LA PALABRA DE DIOS DEL DOMINGO: EL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS

 

JUAN DONNET

 

 

 

 

 

 

EL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS

Domingo entre el día 2 y 5 de enero, en su defecto, el día 2 de enero.

II clase, blanco

Gloria, Credo, Prefacio de Navidad.

 

 

 

PROEMIO LITÚRGICO

El nombre de Jesús es prenda de salvación para los que  lo invocan.

El Santísimo Nombre de Jesús, invocado por los fieles desde los comienzos de la Iglesia, comenzó a ser venerado en las celebraciones litúrgicas en el siglo XIV. San Bernardino de Siena y sus discípulos propagaron el culto al Nombre de Jesús: «Yahweh es salvación» con el monograma del Santo Nombre IHS (abreviación del nombre de Jesús en Griego, ιησουσ) y añadiendo el nombre de Jesús al Ave María. Como fiesta litúrgica fue introducida en el siglo XVI. En 1530 el Papa Clemente VII concedió por vez primera a la Orden Franciscana la celebración del Oficio del Santísimo Nombre de Jesús.

 

El nombre de Jesús es poderoso. Nombre tan santo como el de Jesús, forzoso es que sea sumamente poderoso. Santidad supone poder. Santos son los sacramentos, y obran maravillas de gracia en las almas que lo reciben. Por medio de la santidad de María y de las virtudes heroicas de los santos ¡cuántas obras milagrosas ha producido el Señor! El nombre de Jesús es eminentemente santo y por lo tanto infinitamente poderoso.

Por los milagros que obra.- El más estupendo de todos fue la conversión del mundo pagano. Milagro que condensa en sí mismo una cantidad asombrosa de prodigios.

Desaparición del paganismo.- El primero de todos es la desaparición del paganismo y la destrucción del reino de las tinieblas y el exterminio de la idolatría. Pobres, sin otro prestigio ni otras armas que el poder de lo alto, llevando en los labios el nombre de Jesús, los apóstoles se desparramaron por el mundo dispuestos a conquistarlo para su Maestro. El príncipe de este mundo fue vencido; su trono cayó desmoronado, los espíritus malignos fueron puestos en vergonzosa huida, los oráculos enmudecieron, los altares de los ídolos rodaron por el polvo y el reino de las tinieblas fue reducido a la impotencia.

Conversión de los pueblos.- Mayor aún fue el milagro de la conversión de los pueblos al cristianismo, esto es, la instauración del reino de Dios sobre las ruinas del reino de Satanás.

Los principios milenarios del paganismo fueron sustituidos por la sublime constitución de la moral cristiana.

El orgullo, la ambición, la inmoralidad del mundo antiguo cedieron su lugar a la humildad, la pobreza y la castidad. Surgieron por todas partes conventos y monasterios, y se contaron por millares sus habitadores. Los desiertos se poblaron de ermitaños y penitentes. Por millares se contaron los mártires de toda raza, sexo, edad y condición, que derramaron la sangre en testimonio de la santidad del nombre de Jesús.

No menos importantes son los efectos maravillosos que el santísimo nombre del Redentor produce todavía hay en el campo de las misiones, en las almas de los cristianos, en la conversión de los pecadores. Las palabras del Arcángel a San José: “Le pondrás por nombre Jesús, pues él es el que ha de salvar a su pueblo de sus pecados” (Mat., 1,21), tuvieron y siguen teniendo plena confirmación. Siempre se cumplió y continúa cumpliéndose lo que Cristo dijo: “Cualquier cosa que pidiereis al Padre en mi nombre, os la concederá” (Juan 16, 23).

Renovemos, por lo tanto, nuestra fe en el Santísimo nombre de Jesús. Invocadlo con frecuencia, especialmente en las luchas interiores, en las tentaciones, en todas las dificultades, y si alguna vez tuviereis la desgracia de caer en pecado mortal. Que el nombre de Jesús esté siempre en nuestro corazón y en nuestros labios. Sea él nuestro alimento y nuestra esperanza en la hora de la muerte, al exhalar el último suspiro, y sea nuestra más segura prenda de la eternidad bienaventurada.

 

 

TEXTOS DE LA MISA

Introito. Filipenses 2,10-11.  Al nombre de Jesús se doblan todas las criaturas del cielo, tierra e infierno; y toda lengua confiesa que nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre. V/. Salmo.-  Oh Señor y Dios nuestro, cuán  glorioso es tu nombre en toda la tierra. V/. Gloria al Padre.

 

Colecta.- Oh Dios, que dispusiste que tu unigénito Hijo fuese el Salvador del mundo y se llamase Jesús; concédenos propicio gozar en los cielos de la vista de aquel cuyo santo nombre veneramos en la tierra. Por el mismo Señor nuestro Jesucristo.

 

Epístola.  Hechos, 4, 8-12 –

En aquellos días, Pedro, lleno del Espíritu Santo, dijo: Príncipes del pueblo y ancianos, escuchad: Ya que hoy se nos pide razón del bien que hemos hecho a un enfermo y se quiere saber por quién ha sido curado, os declaramos a todos y a todo el pueblo de Israel, que en nombre de nuestro Señor Jesucristo Nazareno, a quien crucificasteis, y Dios ha resucitado, se presenta sano ese hombre a vuestros ojos. Él es la piedra que vosotros, los constructores desechasteis, la cual ha venido a ser la piedra angular. La salvación no se halla en ningún otro. Pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual debamos salvarnos.

 

Gradual. Salmo 105. 47. Isaías 63, 26.-  Sálvanos, Señor Dios nuestro, y recógenos entre las naciones, para que confesemos tu santo nombre y nos gloriemos en tus alabanzas. V/.  Tú, Señor, eres nuestro Padre y nuestro Redentor; tal es tu nombre desde siempre.

Aleluya. Salmo 144, 22- Aleluya, aleluya. V/. Cante mi boca las alabanzas del Señor; bendigan todos los mortales su santo nombre. Aleluya.

 

Evangelio. Luc.2.21.-

En aquel tiempo llegado el día octavo, en que debía circuncidarse al niño, se le llamó con el nombre de Jesús, nombre que le dio el ángel, antes de ser concebido.

 

Ofertorio. Salmo 85 .12, 5.- Te alabaré Señor Dios mío con todo mi corazón, y glorificaré eternamente tu santo nombre, porque eres Señor suave y clemente, porque  eres rico en misericordia, para todos los que te invocan. Aleluya.

 

Secreta.-  Santifique tu bendición, oh clementísimo Dios, que sustenta a todas la criaturas, este nuestro sacrificio, que te ofrecemos a honra y gloria del nombre de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo; a fin de que  redunde en alabanza agradable a tu majestad, y nos aproveche para nuestra salvación. Por el mismo Señor nuestro Jesucristo.

 

Prefacio.- Realmente es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias, siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno. Porque gracias al misterio de la Palabra hecha carne, la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor, para que conociendo a Dios visiblemente, Él nos lleve al amor de lo invisible, por eso, con los Ángeles y Arcángeles y con todos los coros celestiales cantamos sin cesar el himno de tu gloria.

 

Comunión. Salmo 85, 9-10.- Todas las gentes que has creado, vendrán y se postrarán delante de ti, y glorificarán tu nombre Señor; porque eres grande y hacedor de maravillas. Tú eres el único Dios.  Aleluya.

 

Poscomunión. – Oh Dios omnipotente y eterno, que nos has creado y redimido, atiende propicio a nuestros votos y dígnate recibir benignamente el sacrificio de la hostia saludable que hemos ofrecido a tu majestad, en honor del nombre de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, para que, por tu gracia en nosotros infundida y por virtud del glorioso nombre de Jesús, merezcamos,  a título de la eterna predestinación, que estén nuestros nombres inscritos en los cielos. Por el mismo Señor nuestro Jesucristo.

 

TEXTOS EN LATÍN: http://www.rosarychurch.net/latin/holyname.html

 

FUENTE: http://rinconliturgico.blogspot.com/2014/01/el-santisimo-nombre-de-jesus.html

 

 

COMENTARIO

Hoy el comentario será el Proemio Litúrgico y los Santos Padres, ya que Castellani en su libro El Evangelio de Jesucristo, no tiene comentario sobre esta liturgia. Luego algunos escritos y dichos de Santos sobre el Santo Nombre de Jesús.

 

SANTOS PADRES

 Evangelio según san Lucas, 2:21-21 

 

Llegado el día octavo, en que debía ser circuncidado el Niño, le fue puesto por nombre Jesús, nombre que le puso el ángel antes que fuese concebido. (v. 21)

Beda, in hom, Circumcis. Dom

Una vez expuesta la natividad del Señor, el evangelista continúa diciendo: «Llegado el día octavo, en que debía ser circuncidado el Niño».

San Ambrosio

¿Qué niño sino Aquel de quien se ha dicho por Isaías ( Is 9,6): «Ahora que ha nacido un niño para nosotros, y se nos ha dado un hijo?» «Porque se sujetó a la ley para redimir a los que estaban debajo de la ley» ( Gál 4,4-5.).

San Epifanio, adversus haereses, 30

Los sectarios de Ebión y Cerinto dicen: Bástale al discípulo el ser como su maestro. Si, pues, se circuncidó Jesucristo, también tú debes circuncidarte. Pero se engañan destruyendo sus propios principios porque, si Ebión confesase que Cristo, Dios, bajando del cielo fue circuncidado al octavo día, entonces haría un argumento en favor de la circuncisión, pero como asegura que Jesucristo no es más que hombre, un niño no puede ser causa de que se lo circuncide, como no son los niños autores de su circuncisión. Nosotros confesamos que fue el mismo Dios quien bajó del cielo, y que en el seno de la Virgen permaneció el tiempo necesario para que se formase la carne de su humanidad, en la cual fue circuncidado real y no aparentemente el día octavo. Pero habiendo llegado las figuras a su efecto espiritual ni El, ni sus discípulos deben ya propagar las figuras, sino la verdad.

Orígenes, in Lucam, 14

Así como hemos muerto con El en su muerte, y hemos resucitado en su resurrección, así también hemos sido circuncidados con El; por lo cual de ninguna manera necesitamos ahora de la circuncisión carnal.

San Epifanio, adversus haereses, 30

Jesucristo se circuncidó por muchos motivos. En primer lugar para demostrar la verdad de su carne contra Maniqueo y los que dicen que no había venido sino aparentemente. Después, para hacer ver que su cuerpo no era consustancial de ningún modo a la divinidad, como dice Apolinar, y que no lo había traído del cielo, según afirma Valentino. Y, por último, a fin de confirmar la circuncisión que había instituido en otro tiempo para preparar su venida, como asimismo para que no quede ninguna excusa a los judíos. Porque si Jesucristo no hubiera sido circuncidado, objetarían que no podían recibirlo por estar incircunciso.

Beda, in hom, Circumcis. Dom

También para recomendarnos con su ejemplo la virtud de la obediencia y favorecer con su compasión a los que, viviendo bajo la ley, no habían podido llevar su yugo, para que el que había venido revestido de una carne semejante a la del pecado, no rechazase el remedio con el cual se acostumbraba purificar la carne de pecado. Porque la circuncisión prescrita en la ley obraba entonces la misma cura saludable contra la llaga del pecado original, que ahora el bautismo después de la gracia revelada, con la diferencia de que no se podía entrar en el reino de los cielos, sino solamente hallar después de la muerte el consuelo del descanso de la paz celestial en el seno de Abraham y esperar con dulce esperanza la entrada en la gloria.

San Atanasio, in serm. super Omnia mihi tradita sunt

No expresaba, pues, otra cosa la circuncisión, sino el despojo de la antigua generación, por lo cual se cortaba una parte del cuerpo, que es en la que existe la causa del nacimiento corporal. Esto se hacía en aquel tiempo en señal del bautismo, que había de establecer Jesucristo. Mas luego que vino la realidad, cesó la figura, puesto que en donde quedó destruido lo antiguo por medio del bautismo, era superfluo lo que antes representaba la sección de una parte del cuerpo.

San Cirilo

Se acostumbraba celebrar la circuncisión de la carne en el octavo día del nacimiento. También Jesucristo resucitó de entre los muertos el día octavo, y nos insinuó la circuncisión espiritual, diciéndonos: «Id y enseñad a todas las gentes bautizándolas» ( Mt 28,19).

Beda

En su resurrección también fue figurada nuestra doble resurrección, la de la carne y la del espíritu, porque Jesucristo circuncidado enseñó a nuestra naturaleza que debe purificarse ahora por sí misma de la mancha de sus vicios, y que en el último día será restaurada de la corrupción de la muerte. Y así como el Señor resucitó dentro del octavo día, esto es, después del séptimo, que es el sábado, así también después de las siete edades de este mundo y después de la séptima, que es el sábado de las almas, y que ahora se pasa esperando en la otra vida, habremos de resucitar como en la octava edad.

Cirilo

Según el precepto de la ley, en el mismo día recibió la imposición de un nombre, conforme a estas palabras: «Le fue puesto por nombre Jesús», que quiere decir Salvador, porque fue dado a luz para salvación de todo el mundo, como se figuró en su circuncisión, según lo que dice el Apóstol ( Col 2,11): «Habéis sido circuncidados con una circuncisión no operada por la mano del hombre con el despojo de la carne del cuerpo, sino con la circuncisión de Jesucristo»

Beda, in hom, Circumcis. Dom

Sucedió que se le impuso el nombre en el mismo día de su circuncisión, a imitación de lo que se observaba antiguamente. Así Abraham, que fue el primero que recibió el sacramento de la circuncisión, mereció ser bendito con la amplificación de su nombre en el día que lo recibió ( Gén 17.).

Orígenes, in Lucam, 14

Porque el nombre de Jesús es glorioso y muy digno de toda veneración, nombre que es superior a todos los nombres y que no debía ser pronunciado antes ni ser introducido por los hombres en el mundo. Y por esto dice el evangelista de un modo significativo: «Nombre que le puso el Angel», etc.

Beda

Sus escogidos también se alegran de participar de este nombre en su circuncisión espiritual, porque así como cristianos viene de Cristo, así salvados viene de Salvador, cuyo nombre les ha sido concedido por el Señor, no sólo antes de ser concebidos en el seno de la Iglesia por la fe, sino aun antes de todos los siglos.

 

 

REFLEXIONES Y DICHOS DE SANTOS SOBRE EL SANTO NOMBRE DE JESÚS

San  Francisco  de  Asís.

Este  ferviente  serafín  de  amor  encontró  su  deleite  repitiendo  el  amado Nombre  de  Jesús.  San  Buenaventura  dice  que  la  alegría  que  iluminaba  su  cara  y  el  tierno  acento  de  su  voz  mostraba  cuanto  le  gustaba  invocar  al  Santísimo  Nombre.

No  es  extraño,  entonces,  que  él  recibiera  en  sus  manos,  pies  y  costado  las  señales  de  las  cinco  heridas  de  Nuestro  Señor,  como  premio  a  su  ardiente  amor.

A  San  Ignacio  de  Loyola  no  le  ganaba  nadie  en  su  amor  al  Santo  Nombre.  No  dio  a  su  gran  orden  su  propio  nombre.  Lo  llamó  la  “Sociedad  de  Jesús”.  Este  divino  Nombre  ha  sido  una  protección  y  defensa  de  la  Orden  en  contra  de  sus  enemigos  y  una  garantía  de  la  santidad  de  sus  miembros.

Gloriosa,  por  cierto,  es  la  gran  Sociedad  de  Jesús.

San  Francisco  de  Sales  no  tiene  temor  en  decir  que  quien  tuviera  la  costumbre  de  repetir  el  Santo  Nombre  frecuentemente  puede  estar  cierto  de  una  muerte  santa  y  feliz.

Y  desde  luego  no  puede  haber  duda  en  esto  porque  siempre  que  decimos  “Jesús”  aplicamos  la Sangre  Salvadora  de  Jesús  a  nuestras  almas  mientras  que  al  mismo  tiempo  imploramos  a  Dios  cumplir  lo  prometido,  dándonos  todo  aquello  que  pidiéramos  en  Su  Nombre.  Todo  aquel  que  deseara  una  muerte  santa,  puede  asegurarla  repitiendo  el  Nombre  de  Jesús.

Esta  práctica  no  solamente  obtendrá  para  nosotros  una  muerte  santa,  sino  que  disminuirá  notablemente  el  tiempo  en  Purgatorio  y  muy  posiblemente  nos  librará  de  ese  horrible  fuego.

Muchos  santos  pasaron  sus  últimos  día  repitiendo  constantemente  “Jesús,  Jesús”.

Todos  los  doctores  de  la  Iglesia  están  de  acuerdo  al  decirnos  que  el  demonio  reserva  sus  más furiosas  tentaciones  para  nuestros  últimos  momentos,  y  llena  entonces  la  mente  del  moribundo  con  dudas,  miedos  y  tentaciones  espantosas, con  la  última  esperanza  de  llevar  la  infortunada  alma  al  infierno.  Felices  aquellos  que  en  vida  estuvieron  seguros  de acostumbrarse  a  nombrar  al  Nombre  de  Jesús.

Hechos  como  estos,  que  acabamos  de  mencionar,  están  fundados  en  la  vida  de  los  más grandes  siervos  de  Dios  que  hicieron  Santos  y  alcanzaron  los  más  altos  grado  de  santidad  por  este  simple  y  fácil  hecho.

San  Vicente  Ferrer,  uno  de  los  más  famosos  predicadores  que  el  mundo  jamás  ha  oído,  convirtió  a  los  más  pervertidos  criminales  y  los  transformó  en  los  más  fervientes  cristianos.

Convirtió  a  80.000  judíos  y  a  70.000  moros,  un  prodigio  que  no  hemos  leído  en  la  vida  de  otro  santo.  Tres  milagros  requiere  la  Iglesia  para  la  canonización  de  un  santo;  pero  en  la  bula  de  la  canonización  de  San  Vicente  se  cuentan  873. Este  gran  santo  quemado  por  el  Amor  del  Nombre  de  Jesús,  obró  extraordinarios  hechos  con este  Divino Nombre.

Nosotros,  sin  embargo,  pecadores  como  somos,  podemos  con  este  Omnipotente  Nombre  obtener  todos  los  favores  y  gracias.  El  más  débil  de  los  mortales  se  puede  convertir  en  fuerte, el  más  afligido  encuentra  en  Él  consolación  y  alegría.

¿Quién  puede  ser  tan  tonto  o  negligente  como  para  no  tener  por  costumbre  de  repetir  “Jesús,  Jesús,  Jesús”  constantemente?.  No  nos  cuesta  nada.  No  presenta  dificultad  alguna  y  es  un  infalible  remedio  para  todos  los  males.

Beato  Gonzalo  de  Amarante  alcanzó  un  altísimo  grado  de  santidad  repitiendo  con  frecuencia  el  Santo  Nombre.

Beato  Gil  de  Santarem  sintió  tal  amor  y  deleite  al  decir  el  Santo  Nombre  que  se  levitó  en  éxtasis.  Aquellos  que  repiten  frecuentemente  elnombre  de  Jesús  sienten  una  gran  paz  en  su  alma.  “Esa  paz  que  el  mundo  no  puede  dar”,  la  cual  sólo  Dios  da,  “una  paz  que  sobrepasa  todo entendimiento”.

San  Leonardo  de  Puerto  Mauricio  apreciaba  una  tierna  devoción  al  Nombre  de  Jesús  y  en  sus  continuas  misiones  enseñaba  a  la  gente  que  le  rodeaba  para  escuchar  las  maravillas  del  Santo  Nombre.  Esto  lo  hacía  con  tal  amor  que  las  lágrimas  caían  de  sus  ojos  y  de  los  ojos  de  todos aquellos  que  lo  escuchaban.

Les  rogó  que  pusieran  una  estampa  con  este  Divino  Nombre  en  sus  puertas.  Esto  fue  asistido con  los  resultados  más  felices,  para  muchos,  fueron  salvados  de  enfermedades  y  desastres  de  varias  clases.

Uno,  desafortunadamente,  no  lo  pudo  hacer  porque  el  dueño  de  la  casa  en  que  vivía,  siendo  judío,  se  negó  rotundamente  a  que  apareciera  el  Nombre  de  Jesús  en  la  puerta.  Él  y  otro  huésped,  decidieron,  entonces,  ponerlo  en  las  ventanas,  y  así  lo  hicieron.  Algunos  días  más

tarde,  un  furioso  fuego  irrumpió  en  el  edificio  que  destruyó  todos  los  apartamentos  que pertenecían  al  judío;  pero  las  habitaciones  de  los  vecinos  cristianos  no  sufrieron  ningún  daño.

Este  hecho  fue  hecho  público  e  incrementó  la  fe  y  confianza  en  el  Santo  Nombre  de  nuestro  Salvador.  De  hecho,  toda  la  ciudad  de  Ferrajo  fue  testigo  de esta  extraordinaria  protección.

San  Edmundo  tenía  una  devoción  especial  al  Nombre  de  Jesús,  que  el  mismo  Nuestro  señor  le  enseñó.  Un  día,  cuando  él  estaba  en  el  campo  separado  de  sus  compañeros,  un  hermosos  niño  se  puso  a  su  lado  y  le  preguntó:  “¿Edmundo,  me  conoces?”.  Edmundo  contestó  que  no.

Entonces  el  niño  replicó: “Mírame  y  verás  quien  soy  yo”.  Edmundo  lo  miró  como  le  mandó  y  vio  escrito  en  la  frente  del  Niño:  “

Jesús  de  Nazaret,  Rey  de  los  Judíos”.  “sabes  quién  soy”  le  dijo  el  Niño.  “Todas  las  noche  haz  la  señal  de  la  cruz  y  di  estas  palabras:  “Jesús  de  Nazaret,  Rey  de  los  Judíos”.  Si  así  lo  haces,  esta  oración  te  liberará  y  a  todo  el  que  la  diga,  de  una repentina  y  súbita  muerte”.

Edmundo  hizo  fielmente  lo  que  Nuestro  Señor  le  dijo.  El  demonio,  una  vez  trató  de  impedirle,  agarrándole  las  manos  para  que  no  pudiera  hacer  la  señal  de  la  cruz.  Edmundo  invocó  el  Nombre  de  Jesús  y  el  demonio  huyó  de  terror,  sin  molestarle  más  en  el  futuro.

Mucha  gente  practica  esta  fácil  devoción  y  así  se  salva  de  muertes  infelices.  Otras,  con  su  dedo  índice,  imprimen  con  agua  bendita  en  sus  frentes  las  cuatro  letras  “I.N.R.I.”,  que  significa  Jesus  Nazarenus  Rex  Judeorum,  las  palabras  escritas  por  Pilato  en  la  Cruz  de  Nuestro Señor.

San  Alfonso  recomienda  con  fervor  ambas  devociones.

Santa  Francisca  de  Roma  disfrutaba  del  extraordinario  privilegio  de  ver  y  hablar  constantemente  con  su  Ángel  de  la  Guarda.  Cuando  ella  pronunciaba  el  Nombre  de  Jesús,  el  Ángel  estaba  radiante  de  felicidad  y  se  agachaba  en  ferviente  adoración.

Algunas  veces  el  demonio  se  atrevió  a  aparecérsele  buscando  el  amedrentarla  y  hacerle  daño.

Pero  cuando  ella  pronunciaba  el  Santo  Nombre,  se   llenaba  de  rabia  y  odio  y  huía  con  terror  de  su  presencia.

Santa  Juana  Francisca  de  Chantal,  la  más  querida  amiga  de  San  Francisco  de  Sales,  tenía  muchas  devociones  hermosas  enseñadas  por  este  Santo  Doctor,  que  por  muchos  años  actuó  como  su  director  espiritual.  Ella  amó  tanto  el  santo  Nombre  que  lo  escribió  con  una  plancha caliente  en  su  pecho.

Beato  Enrique  Suso  hizo  lo  mismo  con  un  palo  de  acero  puntiagudo.

No  podemos  aspirar  a  estos  santos  atrevimientos;  con  razón  nos  faltaría  la  fortaleza  de  grabar  el  Santo  Nombre  en  nuestro  pecho.  Esto  necesita  una  inspiración  especial  de  Dios,  pero podemos  seguir  el  ejemplo  de  otra  querida  Santa  comoB eata  Catalina  de  Racconigi,  una  hija de  Santo  Domingo,  que  repetía  frecuente  y  fervorosamente  el  Nombre  de  Jesús,  así  que  después  de  su  muerte  el  Nombre  de  Jesús  fue  grabado  con  letras  de  oro  en  su  corazón.  Todos podemos  hacer  como  ella  hizo  y  entonces  el  nombre  de  Jesús  será  blasonado  en  nuestras  almas  por  toda  la  eternidad  al  lado  de  los  Ángeles  y  los  Santos  en  el  Cielo.

Santa  Gema  Galgani

.  Casi  en  nuestros  días,  esta  querida  muchacha  Santa  también  tenía  el  privilegio  de  conversar  frecuente  e  íntimamente  con  su  Ángel  de  la  Guarda.  Algunas  veces  el Ángel  y  Gema  se  retaban  en  santa  batalla  a  ver  cuál  de  ellos  decía  con  más  fervor  el  Nombre  de  Jesús.

Sus  entrevistas  con  el  Ángel  eran  de  naturaleza  simple  y  familiar,  hablaba  con  él,  observaba  su  cara,  le  hacía  muchas  preguntas  a  las  cuales  él  respondía  con  inefable  amor  y  afecto.

Él  llevó  mensajes  de  ella  a  Nuestro  Señor,  a  la  Santísima  Virgen  y  a  los  Santos  y  le  trajo  sus  respuestas.

Además,  este  glorioso  Ángel  llevó  a  cabo  el  más  tierno  de  los  cuidados  a  su  protegida.  Él  la  enseñó  a  rezar  y  meditar  especialmente  en  la  Pasión  y  sufrimiento  de  Nuestro  Señor.  Le  dio  admirables  consuelos  y  amables  reprimendas  cuando  cometía  alguna  pequeña  falta.  Bajo  su  tutela,  Gema  alcanzó  rápidamente  un  alto  grado  de  perfección.

Capítulo  8

LA  DOCTRINA  DEL  SANTO  NOMBRE

Explicaremos  ahora  la  doctrina  del  Santo  Nombre  –el  capítulo  más  importante  de  este  libro-  para  mostrar  a  nuestros  lectores  de  donde  viene  el  poder  y  el  divino  valor  de  este  Nombre  y  cómo  los  santos  obraron  maravillas  por  Él  y  cómo  nosotros  podemos  obtener  por  su  eficacia  todas  las  bendiciones  y  gracias.

Puedes  preguntar,  querido  lector,  ¿cómo  puede  ser  que  una  sola  palabra  pueda  obrar  tales  prodigios?

Contesto  que  con  una  palabra  Dios  hizo  el  mundo.  Con  su  palabra,  Él  hizo  de  la  nada  el  sol,  la  luna,  las  estrellas,  las  altas  montañas,  y  los  vastos  océanos.  Por  su  palabra  sostiene  la  existencia  del  universo.

¿No  hace  el  sacerdote  también,  en  la  Santa  Misa,  el  prodigio  de  prodigios?  ¿No  transforma  la  pequeña  hostia  blanca  en  el  Dios  del  Cielo  y  de  la  tierra  con  las  palabras  de  la  Consagración?  Y  aunque  Dios  solamente  puede  perdonar  los  pecados,  ¿no  lo  hace  el  sacerdote  también  en  el  confesionario  perdonando  los  más  negros  pecados  y  los  más  espantosos  crímenes?

¿Cómo?  Porque  Dios  da  a  sus  palabras  infinito  poder.

Así,  también  Dios,  en  su  inmensa  bondad  da  a  cada  uno  de  nosotros  una  palabra todopoderosa  con  la  cual  podemos  hacer  maravillas  por  Él,  para  nosotros  mismos  y  para  el  mundo.  Esa  palabra  es  “Jesús”.

Recuerda  lo  que  San  Pablo  nos  dice:  “Este  es  el  nombre  por  encima  de  todo  nombre”,  y  que  “. .  .  al  Nombre  de  Jesús  doblan  las  rodillas  todas  las  criaturas  del  cielo,  tierra  e  infierno”.

Pero,  ¿por  qué?

Porque  “Jesús”  significa  Dios  hecho  hombre.  Por  ejemplo,  en  la  Encarnación  cuando  el  Hijo  de  Dios  se  hace  hombre,  es  llamado  Jesús  así  que  cuando  decimos  “Jesús”  ofrecemos  al  Eterno  Padre  el  infinito  amor  y  los  méritos  de  Jesucristo.  En  una  palabra,  Le  ofrecemos  Su  Santísimo Hijo  Divino,  Le  ofrecemos  el  gran  Misterio  de  la  Encarnación.  Jesús  es  la  Encarnación.

¡Que  pocos  son  los  cristianos  que  tienen  una  idea  adecuada  de  este  misterio  sublime  y  sin  embargo  es  la  mayor  prueba  que  Dios  nos  ha  dado,  o  pudiera  darnos,  de  Su  amor  personal  para  nosotros!  Esto  lo  es  todo  para  nosotros.

LA  ENCARNACIÓN

Dios  se  hizo  hombre  por  amor  a  nosotros,  pero  ¿de  qué  nos  sirve  si  no  entendemos  este  amor?

Dios,  el  Infinito,  el  Inmenso,  Eterno,  el  Dios  Todopoderoso,  el  Creador  Omnipotente,  el  Dios  que  llena  el  Cielo  con  su  Majestad,  su  Grandeza  y  se  hace  niñito  para  ser  como  nosotros  y  así  ganar  nuestro  amor.

Él  entró  en  el  vientre  puro  de  la  Virgen  María  y  allí  se  echó  escondido  por  nueve  meses  enteros.  Entonces  nació  en  un  establo  entre  dos  animales.  Era  pobre  y  humilde.  Pasó  33  años  trabajando,  sufriendo,  rezando,  enseñando  su  hermosa  Religión,  obrando  milagros,  haciendo  bien  a  todos.  Él  hizo  todo  esto  para  probar  su  amor  por  cada  uno  de  nosotros  y  así  nos  obliga  a  amarle.

Este  estupendo  acto  de  amor  ha  sido  tan  grande  que  incluso  ni  los  más  altos  ángeles  de  cielo pudieron  concebir  que  esto  fuera  posible  si  Dios  no  se  los  hubiera  revelado.

Fue  tan  grande  que  los  judíos,  el  pueblo escogido  por  Dios,  que  estaban  esperando  a  un  Salvador  se  escandalizaron  al  pensar  que  Dios  pudiera  hacerse  tan  humilde.

Los  filósofos  gentiles,  a  pesar  de  su  supuesta  sabiduría,  dijeron  que  era  una  locura  el  pensar  que  Dios  Omnipotente  pudiera  hacer  tanto  por  amor  a  los  hombres.

San  Pablo  dice  que  Dios  gastó  todo  su  poder,  sabiduría  y  bondad  haciéndose  hombre  por  nosotros:  “Él  se  desgastó”.

Nuestro  Señor  confirma  las  palabras  del  Apóstol  cuando  dice:  ¿Qué  más  puedo  hacer?

Todo  esto  lo  hizo  Dios  no  por  todos  los  hombres  en  general,  sino  por  cada  uno  de  nosotros  en particular.  Piensa,  piensa  en  esto.

Lo  crees,  lo  entiendes,  querido  lector,  que  Dios  te  quiere  tanto,  tan  íntimamente,  tan  personalmente.  ¡Que alegría,  que  consolación!  Si realmente  supieras  y  sintieras  que  este  Gran  Dios  te  quiere  –a  ti-  tan  sinceramente!

Nuestro  Señor  ha  hecho  aún  más,  nos  ha  dado  todos  sus  méritos  infinitos  para  que  así  podamos  ofrecerlos  al  Eterno  Padre  tan  a  menudo  como  queramos,  cientos  o  miles  de  veces  al  día.

Y  eso  es  lo  que  podemos  hacer  cada  vez  que  decimos  “Jesús”  si  solamente  recordamos  lo  que  estamos  diciendo.

Estarás,  quizás,  sorprendido  de  esta  maravillosa  doctrina.  ¿Nunca  lo  has  oído  antes?

Pero  ahora  por  lo  menos  ya  sabes  las  infinitas  maravillas  del  Nombre  de  “Jesús”.  Di  este  Santo  Nombre  constantemente.  Dilo  devotamente.

Y  en  el  futuro,  cuando  digas  “Jesús”,  recuerda  que  estás  ofreciendo  a  Dios  todo  el  infinito  amor  y  los  méritos  de  Su  Hijo.  Tú  estás  ofreciéndole  Su  Divino  Hijo.  No  puedes  ofrecer  nada  más  santo,  nada  mejor,  nada  que  más  le  agrade,  nada  más  meritorio  para  ti.

Que  desagradecidos  son  aquellos  que  nunca  dan  gracias  a  Dios  por  todo  lo  que  Él  ha  hecho por  ellos.  Hombres  y  mujeres  que  viven  30,  50,  70  años  y  nunca  piensan  en  agradecer  a  Dios  por  Su  maravilloso  amor.

Cuando  dices  el  Nombre  de  Jesús,  recuerda  también  agradecer  a  nuestro  Dulce  Salvador  por  Su  Encarnación.

Cuando  estaba  en  la  tierra,  curó  diez  leprosos  de  su  odiosa  enfermedad.  Estaban  tan  contentos  que  se  marcharon  llenos  de  alegría  y  felicidad,  pero  ¡solamente  uno  volvió  para  darle  las  gracias!  Jesús  estaba  dolido  y  dijo: ¿Dónde  están  los  otros  nueve?

No  tendría  que  sentir  tristeza  y  dolor  con  mucha  más  razón,  que  le  agradecemos  tan  poco  por  lo  que  Él  ha  hecho  por  nosotros  en  la  Encarnación  y  en  Su  Pasión.

Santa  Gertrudis  solía  agradecer  a  Dios  a  menudo  con  una  pequeña  jaculatoria,  por  su  bondad,  en  haberse  hecho  hombre  por  ella.  Nuestro  Señor  se  le  apareció  un  día  y  le  dijo:  “Mi  querida  niña,  cada  vez  que  tú  honras  mi  encarnación  con  esa  pequeña  plegaria,  vuelvo  a  mi  Eterno

Padre  y  le  ofrezco  todos  los  méritos  de  la  Encarnación  por  ti  y  por  todos  los  que  hacen  como  tú”.

¿No  tendríamos  que  tratar  de  decir:  “Jesús,  Jesús,  Jesús”  a  menudo?  Seguramente recibiríamos esta  maravillosa  gracia.

LA  PASION

El  segundo  significado  de  la  palabra  “Jesús”  es  “Jesús  muriendo  en  la  Cruz”.  San  Pablo  nos  dice  que  Nuestro  Señor  mereció  este  Santísimo  Nombre  por  sus  sufrimientos  y  muerte.

Entonces,  cuando  decimos  “Jesús”  deberíamos  de  ofrecer  también  la  Pasión  y  Muerte  de  Nuestro  Señor  al  Eterno  Padre  por  su  excelsa  gloria  y  por  nuestras  propias  intenciones.

Nuestro  Señor  se  hace  hombre  por  cada  uno  de  nosotros, como  si  fuéramos  el  único  hombre  sobre  la  tierra.  Así  que  Él  murió  no  por  todos  los  hombres  en  general,  sino  por  cada  uno  en  particular.  Cuando  Él  estaba  colgado  de  la  cruz  me  vio  a  mí  y  te  vio  a  ti,  querido  lector  y

ofreció  todas  las  angustias  de  su  horrible  agonía,  cada  gota  de  su  Preciosa  Sangre,  todas  sus  humillaciones,  todos  los  insultos  y  atrocidades.  Él  las  ofreció  por  ti,  por  mí,  ¡por  cada  uno  de  nosotros!  Él  nos  dio  todos  estos  méritos  infinitos  como  si  fueran  nuestros.  Podemos  ofrecer cientos  y  cientos  de  veces  al  día  al  Eterno  Padre,  por  nosotros  mismos  y  por  el  mundo.

Hacemos  esto,  cada  vez  que  decimos  “Jesús”.  Al  mismo  tiempo  damos  gracias  a  Dios  por  todo  lo  que  ha  sufrido  por  nosotros.

Llama  la  atención  que  muchos  cristianos  sepan  tan  poco  del  Santo  Nombre  y  de  todos  sus  significados.  Como  resultado,  están  perdiendo  sus  preciosas  gracias  todos  los  días  y  están  perdiendo  los  más  grandes  premios  en  el  Cielo.  ¡Triste,  deplorable  ignorancia!

COMO  COMPARTIR  EN  500.000  MISAS

La  tercera  intención  que  debemos  tener  al  decir  “Jesús”  es  ofrecer  todas  las  Misas  que  se  han  dicho  en  todo  el  mundo  por  la  Gloria  de  Dios,  por  nuestras  propias  necesidades  y  por  el  mundo  en  sí.  Alrededor  de  500.000  Misas  son  celebradas  diariamente,  y  nosotros  podemos  y deberíamos compartir  con  todas.

La  Misa  nos  trajo  Jesús.  Él,  de  nuevo,  se  hace  hombre.  Se  renueva  la  Encarnación  en  cada  Misa  tan  realmente  como  cuando  se  hizo  hombre  en  el  vientre  de  su  Madre.  También  se  sacrifica  en  el  altar  tan  real  y  verdaderamente

como  lo  hizo  en  el  Calvario  aun  que  de  una  manera  mística,  sin  sangrar.  La  Misa  se  dice  no  solamente  para  los  que  asisten  a  ella  en  la  iglesia,  sino  para  todos  que  desean  oírlo  y  ofrecerlo  con  el  sacerdote.

Todo  lo  que  tenemos  que  hacer  es  decir  con  reverencia  “Jesús,  Jesús”  con  la  intención  de  ofrecer  estas  Misas  y  participar  en  ellas.

Es  una  gracia  maravillosa  asistir  y  ofrecer  una Misa,  pero  ¡no  sería  mejor  ofrecer  y  compartir  en  500.000  Misas  todos  los  días?

Entonces  cada  vez  que  decimos  “Jesús”  sea  esta  nuestra  intención.

  1. Ofrecer  a  Dios  todo  el  infinito  amor  y  méritos  de  la  Encarnación.
  2. Ofrecer  a  Dios  la  Pasión  y  Muerte  de  Jesucristo.
  3. Ofrecer  a  Dios  todas  las Misas  celebradas  en  el  mundo,  por  su  gloria  y  nuestras  propias  intenciones.

Todo  lo  que  tenemos  que  hacer  es  decir  la  palabra Jesús”,  pero  sabiendo  lo  que  hacemos.

Santa  Matilde  estaba  acostumbrada  a  ofrecer  la  Pasión  de  Jesús  en  unión  con  todas  las  Misas  del  mundo  por  las  ánimas  del  Purgatorio.

Nuestro  Señor  le  mostró  una  vez  el  Purgatorio  abierto  y  miles  de  almas  subían  al  cielo  como  resultado  de  su  pequeña  oración.

Cuando  decimos  “Jesús”  podemos  ofrecer  la  Pasión  y  las  Misas  del  mundo  no  solamente  por  nosotros  sino  por  las  ánimas  del  Purgatorio  y  por  la  intención  que  queramos.

Siempre  habrá  que  ofrecerlas  por  el  mundo  entero  y  por  nuestro  propio  país  en  particular.

Capítulo  9

PODEMOS  PEDIRLO  TODO EN  EL  NOMBRE  DE  JESÚS

Los  ángeles  son  nuestros  más  queridos  y  mejores  amigos  y  son  los  que  están  más  preparados  y  pueden  ayudarnos  en  toda  dificultad  y  peligro.

Es  una  pena  que  muchos  Católicos  no  conocen,  ni  aman,  ni  piden  la  ayuda  de  los  ángeles.  La  manera  más  fácil  de  hacerlo  es  decir  el  Nombre  de  Jesús  en  su  honor.  Esto  les  da  gran  alegría  y  ellos,  como  respuesta,  nos  ayudará  en  todos  nuestros  problemas  y  nos  salvarán  de  muchos  peligros.

Digamos  el  Nombre  de  Jesús  en  honor  de  todos  los  ángeles  pero  especialmente  en  honor  de  nuestro  querido  ángel  de  la  guarda,  que  tanto  nos  quiere.

Nuestro  Dulce  Salvador  está  presente  en  millones  de  Hostias  consagradas  en  innumerables

iglesias  católicas  del  mundo.  Durante  muchas  horas  al  día  y  durante  las  largas  horas  de  la  noche,  Él  es  olvidado  y  dejado  solo.

Podemos  hacer  mucho  para  consolarle  y  confortarle  diciendo:  “Jesús  te  quiero,  te  adoro  en  todas  las  Hostias  consagradas  del  mundo,  y  te  doy  gracias  con  todo  mi  corazón  por  haberte  quedado  en  todos  los  altares  del  mundo  por  amor  nuestro”.  Entonces  di veinte,  cincuenta veces  o aún más  el  Nombre  de  Jesús  con  esta  intención.

Podemos  hacer  la  más  perfecta  penitencia  por  nuestros  pecados  ofreciendo  la  Pasión  y  Sangre de  Jesús  muchas  veces  al  día  con  esta  intención.

La  Preciosa  Sangre  purifica  nuestras  almas  y  nos  eleva  a  un  alto  grado  de  santidad.  ¡Es  todo tan  fácil!  Tenemos  solamente  que  repetir  amorosamente,  alegremente  y  con  reverencia  “Jesús,  Jesús,  Jesús”.

Si  estamos  tristes  o  deprimidos,  si  estamos  preocupados  con  miedo  y  dudas,  este  Divino  Nombre  nos  dará  una  deliciosa  paz.  Si  somos  débiles  e  indecisos  nos  dará  nueva  fuerza  y  energía.

Cuando  Jesús  estaba  en  la  tierra,  ¿no  fue  a  consolar  y  confortar  a  todos  aquellos  que  eran  infelices?  Aun  lo  hace  todos  los  días  por  aquellos  que  lo  piden.

Si  estamos  sufriendo  por  problemas  de  salud  y  tenemos  dolores,  si  alguna  enfermedad  está  afectando  nuestro  pobre  cuerpo,  Él  puede  curarnos.  ¿Acaso  Él  no  curó  a  los  enfermos,  los  cojos,  los  ciegos,  los  leprosos?  No  nos  dijo:  “Venid  a  mí  vosotros  los  que  estáis  cansados,  y  abrumados  que  yo  os  aliviaré”.  Muchos  podrán  tener  buena  salud  si  solamente  pidieran  a  Jesús  por  ella.  No  obstante,  consulta  a  los  médicos,  usa  los  remedios  que  te  den  pero  por  encima  de  todo  ¡pídele  a  Jesús!

El  Nombre  de  Jesús  es  la  más  corta,  la  más  fácil,  la  más  poderosa  de  todas  las  plegarias.

Nuestro  Señor  nos  dice  que  podemos  pedir  al  Padre  en  Su  Nombre,  por  ejemplo,  en  el  Nombre  de  Jesús,  y  recibiremos.  Todas  las  veces  que  decimos  “Jesús”,  estamos  diciendo  una  fervorosa  oración  por  todo,  todo  lo  que  necesitamos.

Las  ánimas  del  Purgatorio.  Es  muy  lamentable  que  muchos  Cristianos  olviden  y  abandonen  a  las  ánimas  del  Purgatorio.  Es  posible  que  algunos  de  nuestros  más  queridos  amigos  estén  sufriendo  en  este  terrible  fuego,  esperando  nuestras  oraciones  y  ayuda, que  pudiéramos dársela  tan  fácil  y  no  se  la  damos.

Tenemos  pena  de  los  pobres  que  vemos  en  las  calles,  por  los  hambrientos  y  por  aquellos  que sufren.  Nadie  sufre  más  terriblemente  como  las  ánimas  de  Purgatorio  por  el  fuego,  como  Santo  Tomas  nos  dice,  ¡es  lo  mismo  que  el  fuego  del  infierno!.

¿Con  qué  frecuencia,  querido  lector,  rezas  tú  por  las  ánimas?  ¡Días,  semanas,  quizás  meses  pasan  y  haces  poco  por  ellas  o  quizás  nada!

Puedes  ayudarlas  fácilmente  si  dices  con  frecuencia  el  Nombre  de  Jesús,  porque  a)  tú  así  ofreces  por  ellas  la  Preciosa  Sangre  y  sufrimientos  de  Jesucristo,  como  hemos  explicado,  b)  ganas indulgencia  cada  vez  que  dices  “Jesús”.

Ten  la  costumbre  de  repetir  el  Santo  Nombre  a  menudo  y  podrás  como  Santa  Matilde  aliviar  miles  de  almas  que  desde  entonces  no  cesarán  de  rezas  por  ti  con  increíble  fervor.

EL  ESPANTOSO  CRIMEN  DE  LA  INGRATITUD

Damos  las  gracias  a  nuestros  amigos  efusivamente  por  cualquier  pequeño  favor  que  nos  hacen.  Pero  olvidamos  o  abandonamos  el  dar  gracias  a  Dios  por  Su  inmenso  amor  hacia  nosotros,  por  haberse  hecho  hombre  por  nosotros,  por  morir  por  nosotros,  por  todas  las  Misas  que  podemos  oír,  y  las  Sagradas  Comuniones  que  podemos  recibir  y  no  recibimos.  ¡Que  negra  ingratitud!

Repitiendo  a  menudo  el  Nombre  de  Jesús,  corregimos  esta  grave  falta  y  agradecemos  a  Dios  y  le  damos  gran  gozo  y  gloria.

¿No  desearías  dar  alegría  a  Dios?  ¿Quieres?  Entonces,  querido  amigo,  agradece,  agradece  a  Dios.  Él  está  esperando  tus  gracias.

DIOS  AMA  A  CADA  UNO

Hemos  dicho  que  Nuestro  Señor  en  los  espantosos  sufrimientos  de  Su  Pasión,  en  la  agonía  en  el  huerto,  cuando  estaba  colgando  de  la  cruz,  nos  vio  a  todos  y  ofreció  –por  cada  uno  de  nosotros-  todos  los  dolores  y  cada  gota  de  Su  Preciosa  Sangre.

¿Puede  ser  posible  que  Dios  es  tan  bueno  que  piensa  en  cada  uno  de  nosotros,  que  nos  ame  tanto?

Nuestros  pobres  corazones  y  mentes  son  pequeñas  y  corrompidas  y  encuentran  difícil  el  creer  que  Dios  pueda  ser  tan  bueno,  que  se  molesta  por  nosotros.

Pero  Dios,  como  es  omnipotente,  infinitamente  sabio,  es  también  infinitamente  bueno,  generoso  y  amable.  Para  entender  cómo  Dios  pensó  en  cada  uno  de  nosotros  durante  su  Pasión  cuando  estaba  colgado  en  la  cruz,  solamente  tenemos  que  recordar  lo  que  pasa  en  las  millones  de  Sagradas  Comuniones  recibidas  todos  los  días.

Dios  viene  a  cada  uno  de  nosotros  con  toda  la  plenitud  de  la  Divinidad.  Él  entra  dentro  de  cada  uno  de  nosotros  tan  entero  y  completamente  como  está  en  el  Cielo.  Él  viene  a  cada  uno  de  nosotros  como  si  esa  persona  fuera  la  única  que  le  recibiera  ese  día.  Él  viene  con  un  infinito  amor  por  nosotros  mismos.  Así  lo  creemos  todos.

¿Cómo  entra  dentro  de  nosotros?  Él  no  solamente  entra  en  nuestra  boca,  nuestros  corazones.  Él  viene  dentro  de  nuestras  almas.  Se  une  a  nuestras  almas  tan  íntimamente  que  se  hace  en  una  manera  maravillosa  uno  con  nosotros.

Pensemos  por  un  momento  en  cómo  el  Gran,  Omnipotente,  Eterno  Dios  está  en  nuestras  almas  en  la  forma  más  íntima  posible  y  que  está  allí  con  todo  Su  infinito  amor,  que  se  queda  allí,  por  un  momento  sino  por  cinco,  diez  o  más  minutos  y  esto  no  solamente  una  vez  sino  todos  los  días  si  así  lo  deseamos.

Si  pensamos  y  entendemos  esto  será  fácil  ver  cómo  Él  ofreció  todos  sus  méritos  y  todos  sus  sufrimientos  por  cada  uno  de  nosotros.

EL  DEMONIO Y  EL  NOMBRE  DE  JESÚS

El  peor  mal,  el  más  grave  peligro  que  nos  amenaza  a  cada  uno  de  nosotros  todos  los  días  y  todas  las  noches  de  nuestras  vidas,  es  el  diablo.

San  Pedro  y  San  Pablo  nos  avisan  en  el  más  fuerte  lenguaje  tener  cuidado  con  el  diablo,  está  usando  todo  su  tremendo  poder,  su  gran  inteligencia,  para  arruinarnos  y  hacernos  daño  en  todas  las  formas.  No  hay  peligro  o  enemigo  en  el  mundo  que  temer  como  deberíamos  temer  al  diablo.

Él  no  puede  atacar  a  Dios,  así  que  vuelve  todo  su  implacable  odio  y  malicia  contra  nosotros.

Nosotros  estamos  destinados  a  ocupar  los  tronos  que  él  y  los  otros  malos  ángeles  perdieron  y  eso  le  anima  su  furor.  Muchos  tontos  e  ignorantes  católicos  nunca  piensan  en  esto.  Nunca  se  cuidan  en  defenderse  y  dejan  que  el  diablo  les  provoque  infinito  daño  y  les  cause  indecibles sufrimientos.

Nuestro  mejor  y  más  fácil  remedio  es  el  Nombre  de  Jesús.  Echa  al  demonio  volando  de  nuestro  lado  y  nos  salva  de  innumerables  males.

Oh,  queridos  lectores,  decid  constantemente  este  poderoso  Nombre  y  el  demonio  no  podrá haceros  daño.  Decidlo  en  todos  los  peligros,  en  todas  las  tentaciones.  Despertad,  si  habéis  estado  durmiendo.  Abrid  los  ojos  al  terrible  enemigo  que  está  siempre  asechando  vuestra  ruina.

Sacerdotes  debieran  predicar  en  este  importante  asunto.

Tendrían  que  avisar  a  sus  penitentes  en  el  confesionario  en  contra  del  diablo.  Aconsejen  a  la  gente  cómo  evitar  malas  compañías,  que  puedan  encaminarles  a  llevar  malas  vidas.  La  influencia  del  demonio  es  incomparablemente  más  peligrosa  aun.

Maestros,  catequistas  y  madres  debieran  constantemente  avisar  a  sus  niños  en  contra  del  diablo.  ¡Aun  así,  todos  sus  esfuerzos  serán  pocos!

 

 

 

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