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Adoración y Liberación

Por Vicente Montesinos

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Santo Cura de Ars

¡Hoy celebramos al Santo Cura de Ars!

 

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Ante el cuerpo del Santo, en Ars (Foto: Adoración y Liberación)

 

Hoy, 4 de agosto, celebramos la memoria de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars; que desde la humildad y el servicio; llegó desde un confesionario en un pequeñísimo pueblo de Francia, a conquistar los corazones de medio mundo; hasta el punto de que hoy es Patrono de todos los Sacerdotes de la Tierra.

Recuperamos en el día de hoy, por su enorme interés, las palabras dadas por Su Santidad el Papa Benedicto XVI, en la Audiencia General del día de la fiesta del Santo en Castelgandolfo, en el año 2009. No tienen desperdicio. Dios os bendiga y San Juan María os proteja. ¡Y felicidades a todos los sacerdotes!

 

Vicente Montesinos

 

 

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En Ars (Foto: Adoración y Liberación)

 

 

BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Palacio pontificio de Castelgandolfo
Miércoles 5 de agosto de 2009

San Juan María Vianney, cura de Ars

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis de hoy quiero recorrer de nuevo la vida del santo cura de Ars subrayando algunos de sus rasgos, que pueden servir de ejemplo también para los sacerdotes de nuestra época, ciertamente diferente de aquella en la que él vivió, pero en varios aspectos marcada por los mismos desafíos humanos y espirituales fundamentales. Precisamente ayer se cumplieron 150 años de su nacimiento para el cielo: a las dos de la mañana del 4 de agosto de 1859 san Juan Bautista María Vianney, terminado el curso de su existencia terrena, fue al encuentro del Padre celestial para recibir en herencia el reino preparado desde la creación del mundo para los que siguen fielmente sus enseñanzas (cf. Mt 25, 34). ¡Qué gran fiesta debió de haber en el paraíso al llegar un pastor tan celoso! ¡Qué acogida debe de haberle reservado la multitud de los hijos reconciliados con el Padre gracias a su obra de párroco y confesor! He querido tomar este aniversario como punto de partida para la convocatoria del Año sacerdotal que, como es sabido, tiene por tema: “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”. De la santidad depende la credibilidad del testimonio y, en definitiva, la eficacia misma de la misión de todo sacerdote.

Juan María Vianney nació en la pequeña aldea de Dardilly el 8 de mayo de 1786, en el seno de una familia campesina, pobre en bienes materiales, pero rica en humanidad y fe. Bautizado, de acuerdo con una buena costumbre de esa época, el mismo día de su nacimiento, consagró los años de su niñez y de su adolescencia a trabajar en el campo y a apacentar animales, hasta el punto de que, a los diecisiete años, aún era analfabeto. No obstante, se sabía de memoria las oraciones que le había enseñado su piadosa madre y se alimentaba del sentido religioso que se respiraba en su casa.

Los biógrafos refieren que, desde los primeros años de su juventud, trató de conformarse a la voluntad de Dios incluso en las ocupaciones más humildes. Albergaba en su corazón el deseo de ser sacerdote, pero no le resultó fácil realizarlo. Llegó a la ordenación presbiteral después de no pocas vicisitudes e incomprensiones, gracias a la ayuda de prudentes sacerdotes, que no se detuvieron a considerar sus límites humanos, sino que supieron mirar más allá, intuyendo el horizonte de santidad que se perfilaba en aquel joven realmente singular. Así, el 23 de junio de 1815, fue ordenado diácono y, el 13 de agosto siguiente, sacerdote. Por fin, a la edad de 29 años, después de numerosas incertidumbres, no pocos fracasos y muchas lágrimas, pudo subir al altar del Señor y realizar el sueño de su vida.

El santo cura de Ars manifestó siempre una altísima consideración del don recibido. Afirmaba: “¡Oh, qué cosa tan grande es el sacerdocio! No se comprenderá bien más que en el cielo… Si se entendiera en la tierra, se moriría, no de susto, sino de amor” (Abbé Monnin, Esprit du Curé d’Ars, p. 113). Además, de niño había confiado a su madre: “Si fuera sacerdote, querría conquistar muchas almas” (Abbé Monnin, Procès de l’ordinaire, p. 1064). Y así sucedió. En el servicio pastoral, tan sencillo como extraordinariamente fecundo, este anónimo párroco de una aldea perdida del sur de Francia logró identificarse tanto con su ministerio que se convirtió, también de un modo visible y reconocible universalmente, en alter Christus, imagen del buen Pastor que, a diferencia del mercenario, da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 11). A ejemplo del buen Pastor, dio su vida en los decenios de su servicio sacerdotal. Su existencia fue una catequesis viviente, que cobraba una eficacia muy particular cuando la gente lo veía celebrar la misa, detenerse en adoración ante el sagrario o pasar muchas horas en el confesonario.

El centro de toda su vida era, por consiguiente, la Eucaristía, que celebraba y adoraba con devoción y respeto. Otra característica fundamental de esta extraordinaria figura sacerdotal era el ministerio asiduo de las confesiones. En la práctica del sacramento de la Penitencia reconocía el cumplimiento lógico y natural del apostolado sacerdotal, en obediencia al mandato de Cristo: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 23).

Así pues, san Juan María Vianney se distinguió como óptimo e incansable confesor y maestro espiritual. Pasando, “con un solo movimiento interior, del altar al confesonario”, donde transcurría gran parte de la jornada, intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus feligreses redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la Presencia eucarística (cf. Carta a los sacerdotes para el Año sacerdotal).

Los métodos pastorales de san Juan María Vianney podrían parecer poco adecuados en las actuales condiciones sociales y culturales. De hecho, ¿cómo podría imitarlo un sacerdote hoy, en un mundo tan cambiado? Es verdad que los tiempos cambian y que muchos carismas son típicos de la persona y, por tanto, irrepetibles; sin embargo, hay un estilo de vida y un anhelo de fondo que todos estamos llamados a cultivar. Mirándolo bien, lo que hizo santo al cura de Ars fue su humilde fidelidad a la misión a la que Dios lo había llamado; fue su constante abandono, lleno de confianza, en manos de la divina Providencia.

Logró tocar el corazón de la gente no gracias a sus dotes humanas, ni basándose exclusivamente en un esfuerzo de voluntad, por loable que fuera; conquistó las almas, incluso las más refractarias, comunicándoles lo que vivía íntimamente, es decir, su amistad con Cristo. Estaba “enamorado” de Cristo, y el verdadero secreto de su éxito pastoral fue el amor que sentía por el Misterio eucarístico anunciado, celebrado y vivido, que se transformó en amor por la grey de Cristo, los cristianos, y por todas las personas que buscan a Dios.

Su testimonio nos recuerda, queridos hermanos y hermanas, que para todo bautizado, y con mayor razón para el sacerdote, la Eucaristía “no es simplemente un acontecimiento con dos protagonistas, un diálogo entre Dios y yo. La Comunión eucarística tiende a una transformación total de la propia vida. Con fuerza abre de par en par todo el yo del hombre y crea un nuevo nosotros” (Joseph Ratzinger, La Comunione nella Chiesa, p. 80).

Así pues, lejos de reducir la figura de san Juan María Vianney a un ejemplo, aunque sea admirable, de la espiritualidad católica del siglo XIX, es necesario, al contrario, percibir la fuerza profética, de suma actualidad, que distingue su personalidad humana y sacerdotal. En la Francia posrevolucionaria que experimentaba una especie de “dictadura del racionalismo” orientada a borrar la presencia misma de los sacerdotes y de la Iglesia en la sociedad, él vivió primero -en los años de su juventud- una heroica clandestinidad recorriendo kilómetros durante la noche para participar en la santa misa. Luego, ya como sacerdote, se caracterizó por una singular y fecunda creatividad pastoral, capaz de mostrar que el racionalismo, entonces dominante, en realidad no podía satisfacer las auténticas necesidades del hombre y, por lo tanto, en definitiva no se podía vivir.

Queridos hermanos y hermanas, a los 150 años de la muerte del santo cura de Ars, los desafíos de la sociedad actual no son menos arduos; al contrario, tal vez resultan todavía más complejos. Si entonces existía la “dictadura del racionalismo”, en la época actual reina en muchos ambientes una especie de “dictadura del relativismo”. Ambas parecen respuestas inadecuadas a la justa exigencia del hombre de usar plenamente su propia razón como elemento distintivo y constitutivo de la propia identidad. El racionalismo fue inadecuado porque no tuvo en cuenta las limitaciones humanas y pretendió poner la sola razón como medida de todas las cosas, transformándola en una diosa; el relativismo contemporáneo mortifica la razón, porque de hecho llega a afirmar que el ser humano no puede conocer nada con certeza más allá del campo científico positivo. Sin embargo, hoy, como entonces, el hombre “que mendiga significado y realización” busca continuamente respuestas exhaustivas a los interrogantes de fondo que no deja de plantearse.

Tenían muy presente esta “sed de verdad”, que arde en el corazón de todo hombre, los padres del concilio ecuménico Vaticano ii cuando afirmaron que corresponde a los sacerdotes, “como educadores en la fe”, formar “una auténtica comunidad cristiana” capaz de preparar “a todos los hombres el camino hacia Cristo” y ejercer “una auténtica maternidad” respecto a ellos, indicando o allanando a los no creyentes “el camino hacia Cristo y su Iglesia”, y siendo para los fieles “estímulo, alimento y fortaleza para el combate espiritual” (cf.Presbyterorum ordinis, 6).

La enseñanza que al respecto sigue transmitiéndonos el santo cura de Ars es que en la raíz de ese compromiso pastoral el sacerdote debe poner una íntima unión personal con Cristo, que es preciso cultivar y acrecentar día tras día. Sólo enamorado de Cristo, el sacerdote podrá enseñar a todos esta unión, esta amistad íntima con el divino Maestro; podrá tocar el corazón de las personas y abrirlo al amor misericordioso del Señor. Sólo así, por tanto, podrá infundir entusiasmo y vitalidad espiritual a las comunidades que el Señor le confía.

Oremos para que, por intercesión de san Juan María Vianney, Dios conceda a su Iglesia el don de santos sacerdotes, y para que aumente en los fieles el deseo de sostener y colaborar con su ministerio. Encomendemos esta intención a María, a la que precisamente hoy invocamos como Virgen de las Nieves.

 

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Cama donde murió San Juan María en Ars (Foto: Adoración y Liberación) 
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Somos felices si vivimos con Dios. 


No hay que ser un lince para darse cuenta de que la persona es feliz cuando vive con Dios, y que es profundamente infeliz cuando libremente se ha separado de Dios; porque no conoce lo que Dios dice, y porque ha dejado de escucharle y de hacerle caso.

Esta reflexión, que ya hacía el Santo cura de Ars en su época, se confirma cuando miramos alrededor, cada día, y nos preguntamos: ¿Porque el hombre de hoy es tan ciego y tan ignorante? 

La respuesta es bastante obvia: porque no hace caso de la palabra de Dios.

Un hacer caso de la palabra de Dios que lo primero que exige es saber qué dice Dios. Es decir. Estar formado.

Una persona formada siempre tiene recursos.  Y en nuestro caso, un católico que no está formado es, como dijera el Santo Cura de Ars, como un enfermo agonizante: no conoce la gravedad del pecado; no conoce la belleza del alma. 

Y en nuestro caso, un católico que no está formado es, como dijera el Santo Cura de Ars, como un enfermo agonizante: no conoce la gravedad del pecado; no conoce la belleza del alma. 

Tampoco sabe nada sobre el precio de la virtud. Se arrastra, pues, de pecado en pecado.
Así el hombre trabaja sólo para satisfacer el cuerpo (el “cadaver”, en palabras del santo sacerdote)  que pronto se pudrirá en la tierra, sin pensar en su pobre alma, que es la que será eternamente feliz o infeliz.
Carece de espíritu y de buen sentido. Qué miedo.

Pensemos pues que tenemos un alma que salvar y una eternidad que nos espera.
El mundo, las riquezas, los placeres y los honores pasarán. Pero el cielo y el infierno no pasarán nunca.

Tengamos cuidado. Y si alguien prefiere pensar que este discurso es tremendista y catastrófico, y que se aleja de Dios misericordioso, es libre de hacerlo. 

Dios os bendiga. 

                                         Vicente Montesinos

¡Quiero trabajar por ti, Dios mío! La espiritualidad del Santo cura de Ars. 

San Juan María Vianney, Santo cura de Ars,  que desde la humildad de su vida, y desde su confesionario, llegó a todos los confines del mundo, y hoy es patrón de todos los sacerdotes de la tierra; afirmaba, como se le pudo escuchar en reiteradas ocasiones, lo siguiente:

Hay que actuar por Dios, poner nuestras obras en sus manos. Hay que decir despertándose: “quiero trabajar por ti, Dios mío. Me someteré a todo lo que me envías. Me ofreceré en sacrificio. Pero señor, no puedo hacer nada sin ti, ayúdame”

Manifestaba el santo que en el momento de la muerte nos arrepentiremos del tiempo que hemos dado a los placeres y conversaciones inútiles; en vez de haberlo empleado en el rezo, las buenas obras, y en llorar los propios pecados.

Entonces veremos que no hemos hecho nada por el cielo. ¡Hijos míos -decía- que triste sería llegar a esta situación!

VICENTE MONTESINOS

4 de agosto: Santo Cura de Ars. Noticias, imágenes de hoy y semblanza.



Para todos, pero especialmente para los amigos sacerdotes, esta semblanza de este gran santo y patrón de los sacerdotes católicos, el Santo Cura de Ars, cuya fiesta celebramos en el día de hoy.

Esta pasada noche, entre el 3 y 4 de agosto de 2015, durante toda la noche se han celebrado en la Iglesia de Ars adoración y confesiones.


Adoración al Santísimo la pasada noche en Ars


Celebramos además con gozo el 200 aniversario de su ordenación como diácono y presbítero.

Y además es por ello este año en el que nos encontramos año jubilar.

Esta misma mañana el Cardenal Oullet celebraba misa en Ars; dando la relevancia que merece a una celebración tal.

TODAS LAS FOTOS QUE ADJUNTAMOS EN ESTE REPORTAJE HAN SIDO TOMADAS ESTA MISMA NOCHE EN LA IGLESIA DE ARS.


Cuerpo incorrupto del Santo cura de Ars, la pasada noche.



Juan Bautista María Vianney (* Dardilly, 8 de mayo de 1786 – † Ars-sur-Formans, 4 de agosto de 1859), conocido como el Santo Cura de Ars, fue un presbítero francés proclamado patrono de los sacerdotes católicos, especialmente de los que tienen cura de almas (párrocos).

En el siglo pasado, Ars, una pequeña villa francesa fue por muchos años el hogar de la vida religiosa de todo el país. Entre el año de 1818 y el 1859, su nombre estuvo en los labios de miles de personas, y tan grande era la afluencia de peregrinos, que la compañía de trenes que servía el distrito, tuvo que abrir una oficina especial en la ciudad de Lyons, para poder lidiar con el tráfico entre esta gran ciudad y el pequeño pueblo de Ars.  ¿El causante de todo esto?, un sencillo y sin embargo incomparable sacerdote, de quien hablaremos brevemente en esta historia: San Juan Bautista Vianney.

En los círculos clericales, Ars era mirado como un tipo de Siberia. El distrito era torpe, la desolación espiritual era aún mayor que la material. En los primeros días de Febrero de 1818, que el Abbe Vianney recibió la notificación oficial de su traslado a Ars. El Vicario General le dijo: “No hay mucho amor en esa parroquia, tu le infundirás un poco”. El 9 de febrero, M. Vianney se dirigió hacia el lugar que sería por los siguientes 41 años el lugar de su sorprendente y sin precedente actividad. Caminó 38 Km. desde Ecculy hasta Ars. Le seguían en un carretón una cama de madera, un poco de ropa y los libros que le dejó el Padre Balley. Cuando pudo divisar la pequeña villa, hizo un comentario de su pequeñez y al mismo tiempo hizo una profecía: “La parroquia no será capaz de contener a las multitudes que vendrán hacia aquí”.

Y así fue dado su santo trabajo de décadas. Desgastándose. Santificandose.


Pila donde bautizaba el Santo Cura de Ars (4 de agosto de 2015)


Pasaron 41 años desde el primer día en el que el Cura llegó a Ars, fueron años de actividad indescriptible. Después de 1858 decía con frecuencia: “Ya nos vamos; debemos morir; y muy pronto“. No cabe duda de que él sabía que su fin estaba cerca. En Julio de 1859, una señora muy devota de San Etienne vino para confesarse. Cuando se despedía de él le dijo: “Nos veremos de nuevo en tres semanas”, ambos murieron en ese tiempo, y se encontraron en un mundo mucho más feliz.

El mes de Julio de 1859 fue extremadamente caluroso, los peregrinos se desmayaban en grandes cantidades, pero el santo permanecía en el confesionario. El viernes 29 de Julio, fue el último en el que apareció en la iglesia. Esa mañana entró en el confesionario como a la 1:00 a.m. Pero después de haberse desmayado en varias ocasiones, le pidieron que descansara. A la 11:00 dio catecismo por última vez. Esa noche con mucha dificultad pudo arrastrarse hasta su cuarto. Uno de los Hermanos Cristianos le ayudó a subirse a su cama, pero el santo le pidió que le dejase solo.



Anoche, en Ars.


Una hora después de medianoche, aproximadamente, pidió ayuda: “Es mi pobre fin, llamen a mi confesor“. La enfermedad progresó rápidamente. En la tarde del 2 de Agosto recibió los últimos sacramentos: “Qué bueno es Dios; cuando ya nosotros no podemos ir más hacia El, El viene a nosotros” .

Veinte sacerdotes con velas encendidas escoltaron al Santísimo Sacramento, pero el calor era tan sofocante que tuvieron que apagarlas. Con lágrimas en los ojos dijo: “Oh, que triste es recibir la Comunión por última vez“.

En la noche del 3 de Agosto llegó su obispo. El santo lo reconoció pero no pudo decir palabra alguna. Hacia la medianoche el fin era inminente. A las 2:00 a.m. del Sábado 4 de Agosto de 1859, cuando una tormenta azotaba el pueblo de Ars, el Obispo M.Monnin leía estas palabras: “Que los santos ángeles de Dios vengan a su encuentro y lo conduzcan a la Jerusalén celestial“, el Cura de Ars encomendó su alma a Dios.

Su cuerpo permanece incorrupto en la iglesia de Ars


Cuerpo incorrupto de San Juan María Vianney


El 8 de Enero de 1905, el Papa Pío X, Beatificó al Cura de Ars; y en la fiesta de Pentecostés el 31 de mayo de 1925, en presencia de una gran multitud, el Papa Pío XI pronunció la solemne sentencia: “Nosotros declaramos a Juan María Bautista Vianney que sea santo y sea inscrito en el catálogo de los santos“.


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