La grieta en la Iglesia II (POR MONSEÑOR HÉCTOR AGUER)

+ Héctor Aguer

Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas

Académico de Número de la Academia de Ciencias y Artes de San Isidro

Académico Honorario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino (Roma)

 

 

 

 

En la primera nota del mismo título, presenté algunos antecedentes bíblicos, las divisiones en las primeras comunidades cristianas, concretamente los sjísmata que asolaban a la Iglesia de Corinto, y que San Pablo combatió con energía. Asimismo, señalé el origen de la grieta actual en una interpretación del “espíritu del Concilio”, corregida repetidamente por Pablo VI. Doctrinalmente, la grieta se abre a causa de la pretensión progresista de imponer “nuevos paradigmas”, desdeñando la gran tradición eclesial.

Yo empleo espontáneamente el calificativo de progresista. Según la tercera acepción del término, registrada en el Diccionario de la Real Academia Española, se llama así a “la persona, colectividad, etc. con ideas avanzadas, y a la actitud que esto entraña”. En un sentido religioso el término comenzó a usarse ampliamente después del Concilio Vaticano II; hoy en día al movimiento o corriente se le puede atribuir la desacralización o secularización de la misión de la Iglesia, que es reformulada para orientarla, en diálogo con otras religiones y culturas, a hacerse levadura de la fraternidad universal, ya que todos somos hermanos, fratelli tutti. El planeta es la patria, y la humanidad su pueblo, empeñados en un proyecto común para rehacer la historia en una unidad pluriforme que engendre nueva vida. Las prioridades son el cuidado de la naturaleza, la defensa de los pobres y la construcción de redes de respeto y fraternidad. Se me ocurre que ante estos avances católicos –que constituyen una verdadera gnosis- la masonería ha quedado descolocada. Este es el lugar para introducir una breve digresión semántica: adelphós –hermano- se decía en la Grecia clásica de los miembros de la misma tribu o nación. En el Nuevo Testamento designa a los miembros de la comunidad cristiana, que comparten la gracia de la adopción filial recibida en el Bautismo. No he encontrado que en el Nuevo Testamento se llame adelphós a un no cristiano.

 

El Cardenal Robert Sarah, que ha sido inmediatamente “misericordiado” al igual que otros obispos considerados molestos, ha descrito en un libro magnífico la noche que se cierne sobre la Iglesia. En esa obra anota que en comparación con la situación actual, el modernismo de principios del siglo XX, al cual San Pío X destinó la Encíclica Pascendi dominici gregis fue “un simple resfrío”. Prolongando esa imagen, podemos decir que ahora hemos pescado una terrible pulmonía (el covid 19 es inocente).

 

Me detengo un momento en la caracterización del progresismo eclesiástico, que asume implícitamente una filosofía del progreso y el pathos religioso intramundano que es una de sus notas. Hablo de él en términos absolutos, excluyendo versiones y matices. Me parece importante advertir que los mismos se verifican en la adhesión a los criterios progresistas, en las conclusiones pastorales que de ellos se derivan, y en las realizaciones que se producen en las diócesis, desde las más leves o desvaídas hasta las rigurosas. Al hablar del progresismo habría que tener en cuenta las gradaciones que se distinguen entre sí sin perder el nombre, es decir, una identidad fundante. Esta circunstancia ayuda a ser ponderados en el juicio de posiciones eclesiales y de personas, para evitar injusticias que engendran confusión.

La inspiración progresista estaba en pleno auge en los años 70 del siglo pasado; se presentaba como la realización legítima del “espíritu del Concilio”, en ajenidad y aun en oposición a la gran Tradición de la Iglesia. El otro borde de la orilla de la grieta era despreciado como “tradicionalismo” –así se hablaba-, como una actitud “conservadora”. El progresismo, que tenía sus mentores y un gran poder de difusión, era una verdadera ideología; su incomodidad con la tradición expresaba aquella heterogeneidad que San Vicente de Lerins, en el siglo V, consideraba deformación del auténtico desarrollo católico de la doctrina y las instituciones eclesiales. Ese “nuevo modelo de hablar” –sentenciaba- es más propio de los herejes que de los católicos. El progresismo abrió una grieta en la sólida estructura de la comunión eclesial, y tuvo derivaciones políticas asociadas con los movimientos subversivos que florecían en aquel tiempo.

 

Mencionemos ahora la dimensión operativa. Cuando gente de ese estilo se apodera de una diócesis en la que todo discurría católica y pacíficamente, instaura una especie de imperialismo: el control despótico puede encubrirse con un rostro de simpatía y con buenos modales. Inclusive puede apelar a una devoción sentimental, como las que profesan algunos movimientos y sociedades apostólicas. La principal presa codiciada es el Seminario, inmediatamente comienzan con la coacción y los ardides para lograr que los candidatos cambien su visión de las cosas y adopten los nuevos planteos; esta actitud suele provocar la dispersión. Algunos se acomodarán a las nuevas circunstancias, otros dejarán el Seminario. El progresismo es esencialmente infecundo; en las diócesis que domina no surgen normalmente vocaciones (¿qué sólidas razones puede ofrecer para que un joven entregue su vida a Dios y a la Iglesia?). Me viene a la memoria al escribir esto la sentencia de Soeren Kierkegaard en su Ejercitación del cristianismo: “Lo absoluto consiste únicamente en escoger la eternidad”. 

El Vaticano II ha ofrecido en los Decretos Presbyterorum ordinis y Optatam totius Ecclesiae renovados criterios para el fomento de las vocaciones sacerdotales, fundados en una teología del ministerio presbiteral y en una espiritualidad  que –en mi opinión- valen especialmente para los sacerdotes diocesanos; quienes no tendrán necesidad entonces de unirse a terceras órdenes, o adoptar la espiritualidad de sociedades y movimientos apostólicos. Si en una diócesis se adoptan esa teología y esa espiritualidad del ministerio, pueden florecer vocaciones. Los textos conciliares deben ser leídos, como enseñó reiteradamente Benedicto XVI, a la luz de la Gran Tradición de la Iglesia; en esa continuidad se destacan, a la vez, su arraigo y su novedad. La condición es asumir con fidelidad y coraje esos criterios en una diócesis, instrumentando una inteligente pastoral vocacional.

El vaciamiento de los Seminarios comienza con la decadencia de la formación humanística, que según los Padres Conciliares debe apoyarse en el “patrimonio filosófico de perenne validez” (Optatam totius, 15); incautamente se lo abandona sin advertir que la adhesión a sistemas filosóficos modernos no ofrece el fundamento adecuado para la reflexión teológica. El Vaticano II exhortaba a “profundizar en los misterios y descubrir su conexión por medio de la especulación, bajo el magisterio de Santo Tomás” (Optatam totius, 16). El desprecio de Santo Tomás, y el desconocimiento de la renovación tomista protagonizada por Cornelio Fabro, van unidos a un cierto biblicismo y el recurso exclusivo a la teología positiva. Se arruina así el pensamiento de la fe, que debe acompañar a la oración, tratándose de personas que han de ejercer un ministerio de predicación para hacer crecer a los fieles en el conocimiento y el amor a Jesucristo. Los problemas culturales de hoy, sobre todo en una sociedad descristianizada, exigen que el testimonio cristiano esté avalado por una formación que habilite para el diálogo, y si es necesario, para la discusión serena y profunda de aquellas cuestiones más urgentes sobre las cuales hay que contar con el influjo confusionista y superficial de los medios de comunicación.

 

En la Argentina, diócesis con ochocientos mil o un millón de habitantes cuentan apenas con un centenar de sacerdotes, y los seminaristas se cuentan con los dedos de una mano; ¡pero no les falta obispo auxiliar! Apunto a un rasgo curioso: la multiplicación de obispos auxiliares.

 

Un signo evidente de la destrucción se encuentra en la liturgia: ni respeto de las rúbricas, ni solemnidad, ni belleza. En la Constitución Sacrosanctum Concilium se recurre constantemente al adjetivo sagrado para designar a la liturgia y sus realidades. El capítulo VI está dedicado a la música sagrada; se dice: “Consérvese y cultívese con sumo cuidado el tesoro de la música sacra” y concretamente “foméntense diligentemente las scholae cantorum…” (n. 114). En cuanto a los Seminarios, se afirma: “Dése mucha importancia a la enseñanza y a la práctica musical en los seminarios” (115). Más aún: “La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana…” y no se excluye la polifonía. Pero caído en manos progresistas se destruye tanto la scholae cuanto el coro polifónico, y se imponen ritmos sincopados y percusivos, los cantos populares carentes de todo valor artístico; se iguala siempre por lo bajo. Además, se prohíbe el latín, con lo que se eliminan aquellos cantos que habían llegado a ser ampliamente utilizados por el pueblo.

 

En otro artículo me he referido a la falsa oposición entre estudio y pastoral; el menosprecio de la aplicación al estudio comienza en el Seminario, la doctrina, entonces (la didajé o didaskalía), es postergada por una preferencia que se otorga a la hipertrofia de una pastoral, que no pasa muchas veces de devaneos insustanciales. Prematuramente se envía a los seminaristas a las parroquias. Es esta otra dimensión de la grieta que se manifiesta luego en la distribución de los cargos y en la elección de obispos. El progresismo presume de pastoralidad.

Un detalle que puede juzgarse sin mayor relieve, pero que es significativo: el odio de la sotana, cuyo uso suele ser prohibido a los seminaristas; por otra parte, no se cuida respetar la obligación de los clérigos de usar una vestimenta que los distinga. Se trata de secularizar todas las realidades eclesiales; he oído decir ya hace tiempo a algunos obispos que no existe distinción entre sagrado y profano. Un hombre primitivo se escandalizaría de semejante afirmación. Los estudios de fenomenología de la religión muestran claramente que aun en las culturas más antiguas existía un sentido de lo sagrado: era “lo otro”, “lo distinto”, lo perteneciente al mundo de los dioses. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, instituyó la nueva y definitiva sacralidad en su persona y en su sacrificio pascual, asumiendo y cumpliendo por superación el esbozo de las culturas primitivas y la ritualidad de la Antigua Alianza. Los seminaristas deben ser educados en el reconocimiento de estas realidades para que comprendan la centralidad que tiene en la Iglesia la celebración de los misterios del culto divino.

 

La cuestión que aquí he esbozado me parece de máxima actualidad, cuando muchos en la Iglesia, impulsados por ciertas declaraciones oficiales, subordinan el orden sobrenatural de los sacramentos a la cobertura de cuestiones culturales, sociales y políticas. No advierten que el principal aporte que puede hacer la comunidad eclesial es la gracia del Señor, capaz de renovar los corazones para que tiendan sinceramente a buscar la justicia tan deseada y a trabajar por ella. El peor servicio que la Iglesia puede hacerle al mundo es mundanizarse, y perder su originalidad para competir con las fuerzas políticas y sociales, consintiendo así con el vacío de Dios que afecta a la cultura actual. ¿Quién puede hacerlo presente, devolverlo al mundo, sino ella? En esto reside el error principal del progresismo.

 

Quedó explicada la dimensión operativa de la grieta, los casos repetidos en todo el mundo cuando una diócesis es atrapada por la dialéctica progresista. Resta una posible cuestión: puede ocurrir, milagrosamente casi, según las leyes de la inescrutable providencia de Dios, que a una diócesis devastada –pienso en situaciones extremas que se registran en tantos países, digamos por ejemplo Alemania o España-, o hundida en la inoperancia y confundida por la promoción insensata de un diálogo que ha ido corroyendo su sustancia, llega un obispo según la tradición, un hombre de recta doctrina y mucha oración, un caso que en estos últimos años pudo verificarse ut in paucioribus (con poca frecuencia). ¿Qué deberá hacer? Entregar su vida en un empeño pastoral de reconstrucción. Para ello, será prioridad formar sacerdotes: promover con inteligencia la pastoral vocacional, que articule la pastoral familiar y la educativa; si esta actividad tiene éxito, como es muy probable, podrá pensar en la formación de los seminaristas en la propia diócesis. Crear su seminario diocesano -¡si lo dejan!- para aplicar en él los criterios del Vaticano II, en lugar de enviar candidatos a una institución en la que están vigentes las deformaciones impuestas por el falso “espíritu del Concilio”, o deficiencias en diversos aspectos. En estas cuestiones se juega el futuro de la Iglesia. Es de esperar una intervención providencial del Señor, y la intervención de su Madre y de San José. Como en el camino hacia Emaús, el Señor parece pasar de largo –autos prosepoiēsato porrōteron poreuesthai – los discípulos le dijeron con insistencia, casi forzándolo: “quédate con nosotros porque ya es tarde y el día se acaba” –Meinon meth’ hēmōn- (Lc 24, 28-30). ¡Sí, quédate con nosotros, Señor, porque se acabó el día, y ha caído la noche sobre la Iglesia!

 

 

Buenos Aires, jueves 29 de abril de 2021.

Memoria de Santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia.

 

 

 


 

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2 respuestas

  1. El progresista considera que el matrimonio es algo anticuado, algo del pasado, por eso el progresista defiende el divorcio, el amancebamiento, la prostitución de todo tipo (incluida la infantil a la fuerza de sus proxenetas y clientes depravados, todos muy progresistas), la despenalización del adulterio, etc.

    El progresista rechaza vivir conforme a la verdad, por eso el progresista se afana por la apariencia, la publicidad, la corrección política, la diplomacia política y la falta de escrúpulo al hacer uso de la mentira en todo ámbito. Para el progresista todo vale y todo es relativamente bueno o malo. El progresista rechaza lo absoluto, salvo su absoluta progresividad.

    El progresista no acepta la libertad en términos cristianos, como liberación de los pecados y lealtad a la verdad, que nos hace libres. El progresista llama libertad a no vivir «reprimido», es decir, a hacer lo que a uno le plazca en sexo, placeres, comida, etc. No considera el progresista que un hombre o mujer con autodominio y continencia es libre frente a los impulsos e instintos del momento, sino lo contrario. El progresista abogó siempre por las drogas libres (de las consecuencias no ha tenido ni el más mínimo remordimiento, como el demonio), incluso a la salida de colegios e institutos.

    El progresista considera que la condena de la homosexualidad es algo anticuado y homófobo, por eso el progresista defiende e impone a la Iglesia de Dios, hasta bendecir la unión de homosexuales sin ninguna consideración a las cartas de San Pablo. Eso de darse por la retaguardia debe ser muy progresista.

    El progresista considera que eso de la castidad es cosa de carcas, mojigatos, ingenuos y reprimidos, por eso el progresista ridiculiza a carcajada limpia la castidad y apoya el aborto, la eutanasia, los condones, las píldoras abortivas, las relaciones sexuales prematrimoniales, la prostitución, la promiscuidad, el adulterio, el concubinato, el amancebamiento, y todas las monstruosidades satánicas «modernas» que conducen a la destrucción en cuerpo y alma de centenares de millones (¡qué más da al progre todo eso!, bueno, excepto cuando la víctima de tales maldades es su madre, esposa, hermana, hija, nieta, etc., entonces el progresismo suele desaparecer como la niebla de un día de verano en el sur), porque para eso es progresista y todo progresista es «bueno» porque así lo dice todo medio de manipulación de masas social (casi todos progresistas).

    El progresista considera que los Santos Evangelios y el NT son ornamentos del pasado y cosa de feudalistas primitivos o algo así, por eso el progresista defiende la acción política y nada de nada de evangelizar o hacer apostolado. Para el progresista lo primero es la democracia, si es progresista, luego lo demás. El progresista dice no ser totalitario extremo.

    El progresista considera que el cine en valores cristianos, patrióticos y familiares es algo propio del «fascismo» y retrógrado, por eso el progresista crea cine lgtbi, marginal y delincuencial, de odio a Dios, la Iglesia y sus miembros consagrados y no consagrados, anti patria, marrano, etc.

    El progresista considera la Fe, es decir, la confianza plena en Dios, cosa de «fanáticos», «integristas» y «locos», por eso el progresista es ateo, materialista y solo confía en políticos, científicos, intelectuales y gentes mundanas avaladas por el mundo y encantadas de sí mismas, no por amor a Dios. Por supuesto que el progresista nunca dice ser fanático, integrista, yihadista, etc. Eso son los demás, no el progresista.

    El progresista considera humillante referirse a la caridad cristiana sin la cual ninguno podríamos vivir ni un solo segundo, por eso el soberbio y orgulloso progresista predica la mundana, política y materialista solidaridad. Sí, sí, esa del «proletarios del mundo, uníos». Y, por supuesto, el estado, la democracia, la política y sus leyes progresistas se imponen, la religión católica solo se propone, (de momento, hasta que el mundo no sea aún más progresista), para el progresista.

    El progresista no acepta la jerarquía natural: Dios por encima de todos y todo, hombre al servicio de Dios y su Gloria Infinita, y animales/naturaleza para el hombre, por eso el progresista pone en la picota el Estado con sus políticos, luego el hombre al servicio y esclavo del Estado dirigido por políticos y burócratas, por supuesto que progresistas (de derechas o izquierdas,pero progresistas), y a Dios en los museos de prehistoria e historia medieval, es decir, excluido de cualquier ámbito (escuelas, hospitales, juzgados, cuarteles, edificios públicos y privados, etc.). Que «listo» es el progresista. Si es más «listo» revienta. Quien verá su cara cuando tenga de frente al Señor en su Juicio, aunque lo progresista es no creer en que eso llegará, pues el progresista, ateo cerrado, considera que los santos y santas nos engañaban….

    El progresista considera «superstición» el confiar en Dios, por eso el progresista es intervencionista hasta del clima, que cree que se «calienta» sin consentimiento de Dios, su Creador, y por eso ha de ser «corregido» (a saber de qué diabólica manera progresista), como con la economía y la salud (excluyendo la natural tendencia a la recuperación del cuerpo humano con tolerancia prudente al dolor y sufrimiento sin fármacos). Para el progresista todo está mal y hay que «corregirlo» por los propios progresistas «correctores», que han de deshacer los «errores de la naturaleza» (por Dios creada, es decir, los «errores» de Dios), la economía (sin Dios hoy no come ni bebe nadie, pero esto lo obvia el progresista economista de toda uni, empeñado en hacer creer al mundo que sin progresía no viviríamos) y el comportamiento humano (que se obstina en creer en Dios a pesar de tanta progresía mundial, oyes) a conveniencia del progresista ateo que mande y en virtud de valores «democráticos», «progresistas», «de tolerancia e inclusividad», de «igualdad», de «fraternidad», de «estado democrático de derecho (a abortar, p. ej.)» y demás mamarrachadas embusteras mundanas que no aparecen por lado alguno en el NT, rechazado éste por el progresista (que poco ha de quedarle para ordenar por ley la quema de toda Biblia en toda nación, al tiempo).

    El progresista considera que todo en la Biblia ha de ser libre, es decir, arbitrariamente, interpretado (como nos «mostró» el hereje Lutero), por eso el progresista defiende un «dios» falso, nada que ver con el verdadero del NT, con Jesucristo Nuestro Señor, es decir, el progresista defiende un «dios» hecho a conveniencia del pecador/consumidor según sus preferencias y sus pecados. Eso sí, el progresista niega que la progresía sea un manojo de sectas satánicas que excluyen a Dios para poner al progresista satanás en su lugar, aunque con cautela propia de una serpiente progresista.

    El progresista considera que los primitivos cristianos eran comunistas (¡nada menos!), por eso el progresista, de modo políticamente interesado, no respeta ni entiende la vida cristiana conforme a la Santísima Voluntad de Dios y su decálogo, los Evangelios, ni la vida de la Iglesia primitiva (el fondo común de entonces o cepillo y fondo de donaciones actual) ni la actual. Quién le habrá metido en la cabeza a los progresistas que vender tierras, ganado y casas para ponerlo a disposición de los apóstoles encabezados por San Pedro, no excluía el hecho de que cada cual seguía viviendo en su casa, con su esposa o marido, con su ganado y sus tierras. La donación de patrimonio no excluye la propiedad privada, pero el progresista es muy diabólicamente astuto con esto, por eso hay que estar muy precavido con su conducta progresista, para que no nos haga progresar al infierno. Mejor conservar la fe, la esperanza y la caridad.

    El progresista considera la espiritualidad como algo privado, secundario y marginal en la criatura de Dios, el hombre y la mujer, por eso el progresista es exclusivamente materialista, y si se refiere a Dios, solo lo honra con los labios, nada de amor sincero por Él, ya que el progresista trata de suplantarle. Para el progresista, Dios es carcamal, retrógrado, «fascista», feudal, etc., aunque no se atreva a reconocerlo públicamente. La cobardía es muy progresista también, no se olvide.

    El progresista considera lo «social» como lo primordial, es decir, la propaganda a son de trompeta, cual buen fariseo hipócrita, desechando la caridad en secreto como algo propio de «carcamales» que aún creen en el NT. Para el progresista todo ha de subordinarse al «bien común», es decir, el bien de los socialistas y comunistas, todos ellos muy progresistas, como muy bien ha demostrado la historia de los últimos dos siglos, todo ha de subordinarse también en función del «principio de subsidiariedad», es decir, el paternalismo estatal que excluye a Dios Padre Celestial como proveedor verdadero.

    El progresista desestima la pobreza, la castidad y la obediencia como algo propio de hombres y mujeres primitivos, aceptando el mundo con sus placeres, riquezas, prebendas, adulaciones, y demás baratijas y miserias propias del plato de lentejas de Esaú. El progresista o no entiende o no quiere entender el Infinito Valor de la Santísima Pasíón, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, Dios verdadero que murió hasta por los progresistas actuales, pero esto parece no preocuparle en lo más mínimo al progresista obstinado en seguir el camino inicial del hijo pródigo. Luego a llorar y rechinar dientes.

    El progresista no acepta la modestia y la discreción en el vestir y en la apariencia, estando siempre a la moda en todo, ropa, dispositivos, piercings, tatuajes (hay que llamar la atención incluso convirtiendo el propio cuerpo en un grafiti pintarrajeado hortera de barrio marginal), colores vistosos hasta de pelo, etc. Para el progresista, los no progresistas estamos completamente «desfasados».

    El progresista desprecia el totalitarismo «fascista», pero acepta y lucha por la democracia popular como la de China actual, la extinta URSS, Cuba, Corea del Norte, Venezuela, etc. Por cierto, en esas naciones, la tecnología es progresista a más no poder. Cuando la URSS se extinguió, con Yeltsin, la industria allí trabajaba con maquinaria y plantas industriales de los años 50, a tal grado llegó su espionaje industrial (hoy ampliamente superado por el espionaje chino). Y en Cuba hay una tecnología progresista que deslumbra al mundo por su gran progresividad de los años de Elvis Presley, todo ultra progresista, especialmente los «carros» que circulan por el litoral de La Habana, toda una reliquia de coleccionistas (los cubanos que conserven su cacharro harán un buen negocio vendiéndolo a los coleccionistas europeos y de USA).

    El progresista rechaza el individualismo en el orden material de las cosas, por eso el progresista es el principal promotor de colectivos fariseos e hipócritas a mas no poder: partidos políticos, sindicatos, patronales, logias masónicas, osgs, asociaciones vecinales, clubes de todo tipo, pero nada bueno, etc. Ese tipo de cuadras de cerdos en los que sus miembros se sonríen a la cara y se apuñalan en la espalda, ya sabemos… El colectivismo es muy progresista, desde el de la comuna maoísta china mata hambrientos, el koljos del terror y el holodomor stalinista, la comuna del cachondeo anarquista en España de la Cruzada tipo Durruti roba camisas de pobres, la comuna hippy de niños de papá pijo rojos con sexo, drogas y rocanrol a tuti plen, la comunidad de vecinos que se llevan a matar porque no pueden tener un chalet o casa famiiar, como Dios manda, la cooperativa que acaba en enemistad de por vida de partícipes y destrucción de familias enteras, etc. El progresista odia el individualismo que hizo a USA la nación más rica y próspera del mundo (a partir de los pobres y excluidos de Europa), hoy atenazada por el comunismo por haber permitido desde el pasado a sujetos infames como FDR (ahora su medicina progresista se vuelve contra ellos. A ver en qué acaba) y por su descristianización. El progresista no sabe disociar lo que es del César de lo que es de Dios, lo que es de la materia (individualismo), de lo que es del espíritu (comunidad o Iglesia, por amor, que no interés, a Dios).

    El progresista condena las cruzadas en el pasado de Europa, la lucha contra el enemigo mahometano en España y el resto de Europa, condena a los cristianos por la Santa Inquisición Católica (que quemó a dos docenas de brujas pirujas en tres siglos), la Reconquista, la evangelización y civilización de América, la defensa de la Fe católica que es la de Jesucristo, frente a los rebeldes a Dios ortodoxos, protestantes y anglicanos, etc., pero el progresista «justifica» todos los crímenes innumerables del comunismo y socialismo, ya que cometer todo genocidio contra no comunistas y no socialistas, para el progresista está totalmente «justificado».

    El progresista considera, con toda la maldad propia de Lucifer, la cruz, las iglesias, monasterios, conventos, las esculturas y las pinturas de Jesucristo Nuestro Señor y la Santísima Virgen María, así como todo el patrimonio católico mundial, algo ofensivo, «patriarcal», «fascista», «retrógrado» y «ofensivo» al recordar un pasado no progresista, de ahí que el progresista quiera eliminarlos todos de la faz de la tierra, eso sí, procura elevar horrorosos «monumentos» a la fealdad con rostros de asesinos marxistas, hoces y martillos, puños y rosas, símbolos masones feos a más no poder, esculturas modernistas sin pies ni cabeza, propio de salidos de un manicomio, nombres de calles y plazas de asesinos rojos y terroristas, y demás homenajes al crimen, la barbarie, el latrocinio y la locura infernal.

    El progresista considera la educación católica, la única que verdaderamente merece ese nombre, educación, como algo retrógrado, por eso el progresista se afana en destruir la educación y sustituirla por adoctrinamiento progresista y escándalo satánico incluso a la más tierna infancia, con la asquerosidad LGTBI, la ideología degenerada de «género», el feminismo terrorismo, la homosexualización de los niños, la masculinización de las niñas, la supresión de todo esfuerzo educativo (la nueva escuela progresista) y el aprobado generalizado, como mejores armas para lograr ciudadanos ignorantes extremos aunque con título académico, para no generar «desigualdad». El progresismo odia la sabiduría porque la sabiduría es letal para el progresismo, por eso trata de impedir que todo niño, niña o joven, adquiera formación en el NT y en santos y santas, para que no sepan discernir, objetivo fundamental del progresismo, para tener borregos materialistas soviéticos con lavado de cerebro progresista, no hombres y mujeres verdaderos que amen a Dios por encima de todos y todo. Y cuando no le queda más remedio que ceder, mete en las aulas la teología de la liberación marxista progresista o el edulcorante de la doctrina social de la iglesia, vivero de políticos progresistas de todo signo que nos han traído lo que nos han traído en la actualidad, todo muy progresista, nada católico y fiel a Jesucristo Nuestro Señor, Dios verdadero.

    El progresista considera que el no matarás es algo retrógrado, que la vida del no nacido puede ser «interrumpida» de modo progresista (la vida del cajero de un banco por esa regla de tres corre mucho peligro si los atracadores exigen «igualdad ante la ley») si la mujer o chica quedó embarazada en la fiesta del insti o la uni. Es decir, que asesinar al no nacido es progresista, de hecho, el aborto es propio de progresistas en todo lugar y tiempo en el último siglo desde Lenin, su primer promotor, aunque los progresistas de derechas defiendan que la defensa de la vida del pobre es «progresista» (promoviendo así aún mucho más progresismo al ser considerado éste bueno por ambas partes para el pobre.Que Dios se lo pague con llamas infernales, ya que las puñaladas progresistas distan mucho dinero de ser recibidas por progresistas de derechas, sino que acaban en los lomos de los propios pobres. Cuando Dios Todopoderoso les aplique el Magnificat se acordarán, pero ya será tarde). Sin embargo, el progresista pone el grito en el cielo ante la pena de muerte de violadores y asesinos en USA, nunca en China por los católicos en gulags. Es la progresista visión de la vida de los abortistas y eutanasiadores, todos progresistas recalcitrantes de derechas o izquierdas.

    El progresista no se atreve a reconocer en público que odia a Dios por aquello de «¡Serpientes!. Raza de víboras», términos que aplicó tanto Nuestro Señor Jesucristo, como su Elías, San Juan Bautista, para referirse a los judíos escribas y fariseos, ya que el progresista es un anti racista visceral, eso sí, un anti racista que tolera el racismo contra los blancos y lo «justifica» continuamente. El racismo progresista, el más violento y mortal con diferencia, se orienta políticamente contra la raza blanca europea, la menos racista en términos históricos.

    El progresista se desgañita en la «defensa» de los inmigrantes de África, pero lo progresista es hacerse la foto ayudando al inmigrante con dinero ajeno y luego ni en sueños darle cobijo en su progresista hogar.

    El progresista pone el grito en el cielo desfigurando su cara cual fariseos en ayuno si los que cruzan el Mediterráneo de modo suicida en flotadores se ahogan, pero de invitarles a sus progresistas hogares ni hablar. Atar cargas pesadas a la espalda de los demás y no querer moverlas ni con el dedo es muy, pero que muy progresista.

    El progresista rechaza totalmente las cartas de San Pablo del NT en lo que concierne al vínculo entre hombre y mujer, los deberes de cada cual según la Santísima Voluntad de Dios y la naturaleza humana por Él creada, aunque no se atreve a declarar públicamente su odio a Dios por «machista», porque los progresistas son todos feministas. Y el feminismo de cualquier tipo es «no serviam» no al hombre, sino a Dios mismo, ojo. Si el machismo es malo, ¿qué igualdad hay en que el feminismo sea bueno? ¿Católicos o tontos políticos de capirote?

    El progresista desprecia el matrimonio, pues es de suponer que, según los progresistas, es una institución del pasado, de los «curas» (sin atribuir ninguna intervención divina a lo que Dios ha unido…), por eso no para de favorecer toda oposición al matrimonio y la familia, su discriminación, su relegación en todo orden, el rechazo a la maternidad y paternidad, y, especialmente, su rechazo a las familias católicas más que a ninguna, las que rezan juntas, en contra de lo deseado por los progresistas, más favorables siempre a las madres solteras, los divorcios, la inseminación artificial, el encarcelamiento del hombre a la más mínima separándoles todo lo posible de sus hijos, que no son de Dios y sus padres y madres, sino del estado progresista, como bien sabemos, la heterofobia, el odio a la naturaleza por Dios creada, la transexualidad, la degeneración sexual de toda índole y su «legalidad», la esterilización voluntaria o forzosa por el Estado, etc. El progresismo odia lo natural, pues para los progresistas la naturaleza, creada por Dios, es «errónea». Lo no erróneo, para los progresistas, son ellos mismos. La progresía no se tiene por errónea.

    El progresista desprecia el pecado de gula, promoviéndola todo lo que puede especialmente los viernes, y más aún los de cuaresma, con festines de todo tipo anunciados a bombo y platillo en todo lugar y nación, no vaya a escaparse un solo chuletón de ternera aquellos días de un solo escaparate de restaurante. Eso sí, luego el progresista quiere hacer comer al mundo carne de «plástico», lechugas y tomates artificiales, zumos ecológicos, alimentos alterados genéticamente por la genética progresista, y no sé que mamandurrias más porque comer carne contamina mucho y calienta el planeta según fábula chirriante progresista (ya digo, con la excepción especialmente de los viernes de cuaresma y los de todo el año, en los que se promueve hasta concursos de comilones de hamburguesas de pollo y ternera).

    El progresista pretende pasar por defensor de la «libertad», pero eso de que robar sea pecado es relativo para el progresista, ya que son los principales promotores de los impuestos, robo en todo lugar y tiempo (de los pobres, por supuesto). Además, suele creer el progresista que los demás han de pagar muchos impuestos, especialmente los ricos no progresistas (si es que queda alguno así, que lo dudo. Para ser rico en este mundo, has de ser progresista, de lo contrario, olvídate. Algunos de esos empresarios progresistas, en verano ponen la bandera multicolor de los sodomitas para tener más ventas en lo que se ha dado en llamar hipócritamente «responsabilidad social corporativa», en lugar de como felpudo a la entrada de los establecimientos y empresas. No hay lo que hay que tener), pero no el propio progresista, que de ser rico, lleva su dinero a «paraísos fiscales» a los que odia en público y pide sanciones contra ellos, en vez de pedir que cada nación sea uno de esos «paraísos fiscales» en los que cada cual gana el pan con el sudor de su frente y no con el de la de los demás, como Dios manda, con plenitud de oportunidades, algo que el progresista odia, como la libre competencia. El progresista jamás reconocerá que los impuestos arruinan la libertad y la prosperidad de las naciones y, especialmente, de los más pobres, los que acaban pagando el traslado de la carga fiscal (los ricos recuperan lo pagado con intereses de deuda pública. Que se descarte por completo la progresividad fiscal, timo demoníaco de los progresistas de derechas o izquierdas, dictadores encubiertos de la demo-progresía mundial).

    El progresista defiende a capa y espada las subvenciones, subsidios, pagas y dinero público sin freno para toda empresa, multinacional o persona progresista, todo ello con su progresista solidaridad (solidaridad con los chiringuitos y bohemios vividores progres del mundo). Eso de la prudencia, la honradez y la frugalidad no es nada progresista. Lo progresista es el dispendio, nunca el ahorro, que es católico.

    El progresista desconoce la ecuanimidad de la justicia, su ideal progresista son los tribunales populares como los de la antigua URSS, esos que dictaban sentencias políticas. Esconden su sectarismo con el engaño de la supuesta pero nunca lograda «independencia judicial». Si Dios juzga a los progresistas, incluidos esos jueces progresistas de menores e información vaginal, con su propia ley, la cadena perpetua al Infierno está completamente asegurada. Resulta difícil concebir una penitencia que evite al progresista el infierno, la verdad. Ni en cien vidas lograría reparar el daño que ha hecho en una. Si uno lo piensa bien, los progresistas dan lástima si les espera eso que ya nos describieron tantos santos y santas de lo de las llamas y los demonios.

  2. excelente escrito,ha sido la luz del espiritu santo,y,que palabras profeticas

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