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Adoración y Liberación

Por Vicente Montesinos

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CONCILIO O REVOLUCIÓN

CONCILIO O REVOLUCIÓN (3) Salida Boicoteada

Johannes Wolf

 

 

 

El trece de octubre echa a andar el Concilio con su Primera Comisión General en la que se iban a elegir a los representantes en las diez Comisiones encargadas de estudiar los esquemas que había elaborado la Comisión Preparatoria, que había hecho bien sus trabajos: es de justicia decirlo.

El problema fue que no sólo ella había trabajado bien. A destajo -¡deprisa, deprisa, que se les echaba encima el Concilio!-, se habían ido reuniendo y planificando, en otra “comisión” muy distinta, una serie de prebostes -obispos, teólogos y familias religiosas- hispanoamericanos -en especial, brasileños- y europeos -franceses y belgas especialmente; más algún alemán y algún otro del Este europeo- que, ya en el mismo momento de echar a andar, efectuaron una auténtica “voladura” en la misma línea de flotación del Concilio.

Era lo que se vino a llamar el “Grupo de la Domus Mariae” -aunque ellos no se llamaron así; preferían, por ejemplo, el nombre de “Grupo Ecuménico” entre otros-, que además aglutinó, en los meses anteriores inmediatos al Concilio, a otras iniciativas ideológicas -con un marcado interés de romper la Iglesia desde dentro-, ya existentes y actuantes desde unos pocos años antes.

Ahí estaban el obispo brasileño Helder Cámara como primer eslabón de la cadena, el card. Suenens su otro yo, que cerraba la pinza en Europa: ambos formarían el tándem, oculto pero necesario, para dinamitar la Asamblea Conciliar; el card. Spellman, arzobispo de Nueva York, que llevaba tiempo poniendo los dólares para montar y sostener el Centro Internacional de Documentación, con sede en Cuernavaca; mons. Larrain, obispo de Talca (Chile) y desde 1963 Presidente del CELAM; el obispo de Cuernavaca Sergio Méndez Arceo, protector del p. Ivan Illich que fue la cabeza pensante y organizativa del antes citado Centro de Documentación (CIDOC), que tanto influyó en estos ambientes progresistas y subversivos; y otros más, como Liénart, Suenes, Döpfner, y Köning, sin olvidarnos de Montini. Uno de estos escribió en su diario que Mntini sería el futuro Papa: lo tenían todo previsto. Y lo consiguieron.

Entre los “teólogos”, “peritos” y “ayudantes a título personal” estaban -como no podía ser de otra manera-: el p. Congar, Daniélou, de Lubac, Häring, Küng, Rahner, Schillebeeckx -que ya había pretendido cargarse públicamente la teología de Santo Tomás-, todos ellos sospechosos de heterodoxia ya antes del concilio, con Pio XII, sin ir más lejos. Con el tiempo, unos acabaron mejor que otros.

Pero todos -cada uno en su papel y desde su sitio-, todos tuvieron una gran influencia, tanto durante el concilio, como después. Como detalle: en el CV I los teólogos no habían tenido ningún papel; fue como si no hubiesen existido, o como si ahí no estuviese su sitio o su función. Pero la historia es la que es. Y por eso la contamos.

Y llegó el 13 de octubre de 1962, día esperado y, a la vez, temido: porque mucha gente buena estaba que echaba las muelas con lo del Concilio. El orden del día, sobre el papel, estaba claro: la elección de representantes. Pero era lo único que “parecía” claro. Lo que la buena gente, empezando por el card. Tisserant y por el card. Octaviani -pesos pesados de la Iglesia de siempre- no podían haber previsto, es lo que pasó nada más iniciarse la sesión.

Se levantó -estaba previsto así por los “malos”- el card. Aquille Liénart, obispo de Lille, tomó el micro, y largó que no se podía votar sin conocerse entre ellos, por lo que urgía consultar a las conferencias episcopales de los distintos países. El card. Frings, que dijo hablar también por los card. Döpfner y Köning, apoyó la propuesta. Tisserant no tuvo más remedio que cerrar la sesión y afirmar que se comunicaría al Santo Padre lo ocurrido.

No solo se cargaron el reglamento, sino que se llevaron el gato al agua. El card. Suenens afirmará en su Recuerdos y esperanza, que Juan XXIII se puso muy contento. La “guerra” había comenzado.

La progresía eclesial era una minoría, pero ganaron. Casi diría que arrasaron, más cuanto más avanzaba el Concilio. ¿Por qué? Por varias razones, acumulables:

 

. eran minoría, sí; pero estaban organizados y tenían los medios: dinero, prensa y el “fuego interior” de los “revolucionarios”; además de las “artes” -inmorales- de los conspiradores: porque lo fueron;

. también intentaron organizarse después los “buenos”, y lo hicieron; pero, aunque no lo sabían, llegaban tarde, iban siempre por detrás y no podían usar los mismos métodos que los “malos”: pensaban que estos últimos eran, por decirlo así, “honrados”; pero los “malos”, por definición, nunca lo son;

. el papa Juan XXIII aún sin decirlo o “creerlo” abiertamente estaba “por la labor”; de hecho, en alguna ocasión, aún habiendo perdido los “malos” las votaciones, a la postre les dio la razón, desautorizando la votación de la mayoría;

. la inmensa mayoría, aún no estando de acuerdo en su interior con las “malas” propuestas antirromanas, antilatinas, antimagisterio y antitradición, estaban callados, como espectadores ante los dos campos bien asentados y, a la hora de la verdad, muchos votaban por las “novedades”, creyendo -así se lo hicieron creer, y les ayudaron bastante- que el “espíritu del Concilio” y el “espíritu de los tiempos”, cuando no el mismo Espíritu Santo, estaban detrás de las “reformas”;

. por parte de los “malos”, se despreció la teología y el Magisterio, se invocó “la apertura al mundo y a los hombres”, todo había de ser “nuevo” -desde la misma Iglesia Católica- porque lo viejo había pasado, y ya no era posible seguir considerando las cosas desde Dios a los hombres -esa es la Revelación- sino desde los hombres a Dios;

. yo todos los “tópicos” cuajaron: la “iglesia de los pobres”, hasta convertirse en una “opción preferencial”, además del compromiso social y político y del compromiso con el mundo; alejarse de los “espiritualismos”, de los “paternalismos” y de Santo Tomás, que era como nombrarles la “bicha”; abandono de las prácticas de piedad tradicionales de la vida de los fieles, huir de la frecuencia de los Sacramentos para la vida cristiana, que calificaban de “sacramentalismo”; dejarse de la “liturgia romana” e introducir las lenguas vernáculas -que cada Conferencia episcopal debía elaborar- para poner al alcance de todos los contenidos litúrgicos; alejarse -los sacerdotes y religiosos- de los “signos externos” que “separan” del pueblo; “comunidades de base” como expresión de la fe y la religión del pueblo: ¡no a la Iglesia jerárquica, sí a la Iglesia carismática!; “desmitificar las Verdades de Fe, empezando por desmitificar al mismo Jesucristo”…

 

 

Y así todo. Y ganaron. Y se ha descristianizado al personal, a las enteras sociedades…, pretendiendo que “la doctrina no se toca”, y que todo sigue igual.

 

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CONCILIO O REVOLUCIÓN (2): Lo que no puede ser, no puede ser.

Johannes Wolf

 

 

 

 

El 13 de octubre de 1962 echó a andar la 1ª Sesión del CV II. Pero dos días antes, Juan XXIII había presidido la ceremonia de apertura que dejó realmente impresionados a los millones de personas que, en todo el mundo, siguieron el evento. Fue todo un espectáculo -realmente único por su grandiosidad y por ser la primera vez que se hacía visible ante el mundo-, en el que la Universalidad de la Iglesia se reflejó con verdadera autenticidad, lo mismo que su carácter Jerárquico: no podía ser de otra manera. Como detalle, sólo el cortejo era de casi cuatro kilómetros.

Una vez instalados todos los participantes en la basílica de san Pedro, y como estaba previsto, Juan XXIII pronunció el discurso inaugural -en latín-: Gaudet Mater Ecclesia. En él se definían las “nuevas” relaciones entre la Iglesia y el mundo, teniendo como nota destacadísima del gran suceso un optimismo desbordante y desbordado. Afirmaba: ”Iluminada la Iglesia por la luz de este Concilio crecerá en espirituales riquezas y, al sacar de ellas fuerza para nuevas energías, mirará intrépida a lo futuro. En efecto, con oportunas `actualizaciones´ y con un prudente ordenamiento de mutua colaboración, la Iglesia hará que los hombres, las familias, los pueblos vuelvan realmente su espíritu hacia las cosas celestiales”.

Era un desiderátum sin fundamento alguno: ni eclesial, ni moral, ni siquiera intelectual; era la expresión del “iluminismo” al que el mismo Juan XXIII “se agarró” para poner en marcha el propio concilio. Él mismo explicó que lo había concebido en “la mente, como de improviso”.

Y digo “desiderátum” porque, a la vuelta de cincuenta y seis años, bien se ve que nada de esto se ha cumplido. Al contrario: el paisaje desolado -arrasado- de países enteros, católicos de primera hora, en que se ha convertido el primer mundo, es la prueba palpable.

Además, da la impresión de que, con este discurso, se inaugura en la Iglesia ese buenismo que, a imitación y ejemplo del buenismo político, ha renunciado hasta al pensamiento, en su más genuina expresión. Y que, en la Iglesia Católica, está perfectamente vigente y al día.

Eso sí: a los que ponían en duda este “espíritu” -mezcla de optimismo en el futuro con el necesario dejar de lado lo que se posee “en depósito” y, por tanto, no se puede disponer porque no se es dueño-, no dudaba en descalificarlos con palabras más bien “gruesas”: “En el cotidiano ejercicio de nuestro ministerio pastoral llegan, a veces, a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, (…) no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina” (…). Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos (…).

Para volver enseguida al optimismo inmoderado: En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres, pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aún las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia”.

Así se siguen expresando todos los “forofos” de la “nueva pastoral y de la nueva iglesia”, aparte los “fideístas”, que también existen. El “iluminismo” seguía presente en el discurso papal con esa alusión a la Providencia que todo lo remedia, hasta los males. El problema es que la Providencia, “que hace de los males bienes, y de los grandes males grandes bienes”, como decía san Josemaría, con eso no está beatificando ni los males ni a los malos: los males son males, y los malos son malos; a los que Él pedirá cuenta. Más a quien más ha dado, como explica Jesús mismo.

A partir de aquí, en esa alocución se van sucediendo –“una de cal y otra de arena”, como se dice en castellano- una serie de dualidades enfrentadas, porque no podían no estarlo: una cosa ni casa ni puede casar con su contraria.

De una parte, la misión principal del Concilio -proseguía el Papa- es “transmitir pura e íntegra, sin atenuaciones ni deformaciones, la doctrina que, durante veinte siglos, a pesar de dificultades y de luchas, se ha convertido en patrimonio común de los hombres, patrimonio que, si no ha sido recibido de buen grado por todos, constituye una riqueza abierta a todos los hombres de buena voluntad”. El patrimonio de la Iglesia no es patrimonio de los hombres: “riqueza abierta” desde la Iglesia hacia los hombres, sí. Pero… , vuelve al contraste contradictorio:

“Nuestro deber no es sólo estudiar ese precioso tesoro, como si únicamente nos preocupara su antigüedad (…) La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina fundamental de la Iglesia, repitiendo difusamente la enseñanza de los Padres y Teólogos antiguos y modernos (…).

>Para eso no era necesario un Concilio. Sin embargo, de la adhesión renovada, serena y tranquila, a todas las enseñanzas de la Iglesia, en su integridad y precisión, tal como resplandecen principalmente en las actas conciliares de Trento y del Vaticano I, el espíritu cristiano y católico del mundo entero espera que se de un paso adelante hacia una penetración doctrinal y una formación de las conciencias que esté en correspondencia más perfecta con la fidelidad a la auténtica doctrina [¿dónde estaba, en qué gentes, ese “espíritu cristiano y católico” que, para más y mejores señas, esperaba “anhelante esa penetración doctrinal y esa formación de las conciencias en perfecta correspondencia con la auténtica doctrina”? Desde luego: si existía, cosa más que dudosa, desapareció tras el concilio. ¿Se lo cargaría entonces el concilio?], estudiando ésta y exponiéndola a través de las formas de investigación y de las fórmulas literarias del pensamiento moderno. Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del `depositum fidei´, y otra la manera de formular su expresión; y de ello ha de tenerse en cuenta -con paciencia, si necesario fuese- ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter predominantemente pastoral”.

Sí a la sustancia, no a la formulación que llevaba casi cinco siglos vigente, desde Trento; y con éxito, todo hay que decirlo, especialmente si lo comparamos con lo que ha llegado después. Pero, como se ha visto y sufrido, si se cambia el lenguaje se cambia, necesariamente, el contenido. Bien claro lo había tenido la Jerarquía durante más de dos milenios de historia más que fecunda.

Por el contrario, hoy, la doctrina católica en la propia Iglesia tiene un peso irrelevante, residual, meramente “histórico” o “presencial”: algo así como los monumentos megalíticos de la antigüedad. Y ahí están, para demostrarlo, las “pastorales” enfrentadas de obispos contra obispos, teólogos contra obispos, laicos contra su jerarquía, obispos y cardenales contra el Papa, etc.

Porque, además, la nueva pastoral, la “nueva actitud pastoral” -de auténtica “madre”- la que Juan XXIII anunciaba a bombo y platillo -en la Basílica Vaticana, ante los representantes de toda la Iglesia, y ante los medios de comunicación del mundo mundial: con más solemnidad imposible-, ya se iba a encargar de que así fuese. Por cierto, es en la que estamos. Y a toda caña.

“En nuestro tiempo, (…) la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad. Ella quiere venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más bien que renovando condenas. [De este modo], la Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad religiosa, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de Ella”. Esta fue, en concreto, la actitud -tomada a conciencia- por Pablo VI, su sucesor en la Sede de Pedro, y lo que esa actitud engendró.

Quedaba, pues, patente que no se iba a condenar a nada ni a nadie, como no se iban a formular o definir nuevos dogmas: la Iglesia iba a “adaptar” su lenguaje a los nuevos tiempos, pretendidamente dentro de la enseñanza perenne: era el famoso “aggiornamento” que tanto dio de sí. Y no para bien, precisamente, dada la trayectoria intencional e histórica del proyecto. Aggiornamento, que se entendía como el rejuvenecimiento de la vida cristiana y de la Iglesia, volcada en la búsqueda de una renovada inculturación del mensaje cristiano en las nuevas culturas.

Como ejemplo “de libro”, y para no liarnos con doctrinas, se suprimió de un plumazo los catecismos que eran el primer pilar de la cristianización. El intento -a la contra- del Catecismo Holandés trajo el desbarajuste que trajo: Holanda estuvo en un tris del cisma con Roma.

Hoy se experimenta con brutal crudeza lo que ha dado de sí tanto “buenismo”. Se ha cumplido al pie de la letra -tajantemente- que la pretendida “sacralización” del mundo y del hombre se ha hecho -como no podía por menos- a costa de la “desacralización” de la misma Iglesia: de la secularización de la Iglesia, y de la pérdida de la identidad cristiana de gentes y países.

A la Iglesia Católica le ha pasado lo que a la persona: el hombre, para “divinizarse”, necesita vaciarse de sí mismo, como explica sin subterfugios san Juan bautista: Conviene que Él crezca y que yo disminuya. La mente de la modernidad es el contrario: que crezca el hombre -hasta reventar de orgullo- a costa de “matar” a Dios. No hay más caminos.

Es lo que ha pasado: la Iglesia no podía “abajarse” hacia el mundo -ponerse a su nivel- más que a costa de renunciar a su doctrina, a sus Sacramentos, a Cristo, a Dios. La Iglesia Católica estaba hecha para SALVAR al mundo: así lo “sacralizaba” -lo convertía en ocasión de encuentro con Dios, tanto para las personas como para las culturas-, es más, lo “divinizaba” y lo “santificaba” sin perder lo que de sagrado tenía Ella: su verdadera especificidad. Porque la Iglesia Católica es SANTA.

Pero ya iremos viendo, con calma, lo que pasó desde la Primera Sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II.

 

 

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CONCILIO O REVOLUCIÓN. En la Iglesia Católica, también y siempre, hay Profetas.

Johannes Wolf

 

 

 

 

En la Iglesia Católica, también y siempre, hay Profetas.

Y así da gusto, la verdad; porque te aleja de dudas, discusiones, hipótesis de trabajo, falaces futurismos y hasta de herejías. Y es algo perfectamente constatable: estando Dios como Principio y Fin, siempre hay “intermediarios” y/o “portavoces” -que esto no se ha inventado ahora, ni ayer o antes de ayer-, elegidos -siempre- por el mismo Señor, que es el que “coordina toda la dinámica”, si se me permite la expresión. Es decir: Providencia auténtica y en acto.

Y esto, antes de Cristo -y ahí están, por ejemplo, los Profetas Mayores y Menores, que siguen perfectamente vigentes-, y después de Cristo: se llamen así o no, se presenten así o no ante los demás, y se declaren o no “oráculo del Señor”. Pero su función es exactamente la misma: ser “voceros” del mismo Dios, que nunca nos deja solos y desamparados. Y menos, tal como estaban y están las cosas. Que ni están siempre perfectas ni siempre a gusto de todos. ¡Gracias a Dios!

Viene esto a cuento de lo que, voces más que autorizadas y casi en las mismas vísperas del CV II, alertaron a las autoridades competentes -o, al menos, lo debían haber sido; y parece que algún gol se tragaron- de lo que se le venía encima a la misma Iglesia; y, lógicamente, a las almas todas, con sus pastores a la cabeza. Y no fueron escuchados. Tradición –nadie es profeta en su tierra– que sigue viva -a lo que se ha visto y a lo que se ve-, en el AT y también tras el Nuevo: tal que en 1960-1962.

Y traigo un ejemplo, con un pequeño “complemento”. [Iban a ser dos los ejemplos pero sale demasiado largo]

El primero y único, a cargo de mons. Antonino Romeo, ordenado en 1924, que vivió en Roma desde 1938 a 1972, colaborador de la Sagrada Congregación para los Seminarios y Universidades, a la vez que colaborador personal del card. Ruffini, que fue Secretario de esa misma Congregación.

Ya en enero de 1960, dirigió en Divinitas (nº 4) un ataque a fondo contra el Instituto Bíblico       -auténtico caballo de Troya del preconcilio, del concilio y del postconcilio, y que estaba desmadrado desde mucho tiempo atrás-, denunciando -¡por primera vez en la por entonces casi bi-milenaria historia de la Iglesia!- la existencia de una conspiración bien urdida y mejor articulada por los sectores neo-modernistas que bullían -en contra del buenismo eclesial que lo negaba a grandes voces: interesadas o mudas o poco avispadas voces: cada una sabrá- desde bien dentro de la Iglesia; a los que no dudó en definir como: “un grupo que, infatigablemente, se agita para abrir siempre brechas cada vez mayores en el edificio sobrehumano de la fe católica, con el pretexto de que lo único que importa hoy en día es la novedad, ya que el Evangelio a tener en consideración no es el del pasado, sino el del futuro, y la Iglesia a la que debemos obedecer no es la que conocemos, sino la del futuro” (A. Romeo, L’Enciclica ‘Divino Afflante Spiritu’ e le “opiniones novae”, in Divinitas, nº 4 (1960), p. 444).

¿Les suena la canción? ¡Y esto ya en 1960!, que se dice pronto. ¡Clavadito a lo que está pasando a ojos vistas delante de nuestras pupilas! Y, o no nos enteramos, o miramos para otro lado como postura buscada, o estamos de acuerdo: en pura lógica ni ha habido -ni hay- más que estas tres posiciones. No se me ocurren otras, intelectualmente hablando.

Pero no acaba aquí mons. Romeo, sino que saca sus consecuencias de lo que está pasando y lo denuncia abiertamente: “Y así llegamos actualmente a la “nueva teología” inspirada por los eslóganes del momento, por la “nueva” moral que pretende satisfacer las pasiones humanas y abolir la noción y el sentido del pecado, por la “nueva historia” que consagra el historicismo y el triunfo del hecho, por el “nuevo derecho” que proclama la libertad del mal y de aquellos que son suficientemente poderosos para poder permitírselo todo, por la “nueva psicología” basada en el psicoanálisis pansexual, por la “nueva pedagogía” que satisface todos los instintos, y por el “nuevo arte sacro” que exalta el surrealismo y el conceptualismo de los charlatanes. El término “principios”, que ya fue tan usado, está desapareciendo de circulación (…). Basándose sobre el doble mito de la libertad humana y del progreso humano, doble postulado gnóstico que diviniza la pasajera contingencia de nuestro valor individual y de nuestro eterno fluir colectivo ante un futuro ignoto, haciendo de ella un sucedáneo del Absoluto, los progresistas de hoy en día convierten la religión y la ciencia en una continua búsqueda, sin determinar la finalidad, el objetivo y las ‘constantes’ que cualquier fe y cualquier ciencia tienen que prefijarse. Se asiste así al triunfo de la indeterminación, es decir, del relativismo y, en el fondo, de la negación” (Ibid., pp. 447, 449).

Y proseguía: “Toda una incesante labor de termitas que se agitan en la sombra, en Roma y en todas partes del mundo, nos lleva a intuir la presencia activa de un plan completo de engaño y de desmoronamiento de las doctrinas con las que se forma y de las que se alimenta la fe católica. Indicios cada vez más numerosos, provenientes de varios lugares, atestiguan el gradual desarrollo de una amplia y progresiva maniobra, dirigida por habilísimos jefes, aparentemente muy piadosos [aquí no sé si le sale la ironía o el realismo; o las dos cosas], cuyo objetivo es eliminar el Cristianismo que fue enseñado y vivido durante diecinueve siglos, para sustituirlo por un Cristianismo `de los nuevos tiempos´.

Concluye con un diagnóstico demoledor -a más de aterrador-, y que se está cumpliendo, en mi opinión, al pie de la letra: “La religión predicada por Jesús y por los Apóstoles, intensamente puesta en práctica por San Agustín, San Benito, Santo Domingo, San Francisco, San Ignacio de Loyola, está siendo febrilmente corroída para que llegue a desaparecer, y para que en su lugar se imponga una nueva religión, la religión soñada por los gnósticos de todos los tiempos, a la que ya se viene llamando, aquí o allá, el Cristianismo `adaptado a los nuevos tiempos´. El Cristianismo de los `nuevos tiempos´ estará basado en la divinidad cósmica y en los derechos del hombre; tendrá como dogmas de su `Credo´ el monismo evolucionista con progreso indefinido, la libertad humana sin límites y la igualdad universal, con variaciones de `fe´ científica, teosófica y ocultista que variarán según los ambientes. Tendrá como moral obligatoria la `adaptación´, es decir `el conformismo´, con la prohibición de toda `frustración´ y el deber de satisfacer todos los instintos y todos los impulsos; la finalidad última de la vida eterna será rechazada y sustituida por las `realidades terrenales´ que el oscurantismo de los diecinueve siglos había puesto en cuarentena y que hoy han sido `rehabilitadas´ con gran celo. En este Cristianismo `nuevo´, Jesús, los Apóstoles, las definiciones y las directivas emanadas del Magisterio de la Iglesia a lo largo de diecinueve siglos, quedarán solo como un recuerdo, con valor exclusivamente `histórico y apologético´: eslabones de la cadena de una evolución indefectible, que solo se acabará cuando el hombre, convertido en Ser perfectísimo, sea reabsorbido en la infinidad del Todo” (Ibid., pp. 468-469).

¿A que les sigue sonando…?, si es que están en honda, naturalmente. Si en lugar de escribirse estas líneas en 1960 se hubiesen escrito en 2018, lo escrito sería exactamente lo mismo. O casi.

Pues lo más “bonito” que le llamaron al adelantado de mons. Romeo, fue “visionario”. Y, aún sin pretenderlo -que no lo pretendían: solo quería desprestigiarlo-, sus “enemigos” acertaron de pleno: porque lo clavaron: había que ser un auténtico “visionario” para “ver” todo lo que ha venido después. Personalmente, estoy convencido de que, sin la asistencia del Espíritu Santo, le hubiese sido casi imposible llegar a “ver” lo que vio. Mucho menos aún llegar a “decirlo”, y por escrito. Así se han manejado y se manejan los profetas, antes y ahora. No llegó a Obispo, claro -se la jugó-, pero se debió quedar más que ancho. Y salvó su conciencia, y la de otros muchos.

Tan fuerte era el tema, y tan al rojo estaba, que mons. J. Fenton, prestigioso director entonces de The American Ecclesiastical Review, llamado por el card. Octaviani para formar parte de la Comisión Teológica -tal era su categoría, que desbordaba no solo esas páginas tan suyas, sino también las fronteras de su país-, escribiría en su Diario, el 24-XII-1960: “Humanamente hablando no tenemos ninguna posibilidad de convertir a ninguno de los que se nos oponen”. Está hablando de lo que se encontró en Roma al llegar; y, al calcular con buen ojo las posibilidades de acercar a la verdadera Fe a muchos de sus colegas, para intentar revertir la situación, ve clara la imposibilidad: tal era la “fortaleza” del “enemigo”.

Mirando ya al Concilio, en octubre de 1962 escribirá un artículo donde afirma: Es posible que el Concilio no actúe con la plenitud de la prudencia sobrenatural. Es posible que, visto desde esta perspectiva, no tenga éxito” (“The American Ecclesiastical Review”, nº 4 (1962), p. 265). Como así fue.

Nota: todas las citas están sacadas de: Roberto Mattei, Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita, pp. 138-139. Biblioteca Homo Legens. Madrid, 2018.

 

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Bombazo: Johannes Wolf se incorpora a Adoración y Liberación con su sección “CONCILIO O REVOLUCIÓN”

Vicente Montesinos

 

 

 

 

Estoy en disposición de anunciarles que Johannes Wolf se incorpora a Adoración y Liberación con su sección “CONCILIO O REVOLUCIÓN”.

Un inédito, necesario e imprescindible blog del prestigioso autor, en exclusiva para Adoración y Liberación, que va a tratar la temática del Concilio Vaticano II, desde el convencimiento de nuestro erudito nuevo colaborador de la importancia, cada vez mayor, que tiene adentrarse en esa historia de la vida de la Iglesia.

Por supuesto, con una visión libre y veraz, alejada del “oficialismo”, que nos va a hacer entender muchas cosas.

Un paso de gigante de Adoración y Liberación en la lucha por la verdad, y en la incorporación de contenidos de altísima calidad para todos; especialmente para los fieles seguidores de Cristo.

¡Bienvenido, Johannes! ¡Todo un honor y un privilegio!

En breves horas, y en este 23 de junio de 2018, CONCILIO O REVOLUCIÓN se va a estrenar con su primer artículo, que no les va a dejar indiferentes.

¡Que empiece la función!

 

 

 

 

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