Octubre: Milicia de María y el Arma del Santo Rosario (I) Lepanto. Por Daniel Ponce Alegre

Debemos reivindicar y venerar al verdadero San Francisco de Asís

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Daniel Ponce Alegre
Teólogo – Pontificio Instituto Bíblico y Oriental

 

 

En el momento de empezar a escribir estas líneas acabo de celebrar con mis hermanos de la Milicia Inmaculada la Solemnidad de San Francisco, Fundador de la Orden Franciscana y Evangelizador en tierras mahometanas, y es el día 6 de octubre, San Bruno, Fundador de la Orden Monástico – Eremítica de la Cartuja (S.XI) que fue asentándose en Hispania  tras la Reconquista y Liberación del yugo islámico.

El movimiento Oficio Hispánico recoge lo tratado y paso a publicarlo:

 

 

”San Francisco, el seráfico, el austero, el penitente, el sacrificado, el despojado y pobre de elección por Cristo, tenía  la cabeza ya en la Trascendencia Divina y seguía luchando con el Diablo por la Fe, las almas y su salvación. Algunos lo ven como un estulto hippie panteísta, ecologista, desvirilizado y cretinizado. Un autor de aforismos de moralina descafeinada para la nueva era…Sonriente y estúpido.
El Diablo, que no lo pudo vencer en vida terrena, se vengó a su manera y perpetró en Asís las aberraciones idolátricas indeferentistas conciliares y degeneró su noble imagen, sometiéndola a la corrección político-neoreligiosa postconciliar.
Hay que sobreponerse a estos relatos destructivos y a esos ejemplos emblemáticos diabólicos con toda la fuerza.

 

 

 

 

Debemos reivindicar y venerar al verdadero San Francisco de Asís:

 

 

 

San Francisco frente al Islam y la Perfidia… ¡ Este es el verdadero espíritu de Asís !.
En torno a 1219, después del Capítulo General de la Orden, San Francisco decidió emprender una misión dirigida a los mahometanos de Egipto, cuando también se estaba llevando a cabo una Cruzada.
Durante un tiempo, se quedó San Francisco con la Armada Cristiana, y después se dirigió a líneas musulmanas.
Una vez fuera de la protección de los soldados cristianos fue hecho prisionero por los soldados musulmanes. Francisco dijo a estos soldados que deseaba predicar a Jesucristo ante el Sultán, que le permitió penetrar en su campamento.
Cuando le presentaron ante el Sultán, San Francisco dijo:
“Soy enviado por el Altísimo Dios para enseñarte a ti y a tu pueblo el camino de la Salvación anunciándote las verdades del Evangelio.”
Cuando San Francisco habló, el Sultán se sintió muy atraído por la fuerza de sus palabras, dada por Cristo Jesús sin duda. Tanto le atrajo que invitó a San Francisco a quedarse con él.
“Lo haré voluntariamente,” replicó San Francisco, “si tú y tu pueblo os convertís a Cristo.”
A continuación, San Francisco lanzó su famoso desafío diciendo:
“Si aún dudas entre Cristo y Mahoma, ordena que enciendan un fuego y yo entraré en él con tus sacerdotes para que puedas ver cuál es la Verdadera Fe”.

 

 

El Sultán no estaba dispuesto a permitir este juicio del fuego, así que San Francisco pidió permiso para partir.
El Sultán ordenó que fuese escoltado con cortesía hasta su campamento.
Mientras esto estaba sucediendo en Egipto, había cinco apasionados frailes franciscanos que estaban levantando una polvareda tan grande en el Marruecos que fueron condenados a muerte. Sus nombres son: hermanos Bernardo, Ortho, Pietro, Accurso y Aduto.
Primero habían ido a Hispania, a la musulmana Sevilla (Al Andalus) y por intentar predicar el Evangelio allí, fueron azotados, encerrados en prisión y expulsados de aquel reino.

 

 

Entonces fueron a Marruecos para intentar convertir a los infieles. Cuando llegaron no se conformaron con predicar en las calles, sino que fueron a la mezquita y desde dentro de la propia mezquita denunciaron a Mahoma.
Los frailes fueron detenidos, encerrados y azotados, pero todo esto no hizo disminuir su celo.
Mientras estaban en la prisión intentaron una y otra vez convertir a sus guardianes.
Los gobernantes de Marruecos trataron de encontrar una salida diplomática a esta situación y arreglaron las cosas para que estos apasionados frailes fueran expulsados del país.
¿Cómo respondieron los cinco frailes  franciscanos?
El Padre Cuthbert lo describe así:
“Los cinco no entendían nada de diplomacia y no tenían un temperamento que les llevara a vivir y dejar vivir. A sus ojos, Mahoma era enemigo de Cristo y las almas de este pueblo eran legítimos deshechos para su Divino Redentor. Abandonar su Misión sería ser un traidor y un  abandono a la fidelidad debida a su Salvador.”
En la primera oportunidad que tuvieron se escaparon de sus guardianes. Inmediatamente regresaron a la ciudad y frente a la mezquita animaban a los fieles a renunciar a Mahoma y aceptar a Cristo.
Fueron apresados, encerrados en la cárcel y torturados.
Mientras estaban sufriendo los tormentos, los carceleros prometían a los frailes que se les dejaría con vida y se les entregarían regalos si renunciaban a Cristo y aceptaban a Mahoma.
Los frailes respondían con alabanzas a Nuestro Señor Jesucristo y metían prisa a sus torturadores para que renunciaran a Mahoma y aceptaran a Jesucristo.
Los musulmanes respondieron cortando la cabeza a cada fraile y arrojando sus cuerpos fuera de las murallas para que fueran devorados por los perros. Un dignatario portugués (hispano católico) organizó una operación en secreto para rescatar los cuerpos de los frailes.
Estos se llevaron a Portugal, donde, con gran reverencia, fueron colocados en la Iglesia de los Canónigos Regulares (Agustinos) en Coimbra.

 

 

Entre todas las personas que acudieron a honrar y rezar a los mártires franciscanos, había un joven canónigo que se sintió arrebatado por el celo y el amor a Cristo que ardía en esos frailes. Salió en busca de un convento franciscano y suplicó ser admitido en la Orden.
A este joven agustino, que se convirtió en franciscano, le conocemos ahora por el nombre de San Antonio de Padua, el Hacedor de Milagros, a quien los católicos honran con el título:
Martillo de Herejes.
En cuanto a San Francisco, ¿Qué pensó de estos cinco frailes que entraron en una mezquita y denunciaron a Mahoma desde dentro del lugar sagrado de los propios musulmanes, que apremiaron a los mismos musulmanes para que por su propia salvación no siguieran al falso profeta Mahoma? ¿Organizaría el siguiente 12 de marzo una gran disculpa por la falta de sensibilidad de sus frailes por no comprender que los “musulmanes, junto con nosotros, adoramos al mismo Dios”? ¡No!
San Francisco gritaría en un arrebato de gratitud al Cielo:
“Ahora puedo en verdad decir que tengo cinco hermanos.”

 

 

 

 

 


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