Vicente Montesinos

 

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Juzgar… Juzgar… Los que trabajamos civilmente “juzgando” o “haciendo ejecutar lo juzgado”; estamos acostumbrados a la típica broma del medio-catoliquillo de turno, diciéndote: “vais a ir al infierno, (en el que tampoco creen, por cierto) porque no se puede juzgar”; “no juzguéis y no seréis juzgados”; y demás mal traídas simpleces; que siempre nos tomamos a risa, y ya. Poco más.

Claro; como en muchas otras cosas; la anécdota se ha convertido en causa general; dentro de los “aires” de este “pontificado”; y aprovechándose por los medios de comunicación (y por tanto ya por todos) las palabras mencionadas por Bergoglio al finalizar la jornada mundial de la juventud en Brasil acerca del “juzgar”

Hoy la palabra “juzgar” en nuestros ámbitos ha sido tan mal interpretada que se ha hecho de ella un tabú; y hasta aquellos de los que se suponía un fuerte compromiso católico repiten con simplismo el cansino mantra: “no se debe juzgar nunca a nadie”.

Y eso es falso. No podemos sostener de modo general esa idea dentro de la Iglesia; y no estaría de más formarnos sobre el sentido de “juzgar” en la Biblia, para evitar que siga sucediendo lo que sucede hoy: que nos sigamos lavando las manos en mil situaciones terribles so pretexto de “no juzgar”.

Y es que entre la mala interpretación de la frase de Jesús: “no juzguéis y no seréis juzgados”; la alegría que produce el mal entendimiento de la misma en las almas laxas; y el relativismo imperante y potenciado desde las más altas esferas; se ha caído y se sigue cayendo en esta errónea actitud.

 

Hoy la palabra “juzgar” en nuestros ámbitos ha sido tan mal interpretada que se ha hecho de ella un tabú; y hasta aquellos de los que se suponía un fuerte compromiso católico repiten con simplismo el cansino mantra: “no se debe juzgar nunca a nadie”. 

 

Aprendamos pues a juzgar al estilo de Cristo; como él quiere, e incluso exige.

Para ello tengamos en cuenta en primer lugar que en el Antiguo Testamento juzgar es “shapat”; que tiene el sentido de guiar, liberar, reinar o discernir. Es pues “juzgar”, como se atestigua desde múltiples pasajes y en este contexto, algo tan bueno, que el rey más sabio pidió sabiduría para poder juzgar y así poder “discernir el bien del mal”.

Nótese entre otras Dt. 16, 18-20 (“Establecerás jueces y escribas para tus tribus en cada una de las ciudades que Yahveh te da; ellos juzgarán al pueblo con juicios justos”) y Lev 19,15 (“…que juzgarás con justicia a tu prójimo”.)

Juzgar es algo bueno, habitual y correcto, pues, siempre que se haga de manera justa. Ahí está el quid de la cuestión.

 

Pero podemos seguir con el Nuevo Testamento. No se crean. En él para juzgar se usa “krinete” y “anakrinetai”, provenientes del griego. La primera usada en “no juzguen para no ser juzgados”, y la segunda sin embargo como “discernir” o “juzgar para separar” (1 Corintios 2,14 o 1 Tesalonicenses 5,21) Pero es que hasta “krinete” es usada por si mismo de forma negativa y positiva. Lo que ocurre que al ser traducida al español la palabra juzgar tiene un significado diferente, al venir del latín “iudicare”, que significa “veredicto”; como ya nos explicara brillantemente el apologeta católico Martín Zavala. De forma que podamos entender, como dicho autor nos manifestaba, la existencia de los diversos sentidos de la palabra juzgar en la Biblia; que nos alejan de entender únicamente “juzgar” como malo; basándose en la frase de Nuestro Señor, que se refería a un aspecto concreto, contextual y etimológico muy específico de juzgar; y que hay que comprender en la globalidad de toda la Palabra de Dios.

¿O es que acaso no hizo San Pablo juicios muy duros? (2 Tim 3,8 “Del mismo modo que Janés y Jambrés se opusieron a Moisés, también ellos se oponen a la verdad. Son hombres de mente pervertida, descalificados en cuanto a la fe.”)

¿Y no juzgó San Pedro,  e incluso impuso castigo a Ananías y Sáfira. (Hech 5,1-11)

¿Juan el Bautista no llamó a los fariseos y saduceos “raza de víboras” (Mateo 3,7). Juzgó y duro.

El mismo Jesucristo después de que dijo no juzguen… en Mt 7,5 dice: “Hipócrita, saca primero el tronco que tienes en tu ojo y así verás mejor para sacar la pelusa del ojo de tu hermano”. El problema no es el juzgar, sino juzgar mal con actitudes fariseas u olvidando que todos somos pecadores.

 

Si seguimos con esta barata excusa de “no juzgar”  haciéndonos cómplices de cuanta injustica y pecado nos rodea, abandonando el juicio y el discernimiento, nos alejamos cada vez más de la Palabra de Dios y de lo que se nos exige, y más en estos tiempos

 

No podemos dejar pues de lado que juzgar es un necesario discernimiento cristiano (Heb 5,14, “A los adultos se les da el alimento sólido, pues han adquirido la sensibilidad interior y son capaces de distinguir lo bueno y lo malo”) Y que no se puede distinguir sin haber hecho antes un juicio. Recordemos 1 Tes 5,21 (“Examínenlo todo y quédense con lo bueno“;) y que sólo juzgando y emitiendo juicios somos capaces de distinguir lo malo y rechazarlo para quedarnos con lo bueno.

Luego invito vehementemente a la legión de buenistas que se rasgan las vestiduras modernas diciendo que nunca se debe de juzgar  a que entiendan que ellos mismos ya están haciendo un juicio y se alejan de la palabra de Dios y del sentido común que tanto urge en nuestro tiempo.

Si seguimos con esta barata excusa de “no juzgar”  haciéndonos cómplices de cuanta injustica y pecado nos rodea, abandonando el juicio y el discernimiento, nos alejamos cada vez más de la Palabra de Dios y de lo que se nos exige, y más en estos tiempos.

Si leyéramos más la biblia nos daríamos cuenta de que el juzgar con sano juicio es algo absolutamente bíblico; bueno, y necesidad y urgencia de nuestra época.

Y a los queridos hermanos católicos, desde lo más alto de la Iglesia hasta mí mismo, último de todos, que no deseen que se juzgue a nadie ni a nada; anotarles, por si no lo saben, que son hijos predilectos del relativismo y del individualismo; donde cada uno puede pensar, hacer y decir lo que quiera, y… ¡otra de gambas!
Dios es amor; sí, pero es a su vez un juez justo y misericordioso (Tobías 3,2), sólo que cada vez se nos licúa más su Palabra.
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