PADRE PÍO Y LA FALSA IGLESIA
Hay nombres en la historia de la Iglesia que no se apagan con el paso de los años, porque pertenecen a un territorio donde lo santo y lo profético se funden sin separación posible. Padre Pío es uno de esos nombres.
Hay nombres en la historia de la Iglesia que no se apagan con el paso de los años, porque pertenecen a un territorio donde lo santo y lo profético se funden sin separación posible. Padre Pío es uno de esos nombres.
por Vicente Montesinos
Director de Adoración y Liberación

Hay nombres en la historia de la Iglesia que no se apagan con el paso de los años, porque pertenecen a un territorio donde lo santo y lo profético se funden sin separación posible. Padre Pío es uno de esos nombres. Su figura, tan golpeada por la incomprensión humana y tan sostenida por la gracia, se alza como un faro que ilumina no solo las almas devotas, sino también los tiempos oscuros que atravesamos.
Y es desde esa luz que hoy resulta inevitable contemplar la crisis actual de la Iglesia, esa dolorosa metamorfosis interna que ha llevado a que la estructura visible, ocupada y manipulada por la corriente modernista, haya derivado hacia una forma degradada de sí misma; hacia una suerte de simulacro eclesial que mantiene los signos externos pero ha perdido la sustancia de lo sagrado. A esto, con toda propiedad espiritual y teológica, la Tradición ha llamado siempre la falsa Iglesia.
Quien contemple con honestidad la vida del santo de Pietrelcina verá que su biografía es una especie de parábola viviente: el justo perseguido por quienes deberían custodiarlo, el sacerdote fiel humillado por la institución que él mismo amaba con un amor ardiente. Los años de silenciamiento, de prohibiciones injustas, de sospechas infundadas sobre sus dones y carismas, no fueron simples desencuentros administrativos; fueron el síntoma claro de una enfermedad que ya se extendía por las venas de la Iglesia institucional.
Aquellos años anunciaban lo que hoy sufrimos a gran escala: una traición interior, un desplazamiento del espíritu católico reemplazado por el espíritu del mundo, una infiltración progresiva que ha terminado por deformar la identidad misma de la institución.
Padre Pío veía más allá de lo que sus contemporáneos comprendían. Su sufrimiento no era solo suyo: era un reflejo anticipado del sufrimiento de la Iglesia auténtica en los tiempos que habrían de venir. Los testimonios que conservan sus hijos espirituales —y que resuenan con sorprendente coherencia con otras voces proféticas como La Salette, Fátima o incluso el Catecismo en su enseñanza sobre la “impostura religiosa suprema”— señalan con claridad que el ataque decisivo contra la Iglesia no llegaría desde fuera, sino desde dentro. No a través de perseguidores declarados, sino a través de una transformación doctrinal y moral que se presentaría como pastoral; un proceso seductor, amable al oído, pero corrosivo para la fe. Una revolución interior revestida de misericordia adulterada y de aperturas que en realidad son renuncias.
Ese proceso, que comenzó lentamente en el siglo pasado, ha encontrado en los últimos años su fase más visible. Bajo el liderazgo de Jorge Mario Bergoglio, y con colaboradores como Víctor Manuel Fernández y Robert Prevost ocupando posiciones clave, la Iglesia oficial ha abrazado una orientación que ya no es católica en su esencia. Se mantiene el nombre, la apariencia, la fachada litúrgica, el aparato institucional; pero la sustancia ha cambiado. Lo que antes era anuncio del Reino eterno se ha reducido a agenda temporalista. Lo que antes era combate espiritual se ha transformado en activismo sociopolítico. Lo que antes era adoración se ha banalizado en asamblea.
Cristología, eclesiología, sacramentos, moral, todo ha sido reinterpretado según categorías ajenas a la Revelación y profundamente sometidas al espíritu del mundo. Y cuando la Iglesia visible renuncia a su identidad, no se queda en un limbo neutral: se convierte en un instrumento deformado, en una entidad que apunta hacia la luz pero ya no refleja su fulgor, en un cascarón sin alma. Eso es, exactamente, la falsa Iglesia. El pueblo fiel lo percibe. Percibe que ya no se habla del pecado, que ya no se invita a la conversión, que ya no se anuncia el infierno ni se proclama la soberanía absoluta de Cristo Rey. Percibe que los sacramentos se ofrecen sin preparación, que la doctrina se diluye en sentimentalismo, que la liturgia pierde sacralidad y que el Magisterio se reemplaza por opiniones coyunturales. Percibe que los enemigos de Cristo son cortejados mientras los hijos de la Tradición son despreciados, señalados y marginados. Percibe, en definitiva, que el perfume del Evangelio ha sido sustituido por el olor tibio del relativismo.
En este escenario, la figura de Padre Pío se vuelve imprescindible, no por nostalgia, sino por claridad doctrinal y fuerza espiritual. Él vivió en su carne lo que hoy vive la Iglesia fiel: el desprecio injusto, la sospecha institucional, la acusación de rigidez, la soledad en la cruz, la obediencia sufrida y la resistencia interior. Lo que a él le hicieron unos pocos, hoy lo sufre el pequeño resto en su conjunto: fieles que no renuncian a la doctrina de siempre, que no aceptan la demolición de la liturgia, que no se dejan arrastrar por el sentimentalismo progresista. Y, como en tiempos del santo, tampoco hoy esta persecución es signo de derrota: es signo de autenticidad.
La Iglesia verdadera está en la cruz, no en los aplausos; en la fidelidad silenciosa, no en los trending topics; en la Eucaristía adorada, no en los discursos sociológicos. La falsa Iglesia no destruye la Iglesia verdadera; la revela. La purifica. La obliga a regresar a su núcleo: a Cristo crucificado, a la Virgen fiel, a la Tradición que nunca falla, al Rosario que combate sin ruido, a la Misa que salva el mundo, a la doctrina que no puede cambiar. La falsa Iglesia pasará como pasan todas las imposturas, porque está edificada sobre arena. La Iglesia verdadera permanece, porque está fundada sobre la roca. A Padre Pío le tocó sufrir, callar, obedecer, llorar y esperar. Y al final, la verdad salió a la luz, como siempre ocurre. Hoy nos toca lo mismo.
No desesperar, no ceder, no adaptarnos a la mentira disfrazada de misericordia, no renunciar a la fe de los padres. Nos toca ser fieles. Y aunque los templos sean tomados, aunque los altares sean violados, aunque la jerarquía traicione, aunque Roma mismo se vuelva irreconocible, Cristo no abandona jamás a su Esposa. La falsa Iglesia puede ocupar cátedras, pero no puede engendrar santos. Puede llenar sínodos, pero no puede producir conversión. Puede emitir documentos, pero no puede dar vida. Puede reformar rituales, pero no puede tocar la eternidad. Esa es su condena, y es nuestra esperanza.
Y mientras el humo de la confusión se eleva sobre la Iglesia visible, la figura luminosa de Padre Pío permanece firme, como un dedo que señala hacia lo alto y un corazón que late en fidelidad absoluta. Él no necesitó estrategias ni discursos sofisticados; bastó su unión con Cristo para ser martillo contra la mentira. Su vida es prueba de que el sufrimiento aceptado por la verdad jamás es estéril. Hoy nos corresponde a nosotros tomar el relevo. Porque la falsa Iglesia caerá. Y la verdadera, la de Cristo, no ha caído ni caerá jamás. Por eso más que nunca gritamos al unísono. ¡Sea alabado Jesucristo y Adelante con María!
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