Noviembre: Mes dedicado a las Almas del Purgatorio (8): Niveles del Purgatorio

Revelaciones a Santa Brígida

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Revelaciones a Santa Brígida

 

Sobre las tinieblas está la mayor pena del purgatorio que las almas pueden sufrir. Y más allá de este lugar hay otro, donde se sufre la pena menor, que solamente consiste en falta de fuerzas, de hermosura, y de otras cosas semejantes, como si uno después de una grave enfermedad estuviera convaleciente con falta de fuerzas, y de todo lo que suele acompañar a este estado de debilidad, hasta que poco a poco va volviendo en sí.

Otro lugar hay superior a esos dos, donde no se padece otra pena, sino la del deseo de ver a Dios y gozarle. Y para que mejor lo entiendas, te voy a poner el ejemplo de un poco de metal, que ardiese y se mezclase con oro en un fuego muy encendido, hasta que se viniese a consumir todo el metal y quedara el oro puro. Cuanto más fuerte y denso fuera el metal, tanto más recio debería ser el fuego que se necesitase para apartar el oro y consumir el metal. Viendo el artífice el oro purificado y derretido como agua, lo echa en otra parte donde toma su verdadera forma a la vista y al tacto, y luego lo saca de allí y lo pone en otro lugar para darlo a su dueño.

Los mismo sucede en esta purificación espiritual. En el primer lugar colocado sobre las tinieblas del infierno, es donde se sufre la mayor pena del purgatorio, y en el cual viste padecer a aquella alma. Allí hay al modo de venenosas sabandijas y animales feroces; hay calor y frío; hay confusión y tinieblas procedentes de las penas del infierno, y unas almas tienen allí mayor pena y tormento que otras, según que tenían hecha mayor o menor satisfacción de sus pecados cuando salieron del cuerpo. Luego la justicia de Dios saca al alma a otros lugares, donde no hay sino falta de fuerzas, en los cuales están detenidas hasta tener refrigerio y ayuda, o de sus amigos particulares, o de los sacrificios y continuas buenas obras de la santa Iglesia; pues el alma que mayores auxilios tiene, más pronto convalece y se libra de este lugar. Desde allí va el alma al tercero, donde no hay más pena que el deseo de llegar a la presencia de Dios, y de gozar de su visión beatífica. En este lugar residen otros muchos y por bastante tiempo, entre los que se encuentran aquellos que, mientras vivieron en el mundo, no tuvieron perfecto deseo de llegar a la presencia de Dios y a gozar de su vista.

 

 

 

 

Advierte también que muchos mueren en el mundo tan justos y tan inocentes, que al momento llegan a la presencia de Dios y le gozan; y otros mueren también después de haber satisfecho sus pecados, de modo que sus almas no sienten pena alguna. Pero son pocos los que no vienen al lugar donde se padece la pena del deseo de ir a Dios. Las almas que están en estos tres lugares participan de las oraciones y buenas obras de la santa Iglesia, que se hacen en el mundo; principalmente de las que ellas hicieron mientras vivieron, y de las que sus amigos hacen por ellos después de muertos. Y como los pecados son de muchas clases y diversos, así también son diferentes las penas; y como el hambriento se huelga con la comida, y el sediento con la bebida, el desnudo con el vestido y el enfermo con la cama y descanso, así las almas se huelgan y participan de lo que por ellas se hace en el mundo.

¡Bendito de Dios sea, prosiguió el ángel, el que en el mundo ayuda las almas con sus oraciones y con el trabajo de su cuerpo! Pues no puede mentir la justicia de Dios que dice, que las almas, o han de purificarse después de la muerte con la pena del purgatorio, o han de ser ayudadas con las obras buenas de sus amigos y de la Iglesia, para que salgan más presto. Después de esto, se oyeron muchas voces desde el purgatorio que decían: Señor mío Jesucristo, justo Juez, envía tu amor a los que tienen potestad espiritual en el mundo, y entonces podremos participar más que ahora de su canto, lección y oblación.

 

Encima de donde salían estos clamores había como una casa, en la cual se oían muchas voces que decían: ¡Dios se lo pague a aquellos que nos ayudan y suplen nuestras faltas. En la misma casa parecía nacer la aurora, y debajo de ésta apareció una nube que no participaba de la claridad de la aurora, de la cual salió una gran voz que dijo: Oh Señor Dios, da de tu incomprensible poder ciento por uno a todos los que en el mundo nos ayudan y nos elevan con sus buenas obras, para que veamos la luz de tu Divinidad, y gocemos de tu presencia y divino rostro.

Aquella alma, dice el ángel a santa Brígida, que viste y oíste sentenciar, está en la más grave pena del purgatorio. Y esto lo ha ordenado Dios así, porque presumía mucho de discreto e inteligente en cosas de mundo y de su cuerpo; pero de las espirituales y de su alma no hacía caso, porque estaba muy olvidado de lo que debía a Dios y lo menospreciaba. Por eso su alma padece el ardor del fuego y tiembla de frío; las tinieblas la tienen ciega, y la horrible vista de los demonios temerosa, y la vocería y clamoreo de los demonios la tienen sorda, interiormente padece hambre y sed, y exteriormente se halla vestida de confusión y vergüenza.

Pero después que murió le ha concedido Dios una merced, y es que no la atormenten ni toquen los demonios, porque solo la honra de Dios perdonó graves injurias a sus mayores enemigos, e hizo amistades con uno cuya enemistad era de muerte. Todo el bien que hizo y todo lo que prometió y dio de los bienes bien adquiridos, y principalmente las oraciones de los amigos de Dios, disminuyen y alivian su pena, según está determinado por la justicia de Dios. Pero en cuanto a lo que dio de los otros bienes no bien adquiridos, aprovecha en particular a los que justamente los poseían antes, o les aprovecha en su cuerpo, si son dignos de ello, según la disposición de Dios.

Ya has oído, le dice el ángel a santa Brígida, cómo por los ruegos de los amigos de Dios tuvo antes de morir aquella alma contrición de sus pecados, nacida del amor de Dios, la cual contrición la libró del infierno. Así, pues, la justicia de Dios lo sentenció a que ardiese en el purgatorio por seis períodos de tiempo, como los que él había vivido, desde que a sabiendas cometió el primer pecado mortal hasta el momento en que por amor de Dios se arrepintió con fruto, a no ser que recibiese auxilio del mundo y de los amigos de Dios.

El primer período se comprende aquel en que no amó a Dios por su divina pasión y muerte, y por las muchas tribulaciones que el Señor sufrió solamente por la salud de las almas. El segundo es el que no amó su alma como debería hacerlo un cristiano, ni daba gracias a Dios por haber recibido el bautismo, y porque no era judío ni pagano. El tercero abrazó aquel en que sabiendo bien lo que Dios había mandado, tuvo poco deseo de hacerlo. El cuarto aquel en que sabía bien lo que Dios había prohibido a los que quisiesen ir al cielo, atrevidamente hizo eso mismo que le estaba vedado, dejándose llevar de su afecto carnal y desoyendo la voz de su conciencia. El quinto fue aquel en que no usó de la gracia que se le ofrecía, ni de la confesión, como pertenecía a su estado, teniendo tanto tiempo para ello.

Y el sexto comprende aquel en que recibía con poca frecuencia el cuerpo de Jesucristo por no dejar de pecar, ni tuvo caridad al recibirlo sino al final de su vida. Vio luego santa Brígida un hombre modesto con vestiduras blancas y resplandecientes a modo de sacerdote, ceñido con una faja de lino y con una estola encarnada al cuello y por debajo de los brazos, el cual le dijo a santa Brígida: Tú, que esto estás viendo, advierte y retén en la memoria lo que ves y oyes. Vosotros los que en el mundo vivís, no podéis entender el poder de Dios y sus eternos decretos como nosotros que estamos con él, porque las cosas que ante Dios se hacen un solo momento, ante vosotros no pueden comprenderse sino con muchas palabras y semejanzas según el orden del mundo.

Yo soy uno de aquellos a quienes este hombre sentenciado al purgatorio ayudó en vida con sus limosnas. Y así me ha concedido Dios por su amor que si alguno quisiere hacer lo que yo le dijere, ese pondría esta alma en lugar mucho menos penoso, donde tuviera su verdadera forma y no sintiese ninguna pena, sino la que padeciera el que hubiese tenido una enfermedad mortal y no sintiese ya dolor alguno y estuviese como un hombre sin fuerzas, y sin embargo se alegrase porque sabía muy de positivo que había de llegar a la vida eterna. Y lo que se ha de hacer es, que como le oíste aquellos cinco clamores y ayes, se hagan por él cinco cosas que lo consuelen. El primer ¡ay! fué de lo poco que había amado a Dios, y para remedio de éste se den de limosna treinta cálices, en los que se ofrezca la sangre de Jesucristo y se honre más a Dios.

El segundo ¡ay! fue de que temió poco a Dios, y para remedio de éste se busquen treinta devotos sacerdotes que digan cada uno treinta misas, y todos rueguen con mucho fervor por el alma de este hombre, poderoso un día en la tierra, a fin de que se aplaque la ira de Dios, y su justicia se incline a la misericordia. El tercer ¡ay! y su pena es por la soberbia y codicia. Para éste lávense los pies a treinta pobres con mucha humildad, y denle limosna de dinero, comida y vestido, y rueguen ellos y el que se los lava a nuestro Señor, que por su humildad y pasión perdone a esta alma su soberbia y codicia. El cuarto ¡ay! fue por la sensualidad de su carne, y para éste, el que dotase una doncella y una viuda en un monasterio, y casase una joven, dándoles lo suficiente para su matrimonio, alcanzará que Dios perdone a esa alma el pecado que en la carne había cometido. Porque esos son tres estados de vida que Dios eligió y mandó que hubiese en el mundo.

El quinto ¡ay! es porque cometió bastantes pecados, poniendo en tribulación a muchos, como el que cometió cifrando todo su empeño en que se casaran esos dos ya referidos, no pudiendo por ser parientes; pero hizo se verificase este casamiento, más por su capricho que por el bien del reino, y se llevó a cabo sin licencia del Papa, contra la loable disposición de la santa Iglesia. Con este motivo fueron atormentados y martirizados muchos, porque no querían pasar por tal casamiento, que era contra Dios, contra su santa Iglesia y contra las costumbres de los cristianos.

Si alguno quiere borrar ese pecado, ha de ir al Papa y decirle: Cierta persona, sin expresar su nombre, cometió tal pecado, pero al final de su vida se arrepintió, mas no había hecho satisfacción por él. Imponedme a mí la penitencia que queráis y que pueda yo tolerar, porque me hallo dispuesto a enmendar por él este pecado. Y aunque no le dé en penitencia más que un Pater Noster (Padre Nuestro), le aprovechará a esa alma para disminuir su pena en el purgatorio.

 

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