Viganò a Michael Matt. La Sede Apostólica está ocupada por un enemigo de Cristo

En la Iglesia, la obediencia está ordenada a su fin último, que es la salvación de las almas en la unidad de la fe católica

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ENTREVISTA

de Michael J Matt para la Conferencia sobre la Identidad Católica

Pittsburgh, 2 de octubre de 2022

1. Muchos católicos creen hoy que la Santa Madre Iglesia está atravesando la peor crisis de la historia, superando incluso la de la herejía arriana. ¿Usted cree que es así?

No puedo decir si esta crisis es la peor que tendrá que afrontar la Iglesia de aquí al final de los tiempos; ciertamente es la peor hasta hoy, tanto por la devastadora proporción de la apostasía, como por la narcotización del clero inferior y de los fieles respecto a la Jerarquía. En otras ocasiones, la persecución fue más feroz, pero encontró resistencia en los obispos y oposición en los católicos, que podían mirar a la Sede de Pedro como un faro de la Verdad y un obstáculo para la instauración del reino del Anticristo. Hoy el katèchon ha desaparecido, al menos temporalmente, y la Sede Apostólica está ocupada por un enemigo declarado de la Iglesia de Cristo.

Nunca en la historia hemos asistido a una traición sistemática de la Fe, de la Moral, de la Liturgia y de la disciplina eclesiástica, favorecida e incluso promovida por la misma autoridad suprema de la Iglesia, con el silencio cómplice de la Jerarquía y con la aceptación acrítica de muchos de los clérigos y fieles. La gravedad de esta situación se ve agudizada por el hecho de que la labor disolvente de la Iglesia profunda avanza en sincronía con la acción subversiva del Estado profundoen las naciones, haciendo que los fieles católicos sean objeto de un doble ataque, como fieles y como ciudadanos.

Estas dos realidades, ahora indiscutibles, tienen en común el odio inextinguible de Satanás hacia Cristo, su Iglesia, su santa Ley y la civilización cristiana. Este engaño es tan evidente que ya no puede ser etiquetado como “teoría de la conspiración”.

Si lo pensamos bien, es inquietante que los protagonistas de este plan criminal -tanto en los gobiernos como en la Iglesia- provengan de ese ambiente radical chic en el que nació y creció desde los años sesenta el progresismo conciliar “católico”, el pacifismo, el ecologismo, el homosexualismo y todo el repertorio de la izquierda woke. Como ya he dicho, los obispos individuales y toda la Jerarquía de estas últimas décadas deberán responder ante Dios y la Historia por su complicidad en esta crisis, es más, por haber sido en cierto modo sus inspiradores y partidarios, abdicando del rol de la Iglesia como Domina Gentium.

 

2. ¿Qué convenció a Su Excelencia para adherir a la tradicional contrarrevolución católica?

¿Qué hijo asistiría impasible mirando la humillación de su madre, dejando que sus sirvientes la expongan a la infamia y al vituperio, la despojen de su triple corona y de sus vestiduras reales, roben sus joyas y vendan sus bienes, la obliguen a vivir con ladrones y prostitutas, incluso le quiten su título real y la abandonen a la degradación? ¿Y qué ciudadano de una nación gloriosa dejaría que fuera destruida por gobernantes traidores y funcionarios corruptos, sin tomar las armas para levantarse y restaurar el honor que le ha sido arrebatado?

Si esto es válido en el orden de la naturaleza, es aún más cierto y acuciante cuando se trata de la Santa Iglesia, asaltada por enemigos que la golpean no sólo en las cosas temporales. subastando iglesias, muebles y objetos sagrados -como siempre han hecho a lo largo de la historia-, sino incluso en sus bienes sobrenaturales, en los tesoros con que el Rey divino la ha dotado para la santificación de las almas, en las riquezas incorruptibles de su doctrina y liturgia. Ministros corruptos la han expuesto al escándalo, han adulterado su enseñanza, han dispersado su ejército y derribado los muros que la defendían de las incursiones del enemigo. Las almas que gracias a la Iglesia fueron protegidas y acompañadas en su viaje terrenal hacia la eternidad han sido alejadas y perdidas: almas por las que Nuestro Señor derramó su Sangre y que sus ministros infieles han abandonado y expulsado de los recintos sagrados.

Quedarse mirando el ultraje del que ha sido objeto nuestra Santa Madre Iglesia no es menos grave que haber estado en la multitud que presenció la Pasión y Crucifixión de Nuestro Señor, entre los gritos y escupitajos de los canallas; pues somos hijos de Dios como hijos de la Iglesia, que por los méritos de Jesucristo nos restaura en la Gracia y nos hace herederos del Reino de los Cielos.

Al principio, hace sesenta años, parecía que era la propia Iglesia -después de los trágicos acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial y los horrores de las dictaduras- la que quería casi despojarse de su pasado para atenuar de alguna manera el abismo entre lo que el mundo había llegado a ser y lo que ella seguía siendo. Esta expoliación parecía un gesto de indulgencia para la sociedad trastocada por las revoluciones y el fin de las monarquías católicas, en la onda de esa democracia que creíamos que podía ser cristiana, aunque sabíamos perfectamente que sus “valores” eran sustancialmente opuestos a la visión trascendente del poder, propia de la creencia católica. Pocos comprendíamos en aquellos años que la revolución conciliar había subvertido el orden divino y había derrocado el kosmos y arrojado a la Iglesia en el caos, dando espacio a la herejía y demoliendo la ortodoxia, aceptando la corrupción de las costumbres sustituyendo la virtud y la honestidad.

Este proceso subversivo -en latín evertere significa precisamente derrocar- llevó a la cima de la Jerarquía a quienes nunca debieron ser admitidos, y expulsó o marginó emblemáticamente a quienes hasta entonces eran estimados y respetados. Este fue el destino de tantos obispos e innumerables sacerdotes, clérigos, religiosos y religiosas, a los que se impuso la Revolución, presentándola como un “aggiornamento” que habría tenido que dar comienzo a esa “primavera conciliar” que anunciaba un nuevo renacimiento de la Fe en pueblos postrados por un siglo de sangrientos conflictos.

Muchos creyeron de buena fe que lo que el cardenal Suenens había presentado con entusiasmo como “el 1789 de la Iglesia” era sólo una fase transitoria de ajuste, de la que el cuerpo eclesial renacería más fuerte y consciente. No fue así, como sabemos y hemos constatado. La revolución conciliar no fue diferente de las que derrocaron reinos temporales y demolieron la sociedad cristiana: por el contrario, representa el cumplimiento necesario de un plan subversivo concebido por una mente diabólica que primero golpea el cuerpo mortal, pero que luego debe necesariamente golpear el alma inmortal, y para lograr este fin primero devasta la sociedad civil y luego continúa implacablemente contra la sociedad religiosa.

Desde el 13 de marzo de 2013 el tumor conciliar se ha convertido en una desastrosa metástasis. Como Obispo, como Sucesor de los Apóstoles, ante esta inmensa degradación y humillación de la Iglesia, tuve que levantar la voz y tomar una posición clara. Exhorto a mis hermanos a que despierten a su vez del letargo que los ha convertido en espectadores silenciosos de esta passio Ecclesiæ y en cómplices del Enemigo. ¡Levántense de sus sillas y griten desde los tejados la verdad! Y que los obispos llamados “conservadores” dejen de defender a ultranza el Concilio Vaticano II, que es la causa principal de esta matanza de almas que clama venganza al Cielo. Tomen partido antes de ser abatidos por la ruina común.

 

3. ¿Sigue celebrando ocasionalmente la Misa Nueva?

No, desde hace algunos años ya no celebro el Novus Ordo, y no veo cómo podría volver sobre mis pasos, aceptando celebrarlo aunque sea ocasionalmente.

Debo mi “conversión” a la Misa Apostólica y a mi particular amor por el venerable Rito Ambrosiano, porque encontré en él todo lo que durante décadas se le había quitado a mi Sacerdocio, privándolo de su fuente de doctrina, pero aún más de la espiritualidad y ascesis que sólo se puede encontrar en el Santo Sacrificio. En la Misa católica, el celebrante es alter Christusno sólo al ofrecer en la persona de Cristo Sumo Sacerdote la Víctima inmaculada a la Majestad del Padre, sino también al ser místicamente él mismo imagen de Cristo Víctima. En esta íntima unión con Nuestro Señor reside el alma misma del Sacerdocio, el principio vital del apostolado, la regula fidei de la predicación, el poder de la Gracia para la santificación de las almas. Y como sin Sacerdocio y sin Misa la Iglesia no puede subsistir, podemos comprender la feroz oposición a la Misa y al Sacerdocio tradicional por parte de los enemigos de Cristo, reconociendo la importancia de nuestra elección y la necesidad de permanecer fieles a este inestimable tesoro.

Volver al rito montiniano, después de haber recibido la Gracia de seguir al Señor en su camino del Calvario gracias a la Misa Tradicional, sería para mí una traición, que -a diferencia de los que no conocen este venerable rito- sería aún más grave.

Y aquí me gustaría recordar que la cuestión de la Misa antigua no se agota en una evaluación formal y, por así decir, racional. Representa el modo más perfecto con el que el Cuerpo Místico rinde culto a la Santísima Trinidad, pero también la voz con la que la Esposa se dirige al Esposo divino. Si en el orden natural una novia no puede concebir nada que disminuya su amor por el esposo, y de hecho considera una ofensa menospreciarlo o ponerlo al mismo nivel que los demás hombres, ¿con qué valor un alma sacerdotal enamorada de Dios debe tolerar que se retengan o nieguen las perfecciones del Esposo para no ofender a sus enemigos? La caridad no es tolerante, porque no conoce medida y no concibe compromisos. Hace apenas unos días, con motivo del enésimo panteón ecuménico en Kazajistán, Bergoglio denunció el fundamentalismo como dañino para el diálogo entre las religiones y la fraternidad universal: nada más ajeno a la Fe, nada más descaradamente coherente con el p

Aun comprendiendo la difícil posición de muchos de mis hermanos -obispos y sacerdotes-, no puedo dejar de exhortarles a que muestren una mayor coherencia en este sentido, abrazando la Misa antigua sin reservas y con verdadero espíritu sobrenatural, que constituye por sí sola el arma más poderosa contra la crisis que está atravesando la Iglesia: no se puede servir a dos señores.

 

4. ¿Es correcto decir que la Obediencia – como virtud natural (más que teologal) – debe estar ante todo al servicio de la Fe y que, como tal, obedecer a nuestros prelados modernistas en posiciones de autoridad podría ser pecaminoso?

La obediencia es una virtud natural, a la que se opone la desobediencia (por defecto) y el servilismo (por exceso). Pero la obediencia no se debe a todos, sino sólo a los que tienen autoridad, y dentro de los límites que legitiman el ejercicio de la misma. En la Iglesia, la obediencia está ordenada a su fin último, que es la salvación de las almas en la unidad de la fe católica. La autoridad instituida para custodiar la Fe no puede legislar en contra de ella, precisamente porque obtiene su poder de la misma fuente, a saber, Dios, el supremo Legislador, que no puede estar en contradicción consigo mismo. Obedecer una orden ilegítima para complacer a quien ejerce la autoridad corrompe la obediencia, que ya no es obediencia sino servilismo.

Además, querría hacer notar que quienes hoy pretenden obediencia ciega, pronta y absoluta de los fieles, son los mismos que, cuando la autoridad es ejercida por los buenos, se vuelven contra ella. Los que se burlan de todo el Magisterio en nombre del Concilio Vaticano II y del camino sinodal son los mismos que se rasgan las vestiduras frente a los que se niegan a aceptar la revolución permanente de Amoris lætitia y Traditionis Custodes. El problema, como vemos, radica en la crisis de la autoridad, que no acepta someterse -ella misma primero- a la autoridad suprema de Dios.

 

5. ¿Pero cómo responde usted a quienes señalan que Cristo fue obediente hasta la muerte, y que a eso estamos llamados todos?

Nuestro Señor no obedeció al Sanedrín, ni a los Sumos Sacerdotes, ni a los ancianos del pueblo, quienes le intimaron que no se declarara Hijo de Dios, y por ello le condenaron a muerte. Nuestro Señor obedeció al Padre al beber hasta las heces el amargo cáliz de la Pasión: non sicut ego volo, sed sicut tu [no se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres]. Esta es la verdadera virtud de la Obediencia, porque sigue las órdenes de la autoridad terrenal sólo si ésta actúa para los fines que la legitiman. Así como al Sanedrín no le correspondía cuestionar la divinidad de Cristo, sino que conociendo las Escrituras debería haber reconocido en Él al Mesías prometido, así también no le corresponde a la Jerarquía exigir obediencia en cuestiones que se oponen a la Fe o a la Moral. También nosotros, siguiendo el ejemplo de Cristo y fortalecidos por la advertencia de San Pedro, repetimos: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5, 29).

 

6. Francisco declaró que los tradicionalistas “rechazan el Vaticano II”. Dado que el papa Benedicto XVI dijo el 14 de febrero de 2013 que el Concilio había sido secuestrado por los medios de comunicación -haciendo así un daño incalculable a la Iglesia y “trivializando la liturgia”-, ¿no deberían todos los católicos “rechazar el Concilio” tal y como ha sido presentado al mundo, según Benedicto, por los medios de comunicación?

En primer lugar, hay que aclarar que la contribución de los medios de comunicación a la narrativa del Concilio es sólo parcial y marginal, en comparación con el valor evidentemente subversivo del Vaticano II, pretendido por sus redactores. No hay ningún “Concilio bueno” ficticio que habría sido “traicionado” por los modernistas: fue concebido en forma de impedir que fuera católico en esencia, disimulando las trampas que contenía (y que pronto se revelarían) detrás de la verborrea y de los conceptos equívocos. Si los medios de comunicación hubiesen secuestrado el Concilio en contra de la intención de los Padres y de los Papas que lo querían, ¿por qué motivo, frente a las reiteradas desviaciones de la prensa, ninguno de ellos reafirmó la doctrina católica? Si la banalización de la liturgia en el período postconciliar fue sólo culpa de los medios de comunicación, ¿por qué ningún obispo propuso nunca la celebración del Novus Ordo en continuidad con elVetus Ordo, sino que hizo propio las innovaciones del rito montiniano para promoverlo? Si la antigua liturgia no representaba ninguna amenaza para la nueva, ¿por qué esta despiadada persecución de los que querían seguir celebrando en la forma antigua?

En esto Bergoglio tiene toda la razón: los católicos que quieren permanecer fieles a la Tradición rechazan el Vaticano II precisamente porque es ajeno y opuesto a la Tradición, que es la norma de la fe. Y esto confirma no sólo la catolicidad de la liturgia tradicional, sino lo alejada que está la liturgia reformada respecto al desarrollo armónico que ha conocido el culto a lo largo de los siglos, de ahí su sustancial no catolicidad.

Por lo tanto, los católicos tienen no sólo el derecho, sino también el deber de pretender que la Iglesia rinda culto a la Santísima Trinidad de la manera más perfecta, y no con un rito espurio, concebido por mentes doctrinal y moralmente desviadas, pensado para complacer a los herejes y a menospreciar la Fe. No se trata de “inventar” una Liturgia que sea más católica que la del Novus Ordo, sino de reparar el gravísimo daño hecho a la Iglesia al suprimir un rito bimilenario para sustituirlo por una deplorable falsificación. Restaurar la liturgia católica y prohibir la liturgia reformada será un paso impostergable en la restauración de la Iglesia.

 

7. Parece al menos plausible que el papa Bergoglio haya sido instalado en la Cátedra de Pedro para socavar la teología del papado. Cuando criticamos a Francisco, ¿no estamos contribuyendo a esa misma agenda en lo que respecta al papado?

Quienes lograron que Bergoglio fuera elegido en el Cónclave de 2013 sabían perfectamente que el principal resultado de su instalación en el Trono de Pedro sería el descrédito del Papado y la humillación de la Iglesia católica, así como la difusión de herejías, errores morales y gravísimos escándalos. De hecho, es precisamente en su acción constante, en el despiadado goteo de los últimos diez años que el papado ha experimentado su más grave y poderoso asalto, llevado a cabo por el mismo hombre que le debe su autoridad sobre el cuerpo eclesial. Una acción externa no habría tenido los mismos resultados. También habría que decir que la renuncia de Benedicto XVI y el monstruo canónico que dio a luz por el “papado emérito” han asestado un golpe mortal a la Iglesia, haciendo posible el cumplimiento del plan contra ella de elegir a un Papa que secundara la agenda de la élite.

Criticar a Bergoglio por lo que está haciendo con la Iglesia no hace el juego a sus mandantes de la mafia de San Galo o de la élite masónica globalista que lo quería allí. La indignidad del argentino al Trono de Pedro es, por el contrario, un signo evidente de la acción premeditada y maliciosa de quienes saben bien que la forma más eficaz para demoler una institución consiste en la labor de desprestigio que realizan quienes ostentan la máxima autoridad en ella. No es diferente de lo que ocurre hoy en día en el ámbito civil, en el que toda la clase política y dirigente está corrompida y esclavizada a los intereses criminales de la misma élite anticristiana, que por un lado corrompe las almas con la propaganda LGBTQ+ y la teoría de género, y por otro se sirve de los obispos corruptos -como está ocurriendo en Bélgica con las “bendiciones” de las uniones homosexuales- para llevar las palabras de Bergoglio hasta sus últimas consecuencias, empezando por el “¿Quién soy yo para juzgar?”.

Me gustaría dejar bien en claro una implicación extremadamente grave (e inevitable) de esta progresiva legitimación de la doctrina LGBTQ+ y de la ideología de género en la vida de la Iglesia. Sabemos que el Magisterio de la Iglesia condena como “intrínsecamente perversos” los actos contra natura: son malos; quienes los cometen pecan gravemente y si no se arrepienten sus almas están destinadas a la condenación eterna. La Sagrada Escritura -el Antiguo y el Nuevo Testamento- lo dice inequívocamente. Por el contrario, las palabras de Bergoglio y los actos de sus cómplices están dirigidos a eliminar cualquier condena moral a la sodomía y a la práctica del cambio de sexo. ¿Pero qué pasará cuando, dentro de unos años, haya “fieles” transexuales que pidan ser admitidos a las Órdenes sagradas? No diré más: les dejo a ustedes la tarea de comprender el abismo que se abre ante nosotros.

A quienes luego se obstinan en distinguir entre lo que del “magisterio” de Bergoglio es vinculante y lo que no lo es, pienso que no es necesario reiterar que este planteamiento formal puede salvar tal vez la infalibilidad pontificia, pero ciertamente no la imagen de la Iglesia, y al mismo tiempo demuestra la totalajenidad de Bergoglio al papado: es percibida instintivamente incluso por los simples fieles como el rechazo de un órgano trasplantado a un organismo que no lo reconoce como propio. El sensus fidei les hace comprender lo que el análisis de sus declaraciones heréticas confirma al teólogo o al canonista. El famoso “Buenas noches” desde el balcón de la Logia de San Pedro el 13 de marzo de 2013 representa el compendio de esta alienación insanable.

 

8. Usted ha obtenido el reconocimiento internacional por hablar en contra del Gran Reinicio. ¿Qué les responde a sus críticos que afirman que usted se dedica a las teorías de la conspiración y que debería limitarse a rezar y callarse?

Yo rezo mis oraciones de todos modos, y no veo ninguna razón por la que deba faltar a mi deber como Obispo y Sucesor de los Apóstoles guardando silencio sobre asuntos que están estrechamente conectados y complementarios. Mientras mis críticas se dirigían al encubrimiento de los escándalos del ex cardenal McCarrick o a las desviaciones doctrinales del Vaticano II, la etiqueta de lefebvriano era suficiente para demonizarme ante los fieles; pero desde que señalé la coherencia entre el golpe global perpetrado por el Estado profundo con la emergencia pandémica primero y la energética después, y el acto no menos subversivo de la elección de Bergoglio organizado por la Iglesia profunda, se añadió invariablemente también la etiqueta de teórico de la conspiración para desacreditarme frente a las personas que escuchan mis palabras. El riesgo, según ellos, es el mismo: que haya alguien que empiece a pensar por sí mismo y se dé cuenta de que ha sido víctima de un fraude colosal, en detrimento de la vida material con la Agenda de Davos, y en detrimento de la vida espiritual con el Vaticano II y la Agenda de Bergoglio.

También me gustaría entender por qué deberían ser consideradas “teorías de la conspiración” los planes subversivos de las organizaciones privadas supranacionales -verdaderas mafias organizadas y arraigadas en los ganglios del poder- que son anunciados por sus mismos autores con mucha antelación y que representan el cumplimiento de los delirios distópicos de la secta masónica. Si la mafia declara públicamente que quiere exterminar a una parte de la población, y yo veo que se organiza para hacerlo, y soy testigo de la ejecución de ese proyecto de exterminio exactamente como se anuncia, no soy yo quien inventa teorías conspirativas, sino la mafia que se siente tan segura de su éxito que ni siquiera debe ocultarlo, o más bien que presume de poder convencernos -considerándonos inferiores- de que nuestro exterminio es deseable y bueno. En realidad, lo mismo ocurre con la ideología verde de matriz neomaltusiana, que considera al ser humano como un parásito del planeta: las decisiones tomadas por la ONU, la Unión Europea y los gobiernos individuales se basan en el falso pretexto del calentamiento global para legitimar la descarbonización y la introducción forzada de las llamadas energías sostenibles. Pero ésta es precisamente una mentira, una excusa para forzar a las masas a someterse a un control total y para garantizar a la elite poder y ganancias desproporcionadas. Y si lo pensamos bien, incluso los autores del Concilio indicaron como falso pretexto la modernización de la Iglesia, cuando el objetivo inconfesable era más bien su destrucción.

El Estado profundo y la Iglesia profunda son dos caras de la misma falsa moneda, porque ambos responden a la misma mente infernal que odia a Dios tanto en la Creación como en la Redención, y que se ensaña tanto contra la vida del cuerpo como contra la del alma. El sistema, incluso en su delirio satánico, ha demostrado que puede funcionar mientras la gente permanezca aislada y abandonada a sí misma. Por el contrario, la constatación de que no están solos y que comparten la misma visión del mundo y la misma fe abre los ojos a muchos, les da valor y fuerza para oponerse, expone públicamente el engaño y galvaniza la resistencia. Esto vale tanto en el ámbito civil como en el eclesial: no es casualidad que la farsa de la pandemia haya unido al Estado profundo y a la Iglesia profunda en una narrativa surrealista y criminal que ha escandalizado a ciudadanos y fieles por igual.

En consecuencia: si hay una conspiración, ¿por qué debería permanecer en silencio? Y si no lo hay, ¿por qué se preocupan tanto por las palabras de un anciano arzobispo?

 

9. ¿Puede decirnos algo sobre el rol de nuestra Reina y del Santo Rosario en esta época de convulsión, en la que muchos podrían perder el acceso incluso a la Misa misma?

Esta entrevista concluye con una referencia a María Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, la Todopoderosa por gracia. En esta lucha epocal entre la Mujer y la antigua Serpiente, el Santo Rosario es el arma más poderosa con la que debemos contribuir como milites Christi, en virtud de la Confirmación que hemos recibido.

Muchos de ustedes tienen hambre de Verdad y sed de santidad, bienes eternos que pone a nuestra disposición el Santo Sacrificio de la Misa que han podido saborear gracias a la resistencia de algunos Prelados y clérigos y a la providencial decisión de Benedicto XVI con Summorum Pontificum. Otros no saben a lo que renuncian porque este tesoro espiritual les ha sido ocultado y sustraído durante demasiado tiempo, pero si lo descubrieran no podrían prescindir de él. Por lo tanto, es nuestro deber, como católicos y miembros vivos del Cuerpo Místico, exigir la restitutio in integrum de la Misa apostólica, y es deber de la autoridad no sólo concederla como un privilegio, sino reconocerles su pleno y exclusivo derecho de ciudadanía en la Iglesia.

Pero para que acontezca eso todos debemos hacernos dignos de esta gracia con una vida de santidad y un testimonio valiente de la Fe en la que hemos sido bautizados. Serán la práctica de las virtudes y el rezo constante del Santo Rosario lo que nos fortalezca en este camino y mueva nuestra Advocación a la compasión, para que en la restauración del culto público de la Iglesia de Cristo podamos ver un anticipo de la gloria eterna que nos está preparada.

 

 

 

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1 comentario
  1. José says

    Ojalá tuvieramos un Pontífice como Mons. Viganó o Mons. Schneider.

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