Monseñor Viganò, 105 años después de aquel 13 de octubre de 1917 en Fátima: “No ha habido país católico en Europa que no haya sido blanco del odio ideológico de la Masonería”

Queridos hermanos de Adoración y Liberación: Recibimos de su Excelencia, traducimos y les compartimos con gozo, este mensaje que Monseñor Viganò dirigió a los miembros del Comité Liberi in Veritate con motivo de la Semana de la Victoria. Santa lectura. Vicente Montesinos

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Un trece de octubre de hace ciento cinco años, ante millares de personas congregadas en la Cova de Iría, la Virgen Santísima concluyó la serie de apariciones de Fátima coronándolas con el célebre milagro del sol, mediante el cual prefiguraba el triunfo de su Corazón Inmaculado, como requisito previo a la restauración del Reinado Social de Nuestro Señor. Era el 13 de octubre de 1917, y apenas se iniciaba el bolchevismo . El mes anterior de febrero, aquella revolución que habría de llevar a la rotura social de la lucha de clases, la instauración de la dictadura del proletariado y un siglo de carestía, guerras y conflictos. El 13 de mayo del mismo año, Benedicto XV consagraba obispo al joven Eugenio Pacelli, que reinaría como pontífice entre 1939 y 1958. Los meses dedicados a la Virgen siempre auguran grandes bendiciones para sus hijos devotos.

 

Europa, atenazada por un lado por el comunismo materialista y por el otro del liberalismo masónico, encontró entonces en la Sede Apostólica un firme defensor de la verdad católica y la ley natural, en particular para hacer frente al materialismo ateo, y tutelar al mismo tiempo los legítimos derechos de los trabajadores, con frecuencia usurpados por sus patronos. Estos últimos, como buenos liberales de matriz protestante, no pensaban sino en el propio provecho, aunque ello supusiera turnos agotadores para los obreros, condiciones infrahumanas e trabajo, promiscuidad, empleo de menores y unas pésimas condiciones de higiene.

 

No es casual que ambos errores, comunismo y liberalismo, fuesen crueles e inhumanos en una medida directamente proporcional a su odio a la religión católica. Y tampoco es casual que las promesas de ambas plagas sociales, fundadas en el engaño de un utópico paraíso en la Tierra para la clase obrera o para la élite que se aprovecha de ella, resultan ser colosales estafas cuanto más tratan de implantar la libertad, igualdad y fraternidad que uno y otro aspiran a disociar artificialmente de la imprescindible condición que traen aparejada: fundarse en Dios y en sus santas leyes.

 

Al cabo de siglos de sangrienta lucha y tremendas persecuciones, deberíamos haber aprendido que no puede haber paz donde Cristo no es la piedra angular sobre la se levanta todo el edificio social, y que la desgracia más devastadora es que en que en la política rija el principio de la laicidad del Estado y la convivencia ciudadana rechace la moral.

 

También en el Portugal de inicios del siglo XX el Estado estaba dominado por la Masonería, que desde principios del XIX tramaba contra el orden cristiano. La mencionada secta dio comienzo a sus nefasta actuación con la ocupación francesa de Junot y Massena, que tenía por objeto acabar con la monarquía, hacer prisionero al rey legítimo y socavar el sólido equilibrio geopolítico basado en la relación de parentesco entre las casas reinantes. El primer ministro, marqués de Pombal, era iluminista y enemigo jurado de la Iglesia. Gracias a él, las fuerzas del enemigo lograron abrirse camino hasta la cúpula misma de las instituciones del Estado con la complicidad de la Masonería internacional y los grandes capitales, a los que fueron vendidos en almoneda los bienes de las órdenes religiosas. Por los mismos años, en México (1917) y más tarde en España (1931), estallaban revoluciones financiadas por la élite con los rasgos de una tiranía disfrazada de democracia y, como siempre, con la corrupción de los funcionarios públicos. En ese contexto, paralelamente a los desórdenes se difundía la crisis económica, se desplomaban los sueldos de los trabajadores y aumentaban desde fuera la presión de Inglaterra y desde adentro de las fuerzas disgregadoras del Partido Republicano portugués y la prensa subversiva. El 1º de febrero de 1908 fueron asesinados en Lisboa el rey Carlos I y el príncipe heredero Luis Felipe en un atentado organizado por carbonarios, que luego huirían a México y Francia. Subió al trono Manuel II, de dieciocho años, y ya desde abril del mismo año el Partido Republicano planeó la revolución contra la monarquía y encargó a Antonio José de Almeida la organización de sociedades secretas como la Carboneria y la Masonería, que atrajeron a sus filas a muchos integrantes del Ejército y la Marina. El 5 de octubre de 1910, Manuel II de Braganza fue derrocado por un golpe militar, y se nombró presidente a Joaquim Teófilo Braga, con un gabinete constituido por ministros masones. Braga declaró: «Los ministros del gobierno provisional, animados de un vivo sentimiento patriótico, siempre han intentado basar sus decisiones en las más altas y urgentes aspiraciones del viejo Partido Republicano con vistas a conciliar los intereses permanentes de la sociedad en el nuevo orden político».

 

A las profanaciones, sacrilegios, saqueos y destrucción de iglesias, conventos e instituciones católicas se añadieron leyes que suprimieron todas las órdenes y congregaciones religiosas, como es habitual bajo la dirección de las logias. En poco tiempo se legalizaron el divorcio y el matrimonio civil; se abolió el juramento religioso en los actos cívicos y se decretó la secularización del Estado, la abolición de los títulos nobiliarios y el derecho de huelga. Se autorizó la cremación de cadáveres. Se suprimió la asignatura de religión en los colegios y se prohibió el uso de sotana y hábito religioso. Se fijaron estrictas limitaciones al tañido de las campanas y se redujo el número de festividades religiosas, aunque fueran populares. El Gobierno se arrogó el nombramiento de enseñantes en los seminarios y de determinar sus programas docentes. Esta larga serie de leyes culminó en la separación de Iglesia y Estado, que se aprobó el 20 de abril de 1911. Y como prueba definitiva de la disolución cultural ya en acto, se simplificó la ortografía de la lengua portuguesa, como sucedió más tarde en Grecia en 1976 con la supresión de la kazarevusa para sustituirla por la demótiki o lengua popular.

 

No ha habido país católico en Europa que no haya sido blanco del odio ideológico de la Masonería. Ésa es la gran enemiga, la ramera babilónica de la que habla el Apocalipsis, «sentada sobre las grandes aguas, con quien han fornicado los reyes de la Tierra, y los moradores de la Tierra se embriagaron con el vino de su fornicación» (Ap.17,1-2). «Misterio: Babilonia la grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la Tierra» (íbid, 5), sentada sobre la bestia roja que tiene siete cabezas y diez cuernos «llena de nombres de blasfemia» (íbid.3). Nombres como laicidad del Estado, usura de la alta finanza askenazi, divorcio, derecho al aborto, eutanasia e ideologías de género y LGTB.

 

Y mientras en el Portugal en el que hasta hacía pocos años habían reinado reyes católicos se daban los primeros pasos del infernal Gran Reinicio que ya se llevaba a cabo en otras partes gracias a la corrupción de los gobernantes y su sujeción a la infame secta; mientras la prensa anticlerical se burlaba de tres pastorcitos intentando hacerlos pasar por farsantes q, más tarde por locos y finalmente por víctimas de engaños de los curas, en el brumoso cielo de Fátima, en campos empapados de lluvia y de fango se apareció la Madre del Salvador y Madre nuestra, Patrona y Reina de Portugal. Y para que las visiones y mensajes de la Virgen a los pequeños campesinos no siguieran puestas en duda, se dignó obrar el milagro del sol, obligando con ello hasta a los más incrédulos, los opositores que más se burlaban de la superstición clerical, a ver con sus propios ojos la danza del sol, que rasgó el cielo gris bajo el que todos —unos por devoción, otros por curiosidad y otros por la vana esperanza de desmontar los delirios de tres niños pastores ignorantes–, presenciaron el prodigio anunciado.

 

Nunca dejamos de maravillarnos, de quedar estupefactos por la perfección y la sencillez de la acción de Dios en la historia, acción que se cumple en la economía de la salvación, y también en las apariciones y milagros gracias a la Mujer rodeada de estrellas del Apocalipsis, la que en su santa humildad y su inmaculada virginidad dio a luz al Hijo de Dios encarnado para rescatar a las almas de la tiranía de Satanás.

 

La Virgen siempre desempeña una misión particularísima en el obrar de Dios, tanto en las alegrías y victorias como en las pruebas y dolores. Las intervenciones de la Virgen siempre remiten a Dios, a la Santísima Trinidad. Y así, también en la Cova de Iría la aparición de la hermosa Señora –discreta en la forma pero épica en la sustancia– fue acompañada de una admirable pedagogía mediante un espectáculo extraordinario de la naturaleza, obediente a su Creador cuando le manda que suspenda sus leyes. Así como en algunas representaciones antiguas vemos al Pantocrátor que tiene en sus manos la esfera del mundo, también a los fieles congregados bajo la lluvia debió de parecerles que el Señor mismo estaba haciendo gala del poder que hacía temblar a nuestros padres bajo la ley antigua, ese poder que el mundo considera muy osado porque deja al hombre, con sus pretensiones, derechos y absurdas reivindicaciones como lo que realmente es: criatura necesitada de Dios, de su Divina Providencia, su omnipotencia y su misericordia. Como ya supieron reconocer los millares de personas que se encontraban en Fátima el 13 de octubre de hace ciento cinco años, debemos ver en aquel sol reluciente el Sol invicto, Nuestro Señor Jesucristo, centro del cosmos por Él creado omnia per ipsum facta sunt, et sine ipso factum est nihil quod factum est (Jn 1, 3), y más aún centro de la Redención que pone al eje de la Tierra a rotar en torno a la Cruz: stat Crux, dum volvitur orbis.

 

Cristo Rey y Pontífice, que reúne en Sí la soberana potestad que deriva de ser Dios y de habernos rescatado con su propio sacrificio, es Rey por derecho divino, por derecho de herencia y por derecho de conquista. Cristo es Rey eucarístico, radiante en la Iglesia como en un ostensorio, como el sol en el cielo de Fátima y como el Cristo Juez del final de los tiempos.

 

Poco más de tres siglos antes, María Santísima, mediadora de todas las gracias, quiso implorar al Cielo la victoria de la armada cristiana contra los mahometanos el 7 de octubre de 1571. No era la primera vez que lo hacía, y lo seguirá haciendo a lo largo de la historia. Y siempre, junto a Ella, y gracias a Ella, su triunfo nos prepara el de su divino Hijo, que sabemos es seguro, deslumbrante y sin condiciones. Es la Reina de las Victorias, intrépida vencedora de la vieja Serpiente, tremenda triunfadora sobre la ramera de Babilonia que asediaba a los portugueses en 1917 igual que hoy y que cada vez más prepotente asedia al mundo occidental; «con la que han fornicado los reyes de la Tierra», los siervos de Davos, del Nuevo Orden Mundial, del globalismo.

 

¿Qué nos pide la Virgen? Las pocas palabras que dijo en las Bodas de Caná son diáfanas: «Haced lo que mi Hijo os diga» (Jn.2,5). En sus apariciones nos repite el mismo precepto, profundizando: penitencia, oración, rezo del Rosario, unión a la Pasión y al Sacrificio de Cristo como Cuerpo Místico suyo para completar en nuestra carne lo que falta a los padecimientos de Cristo (Col.1,24).

 

Como Madre sabia y atenta a nuestras necesidades que es, la Virgen nos advierte de los males que se ciernen sobre el mundo y sobre la Iglesia si no nos convertimos, si cada uno de nosotros no renuncia al mortífero veneno de las reivindicaciones revolucionarias que ha llegado a contagiarnos incluso a los católicos, a los tradicionalistas.

 

Queridos amigos: la Virgen Santísima es Madre nuestra del modo más íntimo y visceral que quepa imaginar, porque maternidad con relación a nosotros se funda en que somos hijos de Dios y herederos de Cristo. Por ser nuestra Madre, estamos seguros de que no dejará de hacer cuanto está en sus manos ante el Trono de Dios y con nosotros para salvar nuestras almas y hacernos santos, pues santos nos quiere su Hijo.

 

Y si Ella intervino cuando el peligro era tan grande e inminente, si bien limitado a algunas naciones, ¿cómo vamos a dudar que intervendrá más enérgicamente aún, con una protección aún más milagrosa, cuando el mundo entero está sumido en la apostasía y arrastra consigo la Jerarquía de la Iglesia?

 

El enemigo es siempre el mismo: la Masonería, al servicio de Satanás, organizadísima en su difusión y sus cómplices. Nuestro puntos flacos son siempre los mismos: el pecado, la tibieza, la debilidad ante ka seducción de la ramera «embriagada del vino de su fornicación». La furia de Satanás siempre se desencadena contra los mismos objetivos: la Iglesia de Cristo, la Santa Misa, la vida religiosa, la formación católica, la fe sencilla y profunda del pueblo, la pureza y el orden cristiano. Cierto es que en el solio pontificio tenemos a un adversario, ya no es nuestro guía y aliado. Pero ¿acaso no fue precisamente Nuestra Señora quien nos advirtió en Fátima de la apostasía y de los errores que se difundirían por el mundo y afectarían a la Iglesia si no consagrábamos a Rusia a su Corazón Inmaculado, y nos exhortó a la penitencia y la oración?

 

Hoy ya no existe aquella Rusia soviética, comunista y materialista. Sus errores se han propagado por el mundo entremezclados con los del liberalismo. La Santa Alianza que quería el Zar antes de la revolución bolchevique, precisamente para defender el orden cristiano y unir a los pueblos contra el enemigo común, puede servir hoy de inspiración para convocar la resistencia y oposición al Nuevo Orden Mundial.

 

Si observamos desde una perspectiva sobrenatural los sucesos que estamos presenciando, tenemos que reconocer que actualmente Rusia es la única entidad que combate la ramera mundialista, y precisamente por eso es blanco de los ataques y provocaciones del Estado profundo internacional, de la ira ideológica del Foro Económico Mundial, que ya casi ha culminado el golpe de estado subversivo con el que pretende instalar la dictadura sinárquica.

 

En estos tiempos de gran aprensión por la suerte que correrá la paz del mundo, mientras asistimos a las desastrosas consecuencias de la Agenda 2030 en la economía, el trabajo, el costo de la vida y nuestra propia salud física, tenemos que invocar a la Reina de las Victorias, la Mediadora de todas las gracias, a la que llamamos Reina de la Paz como Madre que es de Nuestro Señor, el Príncipe de la Paz.

 

Invoquémosla para que aleje de nosotros los castigos y catástrofes que merece el mundo por los pecados públicos de las naciones y los escándalos de quien rinde culto al inmundo ídolo de la Pachamama y persigue a los católicos fieles a la liturgia tradicional, a fin de que nos dé la paz que sólo su Hijo nos puede dar: pax Christi in Regno Christi.

 

En esta Semana de la Victoria os exhorto a dedicar más tiempo a la oración, a hacer penitencia y ayunar, a asistir con más fervor a los Santos Misterios, a proporcionar palabras de consuelo y ánimo a quienes se sientan solos e indefensos ante los grandes desastres que quieren imponer los malvados al mundo, sobre todo a los buenos.

 

El triunfo del Corazón Inmaculado de María está garantizado con la certeza de la victoria de Cristo, que se gloriará en derrotar este reino de tinieblas, pecado y muerte, no sólo en virtud de su obediencia a la voluntad del Padre, sino también gracias a la humildad y pureza de su Santísima Madre quæ superbissimum caput draconis a primo instanti immaculatæ suæ Conceptionis in sua humilitate contrivit (Exorcismo de León XIII). Así sea.

 

+ Carlo Maria Viganò, arzobispo

7 de octubre de 2022

Ss.mi Rosarii B.M.V.

 

 

 

 

 

 


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