Hoy es un buen día para que entiendas bien el Dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María

El Rvdo. Padre Don Francisco Vegara nos trae esta sencilla y brillante explicación. ¡Santa Lectura! ¡Comparte! ¡Y santo día de la Inmaculada Concepción de Nuestra Santísima Virgen María, Patrona de España!

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Rvdo. P. Francisco Vegara

Adoración y Liberación

 

 

Si san Pablo dice: «Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios» (Rm 3, 23), y también: «Dios nos encerró a todos en el pecado, para tener misericordia de todos» (Rm 11, 32), ¿cómo se puede mantener el dogma de la inmaculada concepción de María, que parece contradecir frontalmente la Escritura?

Ante todo, la expresión de la segunda cita: «nos encerró», no se puede entender en el sentido de que Dios fuerce nuestra libertad, y así se haga responsable del pecado, sino en el de que sabía que existía una altísima probabilidad de pecado, y así estaba dispuesto a asumirla; pero las dos citas no se quedan en la mera probabilidad, sino que claramente expresan el hecho del pecado como algo que afecta a todos los hombres; eso, sin embargo, queda negado, en su sentido estricto, por otra cita, que dice: «(Jesús) ha sido probado en todo, como nosotros, excepto en el pecado» (Hb 4, 15); por tanto, como Jesús es también hombre, pero está libre de pecado, hay que entender las anteriores afirmaciones de san Pablo en un sentido generalista y no matemáticamente estricto, como si numéricamente todos los hombres fueran pecadores, ya que hay uno, al menos, que no lo es; ahora bien, donde entra una excepción, también puede entrar una segunda muy relacionada con la primera, y sería la de María: madre de Jesús, pues, para que el cuerpo de Jesús: persona divina, no tuviera contacto alguno con el pecado, pues la santidad divina es incompatible con la más mínima mácula, el cuerpo en el que aquél se formó, debía ser inmaculado; ¿se sigue entonces que las primeras citas no son exactas?: tampoco es eso, porque una inexactitud pretendida supone mentira, y la palabra de Dios no puede mentir.

 

Si san Pablo dice: «Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios» (Rm 3, 23), y también: «Dios nos encerró a todos en el pecado, para tener misericordia de todos» (Rm 11, 32), ¿cómo se puede mantener el dogma de la inmaculada concepción de María, que parece contradecir frontalmente la Escritura?

 

Mi explicación parte de que Dios, para salvaguardar la perfección de sus obras reales, donde entra la salvación, en cuanto que nos procura una relación real con Dios, precisa, al menos, una respuesta perfecta, es decir: exenta de todo pecado e imperfección; esa respuesta permitirá que el mismo ofrecimiento sea hecho a otros sujetos, quienes podrían no dar una respuesta tan perfecta; pero, para que la relación salvífica se pueda dar como obra divina y, por ende, perfecta, hace falta, al menos, un caso en que la respuesta del receptor también sea perfecta, y permita el cumplimiento perfecto del proceso salvífico; por supuesto, tal caso es justo el de María.

La clave entonces, para encajar las citas paulinas, reside en que esta respuesta no fue la primera demandada por Dios, sino que tal respuesta fue la frustrada por Eva; así ya se puede entender que desde ese rechazo todo queda marcado por el pecado; de ahí que se hable de pecado original en un sentido universal; sin embargo, precisamente de ese pecado se dice que María quedó exenta, lo que es cierto, si se entiende de modo personal, ya que ella, a diferencia de todas las demás criaturas, no tuvo ninguna imperfección en su respuesta, sino que fue ella la que dio la respuesta que Dios precisaba; ahora bien, María también estaba incluida en el «todos» al que se dirige la misericordia de Dios, ya que sin esta misericordia que asumiera el primer rechazo, no habría habido ningún ofrecimiento salvífico más, ni siquiera el de María, la cual, por supuesto, aun habiendo respondido perfectamente, podría haberlo hecho también negativamente; por eso, dada la conexión general de María con el pecado, ella aparece en el Calvario junto al propio Hijo, quien obviamente tampoco tenía ningún pecado, pero asumió el de todos, para redimirlo, expresando la misericordia de Dios para con todos.

De este modo se logra encajar todo, en algún sentido, que es lo que la Escritura exige: ser verdadera, al menos, en un sentido, y ese sentido es el que sigue al hecho de que el primer ofrecimiento salvífico de Dios fue frustrado, lo que significa que en estricta justicia ante Dios ya no se debería haber producido ningún ofrecimiento más, sino que todos los demás ya tuvieron como base la misericordia; por eso también María brota de la misericordia, y en ese sentido estuvo encerrada en el pecado: no ninguno personal sino el pecado que agotó la estricta justicia de Dios, y que a María la afectó, no tampoco porque la marcara personalmente, sino porque exigió también para ella la misericordia de Dios; de ahí también que se pueda decir, en un sentido, que María estaba privada de la gloria de Dios: el sentido de que nuevamente por la frustración del primer ofrecimiento: el único que habría generado mérito en estricta justicia, tal gloria quedó cerrada por el camino de la justicia, incluso para María, la cual solamente obtuvo derecho por pura misericordia.

Creo que desde aquí se logra aclarar algo una de las frases más enigmáticas de la Escritura, pues incluso gramaticalmente está mal construida, por carecer de verbo principal, y quedarse en una mera concatenación de periodos subordinados; me refiero a Romanos 5, 12 y siguientes: «Como por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte alcanzó a todos los hombres, pues todos pecaron…» Obviamente no todos los hombres pecaron, sino que hay que exceptuar al «hombre Jesucristo» (cf. v 15), de quien viene la gracia; sin embargo, el mismo san Pablo dice en otro lugar: «Al que no había conocido el pecado, (Dios) lo hizo pecado por nosotros» (2Co 5, 21); entonces queda claro que, si, aun no habiendo pecado personalmente, Cristo fue hecho pecado, ya se puede vislumbrar el sentido de la verdad de la afirmación de que «todos pecaron», en cuanto que hasta el que no había pecado personalmente, fue tratado como pecador; eso mismo se puede entonces decir de María, la cual apareció como la madre del pecador, y así como corresponsable de algún modo, aunque tampoco ella hubiera pecado personalmente.

Para entender en qué sentido Cristo fue hecho pecado, hay que explicar que la redención obrada por Cristo no consiste en producir nada en Dios, pues nada externo puede influir realmente en Dios, y así Cristo no logró armonizar mediante la propia pasión la justicia y la misericordia divinas, como si éstas necesitaran una armonización externa, sino que vino a expresar y manifestar la realidad interna de Dios, esto es: cómo la justicia y la misericordia están armonizadas en él, por ser idénticas, en cuanto que la justicia salvadora de Dios es la misma misericordia que indica que Dios está dispuesto a asumir el rechazo del propio ofrecimiento salvífico al hombre, lo que es perfectamente lógico, ya que el cumplimiento de tal ofrecimiento no es necesario, pues necesario sólo es Dios mismo, sino posible, y toda posibilidad supone dos sentidos: el positivo y el negativo; así se puede afirmar que Dios, ofreciendo la salvación a un ser posible: el hombre, se arriesga a recibir la negativa; esto sólo, por lo que supone la negativa de un ofrecimiento de Dios, ya podría exigir la inviabilidad de tal ofrecimiento, en caso de que Dios no tuviera la humildad de arriesgarse a encajar la negativa; pero no sólo se produce esa asimilación, sino que además Dios está dispuesto, incluso después de la primera negativa, que ya produce la frustración, de hecho, del ofrecimiento divino, a seguir planteando a otras personas el mismo ofrecimiento; ahora bien, la primera frustración produce un cambio radical, pues el primer ofrecimiento aún se puede dar en un plano de cierta justicia, por cuanto no hay ningún demérito en el receptor; sin embargo, frustrado el primer ofrecimiento, ya aparece un claro demérito.

Se dirá que ese demérito sólo afecta a la persona responsable; pero eso no es cierto, pues tal persona debería haber dado la respuesta perfecta que Dios precisa, para extender el ofrecimiento a otras personas; por tanto, aparecido el primer demérito, la justicia estricta exige que se retire todo ofrecimiento, cuando además ese demérito no puede ser compensado de ninguna manera, ni satisfecha la justicia vindicativa, que exige un castigo proporcionado para la persona responsable, la cual por el mismo rechazo no llega a ser nunca real ante Dios, ni así puede cargar con ningún verdadero castigo; entonces, si sigue habiendo algún ofrecimiento más, ya no es por razón de justicia sino de misericordia: la misericordia de Dios, que lo lleva a asumir cualquier negativa, y a seguir, empero, manteniendo el ofrecimiento a otras personas; pero, en caso de que alguna acepte, la justicia exige que, ya que la anterior persona no pudo reparar el propio demérito, sea la nueva la que lo haga, ¿y no es injusto que el inocente pague por el culpable?: no, si, agotado el camino de la justicia estricta, la nueva persona recibe el ofrecimiento por pura misericordia, mas una misericordia que en Dios coincide con la justicia, en cuanto que exige se exprese y repare la primera negativa, ¿y cómo va a expresar y reparar la nueva persona una negativa que no ha producido ella?: uniéndose a la expresión que de esa negativa y de otras muchas y también de las imperfecciones de las respuestas de las demás personas realiza por parte Dios el único que puede hacerla: Cristo.

Ya tenemos, en definitiva, el sentido de la redención obrada por Cristo, y de la intervención de María junto a él, pues la redención entonces no es sino la expresión de cómo a Dios le afectan las negativas y resistencias humanas a su ofrecimiento salvífico, lo que sólo puede ser expresado por una persona divina, mientras que la intervención de María se limita a expresar cómo quien ha aceptado el ofrecimiento, y así consigue ser real ante Dios, participa en su mismo dolor: un dolor que sólo se puede cumplir temporalmente y de modo creado, por cuanto en la eternidad increada de Dios no es posible más que la felicidad, hasta el punto de que lo que temporalmente supone dolor, en la eternidad es sólo motivo de gozo, por expresar el amor insondable de Dios, que asume la humillación de las negativas y las resistencias humanas; ése es el sentido en que Cristo y María asumen las consecuencias del pecado, y en el que ambos pueden ser englobados dentro de un pecado que desde la primera negativa ya lo abarca todo, de alguna forma; además es bien sabido que la Escritura, muchas veces, no distingue entre causa y consecuencias, y así hace a Cristo pecador por el sólo hecho de que carga con el pecado, y expresa la magnitud de la malicia de éste ante Dios.

 

 

 

 

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