Morituri te salutant: Crónica de unas muertes anunciadas

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Por Laureano Benítez Grande-Caballero.

 

 

Una de mis estrategias favoritas para escribir artículos es la de comparar las realidades que voy a describir con el mundo del arte, ya sea en forma de películas, de novelas, de cuadros, de música, e incluso de la artesanía castiza de los chascarrillos.

Hace poco fui a Madrid, a participar en un acto de la disidencia, y aquella experiencia suscitó en mí una serie de reflexiones, de pensamientos, debido a mi inveterada costumbre de pasarlo todo por el tamiz de la razón: pienso, luego existo; pienso, luego soy humano; pienso, luego soy disidente.

Realmente, desde que empezó esta gilidemia he bajado poquísimo a la capital, contra mi costumbre de hacerlo muy frecuentemente cuando la vida era normal, cuando la vida era vida y no supervivencia, con el fin de evitar la vergüenza ajena de ver a seres humanos deambulando patéticamente en un gigantesco establo, en un dantesco aprisco que me causa asombro, conmiseración, rabia y repulsión a partes iguales. A medida que iba por las calles del centro, me fui abismando en un pozo de reflexiones que quiero compartir con ustedes.

Estas reflexiones giraban en torno a una novela que se me vino a la mente, titulada «Crónica de una muerte anunciada», del novelista colombiano Gabriel García Márquez, publicada en 1981. Basada en hechos reales, la historia trata de Santiago Nasar, que es acusado por Ángela Vicario de haberla deshonrado, motivo por el cual su marido la repudió en la misma noche de bodas, al comprobar que no era virgen.

Al enterarse de este hecho, los Hermanos de Ángela ―los Hermanos Vicario, llamados sospechosamente Pedro y Pablo― después de darle una buena tunda, juran vengarse asesinando al supuesto violador, y así se lo comunican al pueblo donde viven, hasta el punto de que todos los habitantes saben que Santiago tiene las horas contadas, que es carne de cañón, que es un cadáver ambulante. Sin embargo, nadie le advierte de esa amenaza, nadie le avisa de las intenciones homicidas de los Vicario.

Y así se cumplió: Santiago es asesinado en la puerta de su casa, y la gente que ve el homicidio no mueve un dedo para ayudar a la víctima. Esto me llevó a reflexionar sobre la infinita cobardía y complicidad de todos los responsables de las muertes que se están produciendo y se van a producir por la letal inyección transgénica, de cuyos perversos efectos son plenamente conscientes, sin que hagan nada para detener el genocidio, esta perversa masacre, este aterrador holocausto.

 

 

 

Pero estas muertes anunciadas, estas siniestras predicciones sobre los morituri no spn de ahora, ya que esta diabólica historia también se puede aplicar a los abortos, a la eutanasia, a la eugenesia, a todos los genocidios que en el mundo han sido, perpetrados por la misma ralea satánica que está cometiendo el atroz vakunicidio.

Al hilo de estos pensamientos, entre en una vorágine de tétricas reflexiones, en un agujero negro pertinaz y succionador, me dio por pensar cuánta de la gente que me rodeaba mientras andaba por las calles de Madrid iba a morir en fechas más o menos próximas: ¿Se habrán vacunado?, rumiaba para mis adentros. En efecto, muchos de los transeúntes tenían los días contados, protagonistas inconscientes de una crónica de muertes anunciadas, y llegué al punto de despedirme metalmente de la gente con la que me cruzada, diciéndoles en mis adentros que no sabía si podría volverles a ver alguna vez.

Fue entonces cuando, inevitablemente, saltó por sí sola aquella frase de «morituri te salutant», que se podría traducir por «vacunari te salutant»… mostrando el brazo ya vakunado en alto, hacia el César, que no es Gates, ni Schwabb, ni Soros, sino el mismísimo Señor de Monte Pelado, emperador de las moscas, saurón de las vakunas.

Estaba plenamnte inmerso en un devastador apocalipsis zombie, y el maremágnum de sentimientos llevó a su culminación cuando empecé a sentir una pena infinita, una compasión abrumadora de esas personas morituri. Fue entonces cuando me dio por pensar en toda la gente que he conocido a lo largo de mi vida, en toda la gente que me encontrado por las calles, en todas las personas que me han acompañado a trechos del camino… pensé incluso en todos mis alumnos, protagonistas de mis 30 años de profesorado, en mis familiares, y me hacía las mismas preguntas: ¿Moriréis también vosotros? ¿Os habéis dejado meter la pócima transgénica? ¿Tendréis las horas contadas? ¿Qué va a ser de vosotros? ¿Podré volver a veros?

Para mí, desde ese momento, los «vacunati» ya no eran borregos, ni gilipollas, ni imbéciles, por los que he llegado en ocasiones a sentir de cosas parecidas al desprecio ―de lo que me arrepiento―… No, desde aquellos instantes los veo como seres humanos engañados, explotados, lobotomizados, por lo que siento una tristeza infinita, una lástima difícil de describir, y está conmiseración me llevó elevar plegarias al Padre eterno para que tenga piedad de estas pobres almas, y también de los seres malvados responsables de este horror apocalíptico, porque de no mediar una toma de conciencia y la conversión profunda de sus horribles actos, les espera un más allá tan horripilante, que es difícil imaginar.

Por supuesto, también le pedía que, en su infinita poder, neutralizar a el efecto tóxico de las ponzoñas venenosas que tanta gente se ha inoculado, pues la omnipotencia divina es capaz de realizar cualquier prodigio.

Aparte de la novela, también se me vino a la marginación una película, titulada «Infierno de cobardes», de Clint Eastwood. En el film se cuenta que Jim Duncan, «marshall» de un pueblo llamado Lago, es asesinado en la plaza del pueblo por unos matones a sueldo de los habitantes de ese lugar, pues Jim había descubierto que la minas de oro de la que dependía la prosperidad del pueblo en realidad estaba en terrenos el Estado. Por supuesto, nadie movió un músculo para ayudarle.

Por miedo, entregan a los asesinos a la justicia, pero, al cabo del tiempo, éstos son liberados de la cárcel, y los habitantes de Lago tiemblan pensando en que van a ir al pueblo a buscar cumplida venganza. Aterrorizados, suplican a un pistolero que aparece por el pueblo que los defienda de aquella amenaza, organizando la defensa ciudadana.

Al comienzo, el pistolero no quiere comprometerse, pero, al enterarse de quién es el muerto, acepta la oferta, cumpliendo su cometido de una manera muy peculiar, hasta el punto de que, mientras dispone las defensas, no cesa de burlarse, de humillar y de hacer perrerías a ñps kobardes pueblerinos.

Finalmente, aparecen los malhechores, y el pistolero, después de ir venir, de amagar con no hacer nada, de dejar que los forajidos hagan atrocidades durante un tiempo, interviene y salva a los lagueños de la amenaza.

Cuando se va, el enano Mordecai ―al que nombró sheriff y alcalde del pueblo― le dice que aún no sabía su nombre, pero el pistolero dice que sí que lo sabe. En ese momento, Mordecai se fija en que en la tumba de Jim Duncan había aparecido una lápida donde constaba su nombre: era hermano del pistolero.

Estamos en un infierno de kobardes, donde, por un lado, los malhechores actúan a su antojo contra borreguillos en flor, cometiendo todo tipo de tropelías contra ellos; en el otro lado, están los kobardes, los que saben lo que está pasando, y, a cambio de un plato de lentejas y de poder acariciar el terciopelo del poder, no hacen nada, viendo cómo gente a la que deberían defender deambulan de acá para allá con una fecha de caducidad inserta en su frente.

Contra el infierno de los cobardes, está el cielo de los despiertos, de los que avisamos de que ―como en el cuento budista― la casa está en llamas, de los que sacudimos en el hombro a los zombies instándolos a despertar, de los que jamás contemplaremos impertérritos cómo caen por las calles los morituri… por eso ahora, en este momento, elevo mi plegaria al padre Eterno, rogando misericordia para todos sus hijos… Que así sea.


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1 comentario
  1. JM Ortúzar U. says

    Otro excelente artículo, Don Laureano.
    Sin duda alguna, el mayor perpetrador del «vakunicidio», ha sido, es y será, los medios desinformativos que están todos en manos de unas pocas corporaciones, las cuales, a su vez, están en manos de la misma familia…los mismos dueños del 85% del mundo.
    Ellos, a su vez, le pertenecen al «Saurón de las vakunas», como ud., tan genialmente le nombra.
    Contra ese «Señor de Monte pelado» es nuestra batalla…la última que daremos junto a nuestra Sma. Vírgen María y nuestro Señor Jesucristo, contra Lucifer y sus huestes de demonios.
    En manos de esa misma «familia criminal», se hayan, además, las BigPharma y las BigTech.
    La suma de todas, controla al mundo político y empresarial, mueve los hilos del destino humano, de los borregos, y por arrastre (pero no sin luchar), de los disidentes como nosotros.
    Un gran saludo para Ud., desde mi querido Chile.
    ¡Que Dios les bendiga a todos!

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