoy también se invoca la “Iglesia”, el “Papa”, el “magisterio”, la “obediencia”, mientras se toleran y se promueven afirmaciones contrarias a la Revelación, a la ley natural y al depósito de la fe. Se habla de liturgia, de reformas y de adaptación, mientras millones de almas son despojadas de la fe católica sin que nadie rinda cuentas.
Dios, por boca de Jeremías, va aún más lejos. Recuerda a Israel lo ocurrido en Silo, el antiguo santuario destruido por causa de la infidelidad:
“Haré con esta casa que lleva mi Nombre lo mismo que hice con Silo” (Jer 7,14).
Es decir: el Templo no es intocable. La institución no es un talismán. Cuando el culto se separa de la verdad, Dios mismo lo abandona al juicio. Esta afirmación atraviesa toda la Escritura y es confirmada por Nuestro Señor cuando anuncia la destrucción del Templo de Jerusalén: “No quedará aquí piedra sobre piedra” (Mt 24,2). La sacralidad de las formas no sustituye a la fidelidad a Dios.
Y aquí, por cierto, no solo viene a la mente la satánica iglesia prevostiana, sino también los hipócritas tradicionalistas una-cum, revestidos de caros ropajes, que se presentan como defensores de la Tradición mientras permanecen en unión práctica con el falso papa de Satanás. Culto solemne, incienso abundante, pero comunión con el error.
Los Padres de la Iglesia comprendieron perfectamente este principio. San Jerónimo, comentando a Jeremías, advierte que el clero infiel es el mayor castigo para el pueblo, porque confunde a los pequeños y les hace creer que Dios aprueba lo que Él detesta. San Gregorio Magno enseñará más tarde que el pastor que no denuncia el error “mata con su silencio” a las almas que le han sido confiadas.
También el Magisterio preconciliar es unánime. San Pío X, en Pascendi, denuncia a los modernistas como “los peores enemigos de la Iglesia”, precisamente porque actúan desde dentro, conservando los cargos mientras destruyen la fe. Y León XIII recuerda que la autoridad eclesiástica no existe para innovar, sino para custodiar fielmente lo recibido.
Hoy, como en tiempos de Jeremías, se quiere discutir de ritos mientras se tolera la apostasía. Se convoca un consistorio para hablar de liturgia mientras no se corrigen herejías públicas. Se pretende “regular” la Misa tradicional mientras se bendicen desviaciones morales y doctrinales que claman al cielo. Es exactamente el mismo mecanismo denunciado por Dios: religión sin conversión, culto sin verdad, autoridad sin fidelidad.
La falsa iglesia mata la fe de millones de almas no solo por lo que dice, sino también —y quizá sobre todo— por lo que calla. Y cuando habla, lo hace para confundir. Jeremías fue enviado a gritar a la puerta del Templo porque el peligro no estaba fuera, sino dentro. Hoy también la denuncia no puede dirigirse al mundo, sino a quienes, desde dentro, han convertido el santuario en refugio de la infidelidad.
“¿Creéis que esta casa, sobre la cual es invocado mi Nombre, es una cueva de ladrones?” (Jer 7,11).
La pregunta de Dios resuena hoy con una actualidad terrible.
El paralelismo es completo: entonces y ahora, Dios no acepta un culto separado de la verdad; entonces y ahora, la institución no sustituye a la fidelidad; entonces y ahora, el profeta es perseguido por decir lo que Dios manda decir.
Jeremías fue acusado de traidor, de perturbador y de enemigo del Templo. Hoy ocurre lo mismo con quienes, como el padre Minutella, se atreven a recordar que la Iglesia no se define por la ocupación material de cargos, sino por la fidelidad a Cristo y a su doctrina.
La historia, la Escritura, los Padres y el Magisterio coinciden en una sola verdad:
Dios no salva a su Iglesia mediante reformas falsas, sino mediante la fidelidad.
Y cuando el clero falla, Dios levanta profetas.
Ayer fue Jeremías a la puerta del Templo.
Hoy la denuncia vuelve a resonar.
No porque Dios haya cambiado,
sino porque la infidelidad se repite.
Y el juicio de Dios, también.
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